María, la Madre de Dios, estuvo presente en la vida del movimiento desde el inicio, incluso antes, como testimonia el episodio de Loreto del 1939, cuando Chiara Lubich fue a visitar la casita de la familia de Nazaret.

Chiara recordó innumerables veces un episodio que vivió bajo un terrible bombardeo, que podía ser fatal para ella y sus primeras compañeras, cuando percibió personalmente algo referente a María: “Llena de polvo, que  invadía todo el refugio – recordaba – levantándome del suelo casi de milagro, en medio de los gritos de los presentes, dije a mis compañeras:  ‘He sentido un dolor agudo en el alma, ahora, mientras estábamos en peligro: el dolor de no poder volver a recitar aquí en la tierra el Ave María’. Entonces no podía captar el sentido de esas palabras y de ese sufrimiento. Quizás expresaba inconscientemente la idea de que, si salvábamos la vida, con la gracia de Dios,  podríamos dar gloria a María con la obra que estaba punto de nacer”.

De consecuencia, que el Movimiento de los Focolares tenga como nombre oficial “Obra de María”, no sorprende. Ni que haya llamado ‘Mariápolis’ a sus principales encuentros y a las ciudadelas permanentes. Y que cada centro de congresos sea llamado un ‘Centro Mariápolis’; como Mariápolis es también es el nombre de una revista.

Chiara escribirá en el 2000:  ” María había utilizado para nuestro Movimiento el mismo método que con la Iglesia: mantenerse en la sombra para dejarle todo el protagonismo a quien lo debía tener: a su hijo, que es Dios. Pero cuando llegó el momento de su entrada «oficial» –por así decir– en nuestro Movimiento, ella se mostró –o mejor, Dios nos la reveló– grande en la misma medida en que había sabido desaparecer. Fue en 1949 cuando María le dijo verdaderamente a nuestro corazón algo de sí misma. Aquel fue un año de gracias especiales, quizá un «período iluminativo» de nuestra historia. Comprendimos que María, engastada cual criatura única y singular en la Santísima Trinidad, era toda Palabra de Dios, estaba toda revestida de ella. Y si el Verbo, la Palabra, es la belleza del Padre, María, Palabra de Dios materializada, tenía una belleza incomparable.

Tuvimos una impresión tan fuerte ante esta comprensión, que hasta ahora no la hemos podido olvidar; es más, comprendemos por qué entonces nos parecía que sólo los ángeles podían balbucear algo de ella. El verla así nos atrajo a ella, y nació un amor nuevo por ella. Amor al cual ella respondió evangélicamente, manifestándose a nuestra alma más claramente como lo que era: Madre de Dios, Theotókos. Es decir, no sólo como la jovencita de Nazaret, la criatura más bella del mundo, el corazón que contiene y supera todos los amores de las madres del mundo, sino como Madre de Dios. Y en ese momento, no sin una gracia de Dios, María nos reveló una nueva dimensión suya que hasta entonces nos había sido completamente desconocida. Sí, porque antes, por poner una comparación, veíamos a María ante Cristo y los santos como se ve la luna (María) en el cielo frente al sol (Cristo) y a las estrellas (los santos). Ahora no: la Madre de Dios envolvía, como un enorme cielo azul, al mismo sol (…) “

Pero esta comprensión nueva y luminosa de María no se quedaba en pura contemplación (…). Nos resultó claro que María representaba para nosotros el modelo, nuestro “deber ser” y cada uno de nosotros por nuestra parte nos veíamos como un “poder ser” María.

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