Scultura, Centro Ave Arte

La dimensión de la belleza y el arte siempre han tenido relación con el Movimiento de los Focolares. Desde los primeros tiempos, en los años Cuarenta, se destaca un hecho: el carisma de la unidad, en todas sus ramas e irradiación, invitaba a hombres y mujeres de cualquier época, a manifestar no sólo la bondad y la verdad de Dios, sino también su belleza.

Lo afirmó Chiara Lubich en un discurso a las Mariápolis del 1964: “El mundo que nos rodea está lejos de Dios y a menudo, tiene prejuicios contra la Iglesia (…). Si nosotros queremos vivir un cristianismo genuino, es necesario presentar –siempre por la caridad- también a través del modo de decorar y de vestir, no sólo la bondad y la verdad de la Iglesia, sino también su belleza”.

La característica de un “pueblo” que vive según el mandamiento del amor evangélico es, de hecho, la armonía entre las personas y que como efecto de la unidad, se expresa en todas las dimensiones externas de la vida. Ha sido ésta vocación a la armonía la que ha caracterizado la vida del Movimiento en cada una de sus etapas. A lo largo del tiempo, ésta no se ha limitado a la decoración y a la casa, sino que ha entrado también en el campo artístico, ambiente naturalmente predilecto para transmitir la belleza.

“¡Sacia esta sed de belleza que el mundo siente, manda grandes artistas, pero plasma con ellos grandes almas que con su esplendor dirijan a los hombres hacia el más bello entre los hijos de los hombres, Jesús!”. Escribió Chiara Lubich, en mayo de 1961, en el discurso programático dedicado al Centro Ave Arte. En ese período, nació el primer grupo internacional de artistas: Ave Cerquetti, Marika Tassi y Tecla Rantucci, quienes se propusieron realizar un trabajo en equipo como expresión de la vida de unidad en el arte, donde los talentos espirituales y expresivos de cada uno, se funden en la donación recíproca para convertirse en patrimonio común.

Loppiano 1966: la afluencia de miles de personas de todas partes del mundo en la naciente ciudadela, hizo necesaria la presencia musical, con canciones y danzas típicas, que remitiran al espíritu de recíproca acogida y respeto del lugar. A los jóvenes que empezaban a formar un incipiente grupo musical Chiara Lubich, en la Navidad de ese año, les regaló una guitarra y una batería rojas, a las chicas en cambio una batería verde. Los colores de los instrumentos le dieron el nombre a los dos grupos, hoy conocidos en todo el mundo como Gen Rosso (Rojo) y Gen Verde. Uniendo el nombre del color a la palabra gen, los dos grupos unieron también su actividad a las nuevas generaciones de los Focolares que nacían en aquellos años: jóvenes de todo el mundo comprometidos en la realización de un proyecto de fraternidad universal también a través del arte, tan amado y naturalmente, cercano a los jóvenes. También ellos apoyan varios grupos de distintas tendencias y géneros musicales.

Hoy día, los artistas que trabajan y viven así: poniendo en primer lugar la “mutua y continua caridad” entre ellos y con el prójimo son numerosos, están en varias partes del mundo y son de distintas disciplinas, tratan de donar al mundo la belleza de Dios mediante el talento artístico: algunos lo hacen desde sus talleres de pintura, otros desde los palcos o desde los estudios de ensayo, y así otros. Artes plásticas, música, teatro y espectáculo, poesía y literatura: el arte, vivido según el modelo evangélico, puede desvelar características peculiares para cada una de estas disciplinas.

Después de los primeros congresos para artistas del Movimiento en los años Setenta, el año 1999 marcó un viraje: en el mes de abril, durante un congreso internacional, se sentaron las bases de una “red” de artistas, comprometidos individualmente o como grupo en iniciativas de todo tipo y consistencia, en las más variadas naciones del planeta.

“La belleza salvará el mundo” decía Fëdor Dostoevskij. Es lo que el artista experimenta cuando trata de “donar” al otro sus intuiciones personales, sus descubrimientos, en un intercambio fecundo de ideas y experiencias que hablan de la armonía entre el arte y la vida.

Es así que se traduce en obra de arte esa dimensión de eternidad, que hace creíble la fatigosa y extraordinaria inspiración de todo artista.

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