Palabra de vida – Abril 2017 “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba” (Lucas 24, 29)

 

Es la invitación que dos compañeros de viaje dirigieron al desconocido que habían encontrado en el camino de Jerusalén a Emaús, “mientras conversaban y discutían” sobre lo ocurrido días atrás.

Él parecía ser el único forastero que ignoraba lo acontecido y por ello le cuentan de “un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo”, en quien habían depositado su confianza. Había sido entregado a los romanos por los sacerdotes y las autoridades judías, luego condenado a muerte y crucificado (1). Una tragedia enorme, de la que no podían entender el sentido.

Por el camino, a partir de las Escrituras, el desconocido los ayuda a percibir el significado de esos acontecimientos y vuelve a encender en sus corazones la esperanza. Llegados a Emaús lo invitan a cenar: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba”. Mientras están juntos a la mesa, el desconocido bendice el pan y lo comparte con ellos. Un gesto que lo da a conocer: el Crucificado estaba muerto y ahora ha resucitado. Enseguida los dos compañeros decidieron regresar a Jerusalén y buscar a los demás discípulos para darles esta gran noticia.

También nosotros podemos estar desilusionados, indignados y descorazonados por un trágico sentido de impotencia frente a las injusticias que afectan a personas inocentes e inermes. Querríamos transformar esos sentimientos en paz, esperanza y luz para nosotros y los demás.

¿Queremos encontrar a Alguien que nos comprenda en profundidad y nos ilumine el camino de la vida?

Jesús, el Hombre-Dios, a fin de alcanzar a cada uno de nosotros en lo hondo de cada situación, aceptó libremente experimentar el túnel del dolor. El dolor físico, pero también el interior: desde la traición por parte de sus amigos hasta la sensación de ser abandonado (2) por aquel Dios a quien siempre había llamado Padre. Por su confianza inquebrantable en el amor de Dios, superó ese inmenso dolor volviéndose a entregar a Él (3) y recibiendo así nueva vida.

PVAbrilPor este mismo camino nos conduce y acompaña: “Él está presente en todo lo que sabe a dolor… Tratemos de reconocer a Jesús en las angustias, en los obstáculos de la vida, en las oscuridades y tragedias personales, en los sufrimientos de la humanidad que nos rodea. Son Él, porque los asumió… Habrá que hacer algo concreto para aliviar ‘sus’ sufrimientos en los pobres y encontrar una nueva plenitud de vida” (4).

Cuenta una niña de siete años: “Sufrí mucho cuando mi padre fue llevado a prisión. Amé a Jesús en él. Y entonces no lloré frente a él cuando fuimos a visitarlo”.

Y una joven mujer: “Acompañé a mi marido en los últimos meses de vida, después de un diagnóstico sin esperanza. No lo dejé solo ni un momento. En él lo veía a Jesús. Mi marido estaba realmente en la cruz”. El amor recíproco entre ellos fue una luz para sus amigos, que en una campaña de solidaridad ininterrumpida dieron origen a una asociación de promoción social. “La experiencia vivida con él -dice un amigo- nos inspiró a seguirlo en un verdadero camino hacia Dios. A menudo nos preguntamos qué sentido tuvieron su sufrimiento, enfermedad y muerte. Creo que todos los que tuvimos el regalo de transitar ese trecho de camino a su lado tenemos clara ahora la respuesta”.

En este mes todos los cristianos celebraremos el misterio de la muerte y resurrección de Jesús. Es una ocasión para volver a encender la fe en el amor de Dios que nos permite transformar el dolor en amor: todo desapego, separación, fracaso, la misma muerte pueden convertirse también para nosotros en fuente de luz y de paz. Seguros de la cercanía de Dios en cualquier situación, repetimos confiados la oración de los discípulos de Emaús: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba”.

Letizia Magri

1. Cf. Lucas 24, 19
2. Cf. Mateo 27, 46 y Marcos 15, 34
3. Cf. Lucas 23, 46
4. Chiara Lubich, Palabra de vida de abril 1999