Mensa dopo catastrofe naturale

La acción social del Movimiento de los Focolares, por la universalidad de su carisma, se concreta en cada lugar y ambiente.

Ya en los años Cuarenta en Trento, durante la Segunda Guerra Mundial, Chiara Lubich y sus primeras compañeras sanaban heridas físicas y morales, llenaban de bienes a los pobres, recomponían familias, acogían a los “últimos” y a los marginados de la humanidad.

“Por otra parte el Evangelio dice que quien quiere seguir a Jesús debe dejar todo lo que tiene, darlo a los pobres… Es el primer paso necesario para seguir a Jesús”.  Chiara Lubich explicó así, en 1962, el fundamento de esa revolución que despertó en las primeras focolarinas el deseo ardiente de amar a Dios y que se concretó en el amor al prójimo.

 

Digital Bridge: Roma - FontemDe hecho, en los inicios del Movimiento, una de las primeras intuiciones espirituales de Chiara Lubich fue la comprensión de Dios como Amor. “Al Amor sólo se puede responder con el amor, y el amor por Dios, como respuesta a su ser Amor por nosotros, se concretó enseguida en el amor al prójimo. Todo el que encontrábamos en la vida se convertía en objeto de nuestras atenciones, de nuestras premuras”, escribía Chiara Lubich en 1979, recordando esta extraordinaria experiencia.

Fueron años intensos, durante los cuales las primeras focolarinas no se medían y recorrían de punta a punta la ciudad para ayudar a quien lo necesitaba, años en los que todavía recordamos que en la mesa se sentaban “un pobre y una focolarina, un pobre y una focolarina”.

Por la guerra, al principio las chicas dirigían sus atenciones sobre todo a los más pobres: estaban seguras que tras esos rostros ensangrentados y deformes estaba el de Jesús. Creciendo la comunidad alrededor crecían también las posibilidades de ayuda para todo el que sufría. Un trabajo que prosiguió durante meses. Fue natural, gracias a esta pequeña, gran revolución social, advertir enseguida la necesidad de dirigirse no sólo a los pobres, sino a toda la humanidad: “Había quien tenía que ser saciado, vestido; pero también quien tenía que ser instruido, aconsejado, soportado, quien tenía necesidad de oraciones”. Fue así que se empezó a advertir toda la potencia que el carisma de la unidad llevaba consigo, generando un efecto en los aspectos de la existencia.

Igino Giordani e Chiara LubichEsta vida, hecha de acción y contemplación al mismo tiempo, atrajo desde su nacimiento a personas de todas las categorías sociales, entre éstas al periodista, escritor y diputado Igino Giordani, quien es considerado cofundador del Movimiento.

Giordani fue el primero en intuir la influencia que el carisma habría tenido en los varios ámbitos de la sociedad: por él y tras él son miles las personas que hoy día han advertido la posibilidad de concretar el amor evangélico en toda actividad humana: en las casas, en los hospitales, en las escuelas, en las oficinas, en las fábricas, en las asociaciones, con el voluntariado; pero también en los condominios, en las calles y en la política, en la economía y en los teatros.

La estrategia es la misma por doquier: actuar un proyecto de fraternidad que es el fin y también el medio; y su praxis es también la doctrina a la que hay que volver continuamente, para involucrar y valorizar la profesionalidad y las competencias de las personas, que se comparten y donan, en favor del bien común.

De este modo, ha nacido una comunidad que es “pueblo de Dios”, y que por Él está inmerso en los problemas de todos, y puede hacerse cargo de las heridas y de los puntos críticos presentes en cada ambiente, en cada ciudad o barrio.

Nace en la sociedad la posibilidad de un diálogo entre personas que creen en el aporte precioso que la diversidad puede aportar a la reconstrucción del tejido social, abriendo camino a soluciones nuevas, concretas, la mayoría de las veces inesperadas.

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