Chiara Lubich con le gen, 1968

“¡Jóvenes de todos el mundo, únanse!”.

Es el llamamiento que Chiara Lubich en 1967 dirigió a los chicos y a los jóvenes que forman parte del Movimiento, proponiéndoles “Reunir al mayor número posible de jóvenes en el mundo y lanzar una gran revolución con el grito de ¡unámonos!”. “Una revolución de amor”, explicó, que tiene como objetivo la realización del testamento de Jesús: “que todos sean uno”. De la adhesión de miles de jóvenes de todo el mundo a este programa, surgió el Movimiento Gen: “generación nueva” del Movimiento de los Focolares.

Chiara al Genfest 2000

En 1968 un gesto simbólico delineó su fisonomía: la entrega a los gen de un trofeo, que representaba el paso de una bandera de la primera a la segunda generación, en la que estaban escritas dos frases: “Que todos sean uno” (Jn. 17, 21) y “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado” (Mt. 27, 46). La primera definía el programa, la segunda el secreto para actuarlo.

Dentro del Movimiento gen se delinearon, progresivamente, los siguientes grupos según las edades.

Gen 2

Están difundidos en todo el mundo y pertenecen a culturas muy diferentes, estratos sociales, religiones e incluso también sin una referencia religiosa; representan la segunda generación del Movimiento de los Focolares con el que comparten enteramente el carisma.

Han descubierto que vivir el Evangelio produce una verdadera revolución en sus vidas, una revolución que puede cambiar el mundo: por eso se comprometen a vivirlo con valentía y decisión. Saben que la fuerza y la perseverancia proceden de la presencia de Jesús que Él había prometido, “donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. (Mt. 18, 20).

Es por esto que se reúnen periódicamente en pequeños grupos, llamados “unidades gen 2”, donde tratan de mantener siempre viva esta presencia de Jesús en medio de ellos; allí, además, comparten sus experiencias de vida de la Palabra ayudándose y animándose recíprocamente.

Los gen 2 son los principales animadores del Movimiento Jóvenes por un Mundo Unido a través del cual influyen en la sociedad promoviendo la fraternidad universal.

Gen 3

Son chicos entre los 9 y los 17 años, es la tercera generación del Movimiento de los Focolares. Su definición, dentro del Movimiento gen, se remonta a 1970 cuando Chiara, notando su fuerte personalidad, muy diferente a la de los más mayores, propuso que se les dedicara una formación específica y separada.

Floreció así un gran número de chicos que viven el Ideal de la unidad con convicción y radicalidad. Como es típico de su edad, no se dejan desanimar por las dificultades o por lo negativo del mundo, los gen 3 viven para llevar la unidad en todos los ambientes de sus vidas: en la familia, en la escuela, con los amigos…

El programa de los gen 3 se encuentra en lo que Chiara dijo de ellos:

“Los gen 3 apuntan muy alto (…) Se han dado cuenta de que en el mundo, en la historia, quienes han incidido más profundamente son los santos: porque han atraído a las multitudes, han llevado a muchas personas a Dios, han cambiado socialmente el mundo (…) [los gen 3] Quieren ser –y no se asombren- una generación de santos”.

Alrededor de los gen 3 se reúne un gran número de chicas y chicos deseosos de compartir su mismo estilo de vida y constituyen, en un radio más amplio, el Movimiento Chicos por la Unidad. Juntos recorren distintas vías que llaman ‘senderos’ y que se traducen en iniciativas locales e internacionales para construir un mundo unido.

Gen 4 – Gen 5

Como sucede en todas las familias, un lugar privilegiado está reservado a los niños: son los gen 4, de los 4 a los 8 años, y los gen 5, los más pequeños, hasta los 4 años.

Son especialmente sensibles al amor, aprenden a vivirlo concretamente a través del ejemplo de aquellos que viven la espiritualidad de la unidad; descubren que este amor, cuando es recíproco, produce la presencia de Jesús, que aprenden a conocer y con quien construyen una relación sencilla y directa.

Mediante sus encuentros internacionales, entran en contacto con niños y adultos de diferentes culturas y religiones, experimentan desde pequeños que todos somos hijos de un único Padre, abriéndose así, de un modo natural, a la mundialidad.

Todas las mañanas tiran “el dado del amor” (que Chiara les propuso) cuyas caras representan cada uno de los puntos del arte de amar –amar a todos, ser los primeros en amar, “hacerse uno” con el otro, ver a Jesús en el otro, amar al enemigo y amarse recíprocamente-: el lema que sale es el que tratan de vivir durante todo el día, comunicándose después las experiencias y descubriendo la alegría de amar al prójimo.

Dan a conocer este “dado del amor” a los compañeros de colegio, amigos, parientes: hay clases y escuelas enteras, grupos parroquiales y proyectos educativos que lo han hecho propio.

En especial el amor los empuja a vivir la cultura del dar de muchas maneras: dar una sonrisa, dar una mano, dar compañía, dar parte de la merienda, dar consuelo, dar alegría, dar una ayuda a los pobres, dar perdón… Descubren así que: “¡Cuando amamos somos felices y si amamos siempre, somos felices siempre!”.

 

 

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“Con una presencia suya innegable -escriben desde Paraná- vivimos el milagro que cada año se realiza. Como dijo el sacerdote en la misa, el milagro de Chiara Luce es que se encuentren todas las vocaciones y grupos de la Iglesia juntos en torno a su figura. Tal vez por eso la sentimos como una verdadera amiga, porque nos acerca a nuestro Ideal”.

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