El arte de la gratuidad se aprende en la familia

 
En un artículo publicado en el periódico católico “Avvenire”, el economista Luigino Bruni explica el vínculo imprescindible entre economía y “relación”, el mismo sobre el que se funda la Economía de Comunión, nacida del carisma de Chiara Lubich.

Economía es una palabra griega que se refiere directamente a la casa (oikos nomos, normas para administrar la casa), por lo tanto a la familia. Sin embargo la economía moderna, y más todavía la contemporánea, ha sido concebida como un ámbito regido por principios diversos, distintos y en cierto sentido opuestos a los principios y valores que siempre han regido y siguen rigiendo en la familia. Un principio fundamental de la familia, quizás el primero y la base de los demás, es la gratuidad, que está muy distante de la economía capitalista, que acepta sustitutos de la gratuidad (como los descuentos, la filantropía, los saldos), pero que en realidad tienen la función de inmunizar los mercados de la auténtica gratuidad. De hecho, la familia es el lugar principal donde aprendemos, para toda la vida y especialmente cuando somos niños, lo que Pavel Florensky llamaba “el arte de la gratuidad”. Es allí donde, sobre todo los niños, aprenden también a trabajar, porque no existe un trabajo bien hecho sin gratuidad. Sólo que nuestra cultura asocia la gratuidad a lo que es gratis, a los accesorios, al descuento, a la media hora de trabajo extra sin remuneración, al precio cero (San Francisco habría dicho que la gratuidad es un precio infinito: que no se puede ni comprar ni vender porque es impagable).

[…] La gratuidad es una forma de actuar y un estilo de vida que consiste en acercarse a los demás, a sí mismo, a la naturaleza, a Dios, a las cosas no para usarlas utilitariamente en beneficio propio, sino reconociéndolas en su alteridad y en su misterio, respetándolas y sirviéndolas. Decir gratuidad significa por lo tanto, reconocer que un comportamiento se realiza porque es bueno, y no por su recompensa o sanción. […] Si la familia quiere, y debe, cultivar el arte de la gratuidad, debe tener mucho cuidado para no importar dentro de casa la lógica del incentivo que hoy rige en todas partes. […] Una de las tareas propias de la familia es precisamente formar en las personas la ética del trabajo bien hecho, una ética que nace precisamente del principio de gratuidad. Si, en cambio, se empieza a implementar en la familia la lógica y la cultura del incentivo, y por lo tanto, el dinero se convierte en el motivo por el cual se realizan las tareas domiciliarias  y los oficios de la casa, esos niños cuando sean adultos difícilmente serán buenos trabajadores, porque el trabajo bien hecho del mañana se apoya siempre en esta gratuidad que se aprende sobre todo en los primeros años de vida, y sobre todo en casa.

La ausencia del principio de gratuidad en la economía depende también, en gran medida, de la ausencia de una mirada femenina. […] Las mujeres en la casa y en la economía ven como prioritario el nexo de relaciones humanas que se desarrolla en ellas. Los primeros bienes que ven son los relacionales y el bien común, y dentro de ellos ven también los bienes económicos. No es casualidad que la Economía de Comunión haya nacido a partir de la mirada de una mujer (Chiara Lubich), ni que la primera experta en el tema de los bienes comunes haya sido Katherine Coman (en 1911), ni que Elinor Ostrom haya sido distinguida (por ahora la única mujer) con el Premio Nobel en Economía precisamente por su trabajo sobre los bienes comunes. Y también hay dos mujeres (Martha Nussbaum y Carol Uhlaner) en el origen de la teoría de los bienes relacionales. Cuando falta la mirada femenina en la economía, sólo se ven las relaciones instrumentales, y la relación no es el bien, y las relaciones humanas y la naturaleza se convierten en medios para obtener bienes materiales.

Si la mirada y el genio femenino de la oikos, casa, estuvieran presentes en los fundamentos teóricos de la economía moderna, tendríamos una economía más atenta a las relaciones, a la redistribución de la ganancia, al ambiente y quizás a la comunión. De hecho, la economía es una gran palabra que la familia puede pasar a la economía de hoy. […] La profecía de la familia hoy, para ser creíble, debe tomar la forma de los hijos y la forma de la economía, es decir, el compartir, la acogida, la comunión. Porque tanto los hijos como la economía no son otra cosa que la vida ordinaria de todos y de cada uno. Es el único lugar donde la profecía se nutre y crece.

Fonte: www.avvenire.it, “Così lo sguardo femminile può cambiare l’economia”, (“Así la mirada femenina puede cambiar la economía”), 23 agosto 2018.

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