Araceli Inocencio

 
Columna de los Focolares en las Filipinas (29 de Setiembre 1922 – 20 de Marzo 2012)

El pasado 20 de marzo Araceli Inocencio nos dejó a la edad de 89 años. Vivía en la Ciudadela Pace, en Tagaytay en las Filipinas. Inclusive el día antes de morir, acostumbrada como estaba a vivir siempre en el amor evangélico, preparó la merienda  para los obreros empleados en algunos trabajos de la Ciudadela. Luego, imprevistamente, el malestar y la partida, rodeada del afecto de los habitantes de la ciudadela asiática.

Araceli y su marido Melchior, conocen el Ideal de Chiara Lubich en 1964 encontrando primero Fr. Taschner, religioso y pionero de los focolares en Asia y sucesivamente, en 1966 conocieron a Giovanna Vernuccio y a Guido Mirto (Cengia), los primeros focolarinos  que fueron a las Filipinas.

Hasta ese momento Araceli se consideraba una buena esposa y una buena madre. Ese encuentro, ocurrido en un momento de crisis en su relación con Melchor, la lleva a comprender que, para ser realmente buena esposa y buena madre, tenía que cuidar a su familia como lo hacía María en Nazareth.

Por esto Chiara Lubich en una carta de respuesta a lo que Araceli le confiaba, le da como “lema” de vida la frase del Evangelio: “Mi alma glorifica al Señor” (Lc 1,  46)

Melchior e Araceli Inocencio

Araceli y  Melchior, descubren pronto que Dios los llama a donarse a El, como casados, en el camino del focolar. Su familia se convierte así en un punto de referencia y de irradiación del naciente Movimiento en Manila  y en muchas ciudades de las Filipinas por ellos visitadas periódicamente.

Con el ejemplo de los padres que los invitan a estar “prontos a dar la vida uno por el otro”, también los ocho hijos “juegan carrera” en el quererse – limpiando la casa, ayudando a los más pequeños…- y se comprometen con radicalidad con los gen, la nueva generación de los Focolares. En seguida, tres hijas elegirán seguir a Dios en el focolar.

Después que muere Melchior, en 1981, Araceli expresa a Chiara su deseo de seguir su camino y su servicio en el Movimiento dejando su propia vivienda y yendo a vivir al focolar. Pasa algunos meses en Manila, y luego va a la ciudadela de Tagaytay, donde dá una valiosísima colaboración como escribana, profesión que ejerce con grandísimo amor hacia todos hasta su muerte.

En el 2010, durante su viaje a Asia, Maria Voce  se encuentra con ella personalmente. Así  escribía: “quisiera ser una pequeña piecita en el mosaico de nuestra gran Obra para construir al menos un poco a que se realice la oración de Jesús: ‘Que todos sean uno’. En este momento siento que mi vida se encamina hacia el final; me alcanza la cruz que día a día aparece y pido la gracia de abrazarla y confiarme a su amor misericordioso!”

A Giovanna Vernuccio, saludándola y agradeciéndole por los 40 años en que han compartido los momentos más importantes, en marzo 2012 le escribe: “Ahora un gran deseo invade mi corazón: morir como santa! Por lo tanto quisiera pedirle al Eterno Padre que me tome cuando Su designio sobre mi se haya cumplido y le pido a la amadísima Madre que me guíe y me acompañe en el Santo Viaje. Gracias!”

 

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