Duccia Calderari

 
(13 de febrero de 1912- 14 de enero de 2009) - La primera “voluntaria de Dios”

Duccia CalderariDuccia Calderari nace en Trento (Italia) en 1912. Su vida, ya desde jovencita, está llena de intereses y de compromiso hacia lo civil. Pertenece a la primera generación de asistentes sociales graduados en su ciudad.

Durante la II Guerra Mundial, cuando Trento sufre los bombardeos, ella que es de la Cruz Roja, es designada para atender en el hospital Santa Chiara. Allí conoce al joven médico Gino Lubich, que le habla de la necesidad de trabajar para construir un futuro mejor y más justo.

Le presenta a su hermana Silvia (el nombre de bautismo de Chiara Lubich), esperando que Duccia logre atraerla a su “causa”. «Pero – cuenta Duccia- fue ella la que me conquistó». Duccia empieza a frecuentar la “casita” de “Piazza Cappuccini” –el primer focolar-, que quedaba justo en frente de su casa, compartiendo la vida evangélica junto con Chiara y el primer grupo de la comunidad que estaba naciendo en Trento.

Cuando termina la guerra, en 1948, Chiara abandona Trento y se va a Roma. «Ahora que Chiara estaba lejos, sentía mucha nostalgia. Decidí viajar a Roma para pedirle consejo y ella me dijo: “Tu vocación es la de Buen Samaritano”. Había comprendido: tendría que tratar de vivir e irradiar el Evangelio antes que nada dentro de mi familia, también en el ambiente de trabajo, y en la realidad social en que vivía…».

Éste es el preludio de una nueva vocación en el Movimiento de los Focolares: la de los voluntarios de Dios.

En 1950 se traslada a Roma. Comienza a colaborar con Igino Giordania, una colaboración que duraría 20 años; en primer lugar en el periódico La vía, y posteriormente en el “Centro Uno”. En ese período escribe: «Me daba cuenta de que tenía el honor de trabajar al lado de un hombre particularmente importante, de alta estatura moral, de una inteligencia y cultura superior al promedio de la gente». Es ella quien le sugiere que publique sus diarios y se los escribe a máquina. Ese libro, Diario de Fuego, permanece como uno de los textos más relevantes de Igino Giordani.

Un capítulo aparte es su generosidad, su radicalidad en “dar”. Ya desde el comienzo de su aventura con Chiara, cuando vende su abrigo de piel y su raqueta de tenis, para dar el dinero a los pobres. Cada vez que se presenta una necesidad en el Movimiento, ella encuentra nuevos modos de dar, a tal punto que Chiara, en el ’98 le escribe: «…He pensado que si a Santa Catalina, Jesús le mostró la crucecita que había dado al pobre cubierta de diamantes, ¿cómo te mostrará a ti tu linda casa y todo lo que Le has dado para construir esta Obra Suya? Gracias Duccia y ¡qué seas feliz! Te has asegurado un tesoro en el cielo, que quedará para la eternidad».

En el último período de su vida, Duccia entrega a Dios las fuerzas que le quedan. Pero sigue testimoniando hasta el final, a millares de personas que visitan Trento, la vida de la primera comunidad de los Focolares.

Algunas de las expresiones de las personas que se encuentran con ella son: «A través de tu persona nos llegó el atractivo y la fuerza arrastradora del ideal de los primeros tiempos, tal como brotaba del corazón de Chiara». «Te vimos en ese “sí” radical que abrió a muchas personas el camino de la santidad a través de la vocación de los voluntarios». «Con tu transparencia y tu determinación serás el modelo para nosotros los jóvenes». «Queremos tomar el relevo ».

El 24 de diciembre sufre un infarto imprevisto. «¡Estoy lista! – exclama- . Ofrezco todo por las necesidades del Movimiento. Esta es la familia más hermosa del mundo… Ofrezco por la humanidad… Señor, protege a mis parientes».

El 14 de enero de 2009, a las 12 horas, se apaga dulcemente.

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