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Juegos Paraolímpicos Invernales 2018
Al concluir los Juegos Olímpicos Invernales con una grandiosa ceremonia inaugural se abrió la XII edición de los Juegos Paraolímpicos Invernales. Los juegos iniciaron el pasado 9 de marzo, en Pyeong Chang y se prolongarán hasta 18. Tal como han acordado los Comités Internacionales, los Juegos Paraolímpicos se realizan cada cuatro años, en la misma ciudad de los Juegos Olímpicos Invernales, con la participación de atletas con discapacidad física. Como subrayó el Papa Francisco, si «el deporte puede tender puentes entre países en conflicto y dar un válido aporte a perspectivas de paz entre los pueblos», los Juegos Paraolímpicos «testimonian con mayor evidencia que a través del deporte se pueden superar las propias discapacidades» gracias al «ejemplo de valentía, de constancia, de tenacidad en el no dejarse vencer por los límites» que ofrecen los atletas. «El deporte se presenta como una gran escuela de inclusión, pero también de inspiración para la propia vida y de compromiso para transformar la sociedad». Las primeras Paraolimpiadas Invernales tuvieron lugar en Suecia en 1976. Como para los Juegos de verano, deben su existencia a la tenacidad de algunos médicos, especialmente al inglés Ludwig Guttmann, quien desarrolló una metodología de vanguardia, para ayudar a los veteranos sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial a encontrar en el deporte competitivo una oportunidad para restablecerse y hallar un lugar en la sociedad.
Mujeres ejemplares
María Cecilia Perrín era una alegre chica argentina. Nació en Punta Alta (Buenos Aires) en 1957. Después de dos años de noviazgo, vividos intensamente con el deseo de poner bases cristianas sólidas en la familia que comenzaba, se casó con Luis en 1983. Dos años más tarde, mientras estaba embarazada, se le diagnosticó un cáncer. Con el apoyo del marido y de la familia eligió no seguir el consejo de un “aborto terapéutico”. Murió a la edad de 28 años, después del nacimiento de la hijita. Por su expreso pedido, sus restos descansan en la Mariápolis Lia (O’Higgins, Buenos Aires), lugar de alegría y esperanza. Su fama de santidad, el heroísmo en la aceptación de la enfermedad, el ejemplo de vida cristiana y las numerosas gracias recibidas por su intercesión, dieron comienzo, el 30 de noviembre de 2005, a la causa de su beatificación.
María Orsola Bussone, nació en 1954 en Vallo Torinese, en el norte de Italia. Era una chica abierta, generosa, deportista. A la edad de 11 años participó con la familia en un encuentro del Movimiento parroquial en Rocca di Papa. Escribió a Chiara Lubich: «Quiero amar siempre, ser la primera en amar, sin esperar nada de nadie, quiero dejarme trabajar por Dios como Él quiere y quiero poner todo de mí misma, para que esto sea lo único que valga en la vida». El 10 de julio de 1970, a los 15 años participó como animadora de un campamento de verano organizado por la parroquia. Fue en esa circunstancia que murió fulminada por un rayo, cuando se estaba secando el pelo con el secador. Su fama de santidad se difundió. Mucha gente va a su tumba para invocar su intercesión. A través de su diario personal y sus cartas se conoce su profunda espiritualidad. A ella está dedicado el Centro parroquial en cuya construcción ella había colaborado. El 17 de diciembre de 2000 concluyó la fase diocesana de la causa de su beatificación. El 18 de marzo de 2015, el Papa Francisco autorizó la promulgación del decreto por el cual fue declarada Venerable.
Margarita Bavosi, nació en 1841. Era la tercera hija de una familia acomodada de Buenos Aires (Argentina). Su vida fue feliz hasta los diez años, cuando de forma imprevista murió su mamá. El agudo dolor la impulsó a pedirle a la Virgen María que tomara su lugar. El encuentro con el Carisma de la Unidad y la respuesta a su deseo de santidad, la llevó a donarse a Dios en el focolar. Para todos ella es “Luminosa”. Vivió algunos años en Brasil, Argentina y Uruguay. Fue corresponsable del Movimiento de los Focolares en España. A los 40 años advirtió una inexplicable debilidad física, pero sólo después de tres años se llegó un diagnóstico preciso. Por la enfermedad no podía moverse, pero continuaba construyendo relaciones, tomando como propio el lema de S. Luis de Gonzaga “sigo jugando”. La noche del 6 de marzo de 1985, entre el asombro de los presentes, dijo: «Aquí estoy Jesús. He siempre tratado, en cada momento, de hacer todo delante de Ti». El 22 de noviembre de 2008 se cerró la fase diocesana de su proceso de canonización. A ella le fueron dedicados el Centro del Movimiento de los Focolares de Madrid y la Ciudadela internacional que está cerca de Nueva York.
Renata Borlone nació el 30 de mayo de 1930 en Aurelia (Civitavecchia, cerca de Roma). Creció en una familia que no era practicante pero sí unida, y a los 10 años vio el estallido de la Segunda guerra mundial. Sedienta de verdad, la buscaba en el estudio. Se inscribió en la Facultad de Química. Era una apasionada de la Ciencia. A los 19 años se vinculó con la vida evangélica de algunas de las primeras focolarinas, que recién se habían instalado en Roma, y a través de ellas sintió con evidencia que ¡Dios es Amor! A los 20 años comenzó a vivir en el focolar y durante 40 años estuvo al servicio de la Obra de María, con funciones de responsabilidad en Italia y en el extranjero. Desde 1967 y durante 23 años estuvo en la Escuela de formación de Loppiano, en constante tensión a la santidad. A los 59 años le anunciaron una grave enfermedad, y los pocos meses que le quedaban de vida los vivió completamente abandonada en Dios. Aún en el sufrimiento transmitía alegría y sentimiento de lo sagrado y repetía hasta el último instante: “Quiero testimoniar que la muerte es vida”. El 27 de febrero de 2011 se cerró la fase diocesana de su proceso de beatificación. Chiara Favotti Ver también: Alfredo Zirondoli, “Luminosa siguió jugando. Perfil de Margarita Bavosi”, Cittá Nuova, Roma. Giulio Marchesi, Alfredo Zirondoli, “Un silencio que se transforma en vida. La jornada de Renata Borlone”, Città Nuova, Roma.
Asombro y empatía

María para todos los cristianos
Es cierto que María, o mejor dicho la Teología y la devoción mariana, han sido algunas veces un obstáculo para la reunificación del cristianismo. No obstante, se observa en la actualidad, un clima de diálogo y un deseo de comprensión mutua. Hay una renovada atención al discurso bíblico sobre María. Emerge en algunos grupos cristianos la conciencia de que María, además de ser una buena compañera en el viaje de la fe, es también una madre, y como tal puede tener un papel especial en conservar la unidad de la Iglesia. María, es la “Madre de la unidad de los cristianos”». La experiencia de Chiara Lubich sobre María, a partir del especial período de iluminaciones que tuvo lugar en el verano de 1949, fue el centro de la intervención de Judith Povilus, estadounidense de Chicago, matemática y teóloga (“yendo a los fundamentos, Matemática y Teología tienen mucho que decirse recíprocamente”), en el reciente encuentro de representantes de distintas iglesias cristianas, en el que estuvieron presentes, entre otros, 18 obispos. Eran 6 anglicanos, 6 católicos, 3 reformados, un metodista, un luterano y un copto ortodoxo. Se reunieron en Welwyn Garden City, la “ciudad jardín” ubicada a 40 Km. de Londres. Judith actualmente es docente de Lógica y Fundamentos de Matemática en el Instituto Universitario Sophia de Loppiano (Italia).
«Durante ese período –explicó la teóloga Povilus– se abrió, para la fundadora de los Focolares “un horizonte nuevo y vasto. Una inimaginable visión de María” descubierta “como si fuese la primera vez” como creatura humana (“una de nosotros”) pero al mismo tiempo “embebida de la Palabra de Dios”». «María se reveló como la Madre de Dios, la Theotokos. No era sólo, como habíamos pensado hasta ahora, la joven de Nazaret, la creatura más bella, cuyo amor superaba el de todas las madres del mundo. Era la Madre de Dios, en una dimensión completamente nueva. Y para explicarlo Chiara recurrió a una imagen: la del cielo que abraza y contiene al sol». La nueva comprensión se refería también a María Desolada que, a los pies de la cruz, se sintió como «traspasada por una espada, cuando le pidieron que renunciara a su maternidad del hijo divino para abrazar la de Juan. Jesús con su muerte estaba dando la vida por la humanidad, haciéndonos a todos hijos de Dios. Si con la anunciación el papel de María fue decir “sí” a un proyecto que estaba más allá de ella, en el Gólgota, como han dicho los teólogos, fue pronunciar un “segundo sí”». A partir de esta comprensión –continuó- derivó para Chiara Lubich y para la comunidad de los Focolares una riqueza de implicancias. En primer lugar, la de reconocer en María un modelo a imitar: «Amándonos unos a otros, generamos a Jesús en medio nuestro. Como María podemos ofrecer espiritualmente a Cristo al mundo».
A partir de la experiencia del ’49 brotó una nueva visión de la tarea de María en la Iglesia: «Por los Hechos de los Apóstoles sabemos que María estaba con ellos en Pentecostés, que marcó el nacimiento de la Iglesia. Describiendo la intuición sobre el lugar asumido por María en la Iglesia, en el momento de la venida del Espíritu Santo, Chiara usó una metáfora: si Cristo es el vértice del cuerpo místico de la Iglesia, María es su corazón, por lo tanto, María juega un papel esencial en ayudar a la Iglesia a responder plenamente al proyecto de Dios, que es ser una presencia de Cristo». Generaron gran interés las novedades propuestas por la espiritualidad de la unidad de Chiara Lubich. «Una espiritualidad de comunión, que tiene el fin de reforzar el característico aporte de vitalidad, belleza y santidad que la Iglesia, según el ejemplo de María, está llamada ser ofrecida al mundo».
