El Dios que ama es un Dios que no se queda lejos de nosotros, sino que interviene en la historia de cada uno concretamente y nos impulsa a relacionarnos con los hermanos con una actitud inspirada en ese amor tierno y “temerario” que nos hace personas nuevas.

Resucitar
Jesús resucitado nos abrió un camino, pero ahora la Resurrección sucede todas las veces que resucito dentro de mí, venciendo mi egoísmo. Esa “toma de conciencia”, que es la caridad puesta en práctica, me está cambiando poco a poco la vida.  Me lo dice no sólo mi marido, sino que también es algo que advierten mis hijos, mis amigas. Queriendo saber más, leo las vidas de los santos que hasta ahora había evitado y encuentro la confirmación de ese secreto que es la clave para una vida verdadera. Una noche nuestro hijo regresó a casa aturdido, casi ausente. No respondía a mis preguntas. Por la noche se sintió mal.  Estaba drogado. Tal vez porque era una de las primeras veces, la reacción fue fuerte. En los días siguientes, en mi interior, traté de ir más allá de todas las preguntas o de la búsqueda de los culpables, y sin querer indagar en sus amistades. En un momento dado “resucité”, para poder ser sólo amor para con él. Una tarde estaba sentada a su lado, sin decirle nada.  En ese silencio pleno él me dijo: “Gracias, mamá, por cómo ustedes me reciben. Si un día llego a ser padre, quisiera ser un padre con el amor que tú tienes, con un corazón sin horizontes”.
(M.S. – Países Bajos)

Donde no hay amor…
En la oficina de correos a la que suelo ir para retirar las cartas o por otros motivos, hasta hace algún tiempo me encontraba con algunos empleados nerviosos y descorteses conmigo, y sobre todo el Jefe, que una vez incluso me gritó por haberme atrasado en retirar una suma de dinero. Pero yo, dejándome guiar por la frase de San Juan de la Cruz: “Donde no hay amor, pon amor y encontrarás amor”, soporté la ofensa, y seguí saludando con amabilidad. Con esa forma de moverme por amor a Jesús, poco a poco pude establecer en esa oficina relaciones más humanas. Una constatación de ello fue cuando le propuse a uno de los empleados un billete para una rifa de beneficencia y los demás colegas se interesaron y quisieron comprarme uno, incluso la señora de la limpieza. Hasta el mismo Jefe vino a pedirme un billete y, más aún, poco después me pidió otro. Entonces yo le dije: “Espero que el premio le toque a alguno de ustedes”.  Él respondió: “¿Y eso qué importa? ¡Aunque no ganemos nada, hemos hecho algo hermoso juntos!”.
(M.F. – Italia)

Una ocasión para amar
Unos  quince años atrás, yo era voluntaria en un centro de atención y escucha de la Cáritas Diocesana. Un día vino a vernos una joven mujer, me preguntó si podía ponerla en contacto con una ginecóloga porque quería abortar; no tenía recursos económicos como para sostener los gastos de criar la nueva vida que estaba en ella. En ese momento para mí fue como un puñal en el corazón, pero al mismo tiempo una gran oportunidad de amar a esa joven madre y a su hija.  Le hablé del maravilloso don que es la vida y que las dificultades económicas no tenían que ser un obstáculo, que estábamos allí para ayudarla.  La joven mujer se conmovió y me dijo que quería ser ayudada.  Tiempo después esa joven vino a saludarme, estaba con una maravillosa beba en sus brazos.  Me dijo con una gran sonrisa: “ésta es la niña y quería hacértela conocer”. Gracias por haberme ayudado ese día. ¡Gracias también de su parte!”. Me quedé profundamente conmovida y agradecida a Dios, agradecida por ese encuentro tan especial; agradecida por haberme dado la ocasión de amar.
(M.M- Italia)

A cargo de Maria Grazia Berretta

(extraído de “Il Vangelo del Giorno”, Città Nuova, año X– número 1 mayo-junio de 2024)

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