«Ni con las mejores previsiones el 7 de diciembre ’43 habría podido imaginar lo que hoy veo”, cuenta confidencialmente Chiara Lubich a los suyos recordando los primeros treinta años de su sí a Dios, fecha que es considerada el inicio del Movimiento de los Focolares. Se casaba con  Dios y esto era todo para ella.

Y así como no pensaba fundar un Movimiento, ni una asociación, ciertamente Chiara no imaginaba que daría vida a un proyecto que de la ciudad se habría abierto a las naciones para encaminarse hacia un mundo unido.

Sin embargo ella misma cuenta: “Me encontraba en una cima de la ciudad y, contemplando todo el panorama, advertí en el corazón un fuerte deseo: ver a Trento toda incendiada por el amor, por el amor auténtico, ese que une a los hermanos, ese que el carisma de la unidad habría podido realizar. Y esta idea le daba plenitud a mi corazón”.

Es en una ciudad, Trento, que el ideal de la unidad toma forma, y es en las ciudades, en las barriadas, en las aldeas, que las comunidades del Movimiento trabajan. Nada menos advertía Chiara en su corazón cuando escribía: “He aquí el gran atractivo del tiempo moderno: sumirse en la más alta contemplación y permanecer mezclado con todos, hombre entre los hombres. Diría más aún: perderse en la muchedumbre para informarla de lo divino, como se empapa una migaja de pan en el vino. Diría más aún: hechos partícipes de los designios de Dios sobre la humanidad, trazar sobre la multitud estelas de luz y, al mismo tiempo, compartir con el prójimo la deshonra, el hambre, los golpes, las breves alegrías”.

Un proyecto global, la fraternidad universal, que pasa a través de la dimensión local. No por casualidad a lo largo de los años han nacido, por inspiración de la fundadora, verdaderos “operativos urbanos” empezando precisamente por Trento ardiente, Roma Amor, Praga de Oro, Fontem Real.  Lo mismo sucedió en Londres, Washington, Génova donde, en momentos diferentes Chiara indicó casi una “vocación” típica para esa ciudad, una forma distinta y específica para los pertenecientes al Movimiento de transmitir el llamado a la unidad.

«Si en una ciudad se encendiese un fuego en los puntos más variados –escribía- incluso un fuego modesto, pero que resistiera a todos los embates, en poco tiempo la ciudad estaría incendiada». Una posibilidad a la mano de todos:  «En cada ciudad estas almas pueden surgir en las familias: papá y mamá, hijo y padre, nuera y suegra, pueden encontrarse en las parroquias, en las asociaciones, en las sociedades humanas, en las escuelas, en las oficinas, por doquier. No es necesario que ya sean santas, porque Jesús lo habría dicho». Pero, “una ciudad no basta” escribió más adelante: «Él es Quien ha hecho las estrellas, el que guía el destino de los siglos. Ponte de acuerdo con Él y mira más lejos: a tu patria, a la patria de todos, al mundo. Que cada respiro tuyo sea para esto, para esto cada uno de tus gestos; para esto tu descanso y tu camino».

En la Mariápolis de 1959, donde estaban presentes participantes de los cinco continentes, Chiara dijo: «Si un día los pueblos serán capaces de posponerse a sí mismos. La idea que tienen de su patria, de sus reinos, y ofrecerlos como incienso al Señor, Rey de un reino que no es de este mundo, guía de la historia (…) ese día será el inicio de una nueva era ».

Por el advenimiento de esta nueva hora de la humanidad en camino hacia a fraternidad Chiara Lubich y su Movimiento siguen trabajando.  Es significativo un “sueño” que la misma Chiara contó confidencialmente a los suyos durante un viaje a Fontem en mayo del 2000. Los presentes recuerdan su conmoción, cosa rara en la fundadora de los Focolares, al expresarlo: «¿Cuál es mi último deseo ahora y por ahora? Quisiera que la Obra de María, al final de los tiempos, cuando, compacta, se prepare para comparecer ante Jesús abandonado-resucitado, pueda repetirle, haciendo suyas las palabras que siempre me conmueven del teólogo belga Jacques Leclercq: «…tu día, mi Dios, vendrá a Ti… Vendré a Ti, Dios mío (…) con mi sueño más loco: llevarte el mundo entre los brazos ». «¡Padre, que todos sean uno!».