Palabra de Vida – Noviembre

 

“Que el más grande de entre ustedes  se haga servidor de los otros.”  (Mateo 23, 11)

Dirigiéndose a la multitud que lo seguía, Jesús anunciaba la novedad del estilo de vida de quienes querían ser sus discípulos, un estilo “contra-corriente” con respecto a la mentalidad de la mayoría (1).

En su tiempo, tal como sucede también hoy, era fácil enunciar discursos moralistas y luego no vivir con coherencia, sino más bien buscando los lugares de prestigio en el contexto social, la manera de sobresalir y de servirse de los demás para obtener ventajas personales.

Jesús pide a sus discípulos otra lógica en las relaciones con los demás, la misma que él ha vivido:

“Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros.”

En un encuentro con personas que querían descubrir cómo vivir el Evangelio, Chiara Lubich compartió de esta manera su experiencia espiritual:

“Se debe poner la mirada en el único Padre de tantos hijos. Después considerar a las criaturas como hijas de un único Padre. Jesús, nuestro modelo, nos enseñó dos cosas que son una: a ser hijos de un solo Padre y a ser hermanos los unos de los otros. Por lo tanto, Dios nos llama a la fraternidad universal” (2).

Esta es la novedad: amar a todos como lo ha hecho Jesús, porque todos son –como yo, como tú, como toda persona en esta tierra– hijos de Dios, amados desde siempre por él, que nos espera.

Se descubre así que el hermano a quien amar concretamente es cada una de esas personas que encontramos a diario. Es el papá, la suegra, el hijo pequeño y el otro rebelde; es el preso, el que pide limosna y el discapacitado; el jefe de la oficina, la señora de la limpieza; el que comparte nuestras ideas políticas y el que no; el que pertenece a nuestra fe y cultura como también el extranjero.

La actitud típicamente cristiana es amar al hermano y servirlo:

“Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros.”

DSC_8842-001

En esa ocasión siguió diciendo Chiara: “Aspirar constantemente al primado evangélico poniéndose al servicio del prójimo lo más posible. ¿Cuál es la manera mejor para servir? Hacerse uno con cada persona que encontramos, considerando como propios sus sentimientos, afrontándolos como si fueran nuestros. Es decir, no vivir replegados sobre nosotros mismos sino tratar de llevar los pesos y compartir las alegrías de los demás”.

Todas nuestras capacidades y cualidades positivas, todo aquello por lo que podríamos sentirnos “grandes” constituye una imperdible oportunidad de servicio: la experiencia en el trabajo, la sensibilidad artística, la cultura, también el poder sonreír y hacer sonreír; el tiempo dedicado a escuchar a quien está en la duda o en el dolor; las energías de la juventud y la fuerza de la oración cuando la aptitud física se reduce.

“Que el más grande de entre ustedes se haga servidor de los otros.”

Y este amor evangélico, desinteresado, tarde o temprano enciende en el corazón del hermano ese mismo deseo de compartir, renovando las relaciones en la familia, en la parroquia, en el ambiente de trabajo o de recreación y poniendo las bases para una nueva sociedad.

Hermez, un adolescente de Medio Oriente, cuenta: “Un domingo, apenas despierto le pedí a Jesús que me iluminara en el amor durante el día. Me di cuenta de que mis padres habían ido a misa y decidí limpiar y ordenar la casa. Traté de hacerlo en detalle, e incluso compré flores para poner sobre la mesa, preparé el desayuno con cuidado. Cuando regresaron mis padres quedaron sorprendidos y muy felices de ver lo que encontraron. Ese domingo desayunamos juntos con una alegría como nunca, conversamos sobre muchos temas y pude compartir con ellos las experiencias vividas durante la semana. Ese pequeño acto de amor le dio la nota a un hermoso día”.

 Letizia Magri

1- Cfr. Mateo 23, 1-12- 2- C. Lubich, “La unidad en los comienzos del Movimiento de los focolares”, Payerne (Suiza), 26 de septiembre de 1982.