Junio de 1999

Al leer esta Palabra de Jesús se presentan dos tipos de vida: la vida terrenal, que se construye en este mundo, y la vida sobrenatural que Dios nos da, por medio de Jesús, que no termina con la muerte y que ninguno nos puede quitar.
Se pueden tener, entonces, dos actitudes ante la existencia: aferrarse a la vida terrenal, considerándola como el único bien, con lo cual nos sentiremos inclinados a pensar en nosotros mismos, en nuestras cosas, en nuestras criaturas; a encerrarnos en nosotros mismos afirmando sólo el propio yo, encontrando como conclusión al final, inevitablemente, sólo la muerte. O bien, por el contrario, creyendo que hemos recibido de Dios una existencia mucho más profunda y auténtica, tendremos el coraje de vivir de manera de merecer este don hasta el punto de saber sacrificar nuestra vida terrenal por los demás.

«El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará».

Cuando Jesús dijo estas palabras, pensaba en el martirio. Nosotros, como todo cristiano, tenemos que estar dispuestos, por seguir al Maestro y permanecer fieles al Evangelio, a perder nuestra vida, muriendo –si es necesario- también de muerte violenta, y con la gracia de Dios se nos dará con esto la verdadera vida. Jesús, antes que nadie. «perdió su vida» y la recuperó glorificada. El nos ha prevenido que no temamos a «aquellos que matan el cuerpo, pero no tienen el poder de matar el alma». Ahora nos dice:

«El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará».

Si lees atentamente el Evangelio verás que Jesús vuelve sobre este concepto otras siete veces. Esto demuestra su importancia y la consideración en que Jesús lo tiene.
Pero la exhortación a perder la propia vida no es, en boca de Jesús, sólo una invitación a soportar incluso el martirio. Es una ley fundamental de la vida cristiana.
Hay que estar dispuestos a renunciar a hacer de sí mismos el ideal de la propia vida, a renunciar a nuestra independencia egoísta. Si queremos ser verdaderos cristianos tenemos que hacer del Cristo el centro de nuestra vida. Y ¿qué es lo que Cristo quiere de nosotros? El amor a los demás. Si hacemos nuestro este programa, ciertamente nos habremos perdido a nosotros mismos y encontrado la vida.
Este no vivir para sí mismos no es, ciertamente, como alguno podría pensar, una actitud renunciataria o pasiva. El compromiso del cristiano es siempre muy grande y su sentido de responsabilidad es total.

«El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará».

Ya desde esta tierra se puede hacer la experiencia de que, en la entrega de nosotros mismos, en el amor vivido, crece en nosotros la vida. Cuando hayamos empleado nuestra jornada al servicio de los demás, cuando hayamos sabido transformar el trabajo cotidiano, a lo mejor monótono y duro, en un gesto de amor, probaremos la alegría de sentirnos más realizados.

«El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará».

Siguiendo los mandamiento de Jesús, todos orientados al amor, después de esta breve existencia encontraremos también la eterna.
Recordemos cuál será el juicio de Jesús en el último día. Dirá a los que están a su derecha: «Vengan, benditos de mi Padre…, porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron…».
Para hacernos partícipes de la existencia que no pasa, tendrá en cuenta solamente si hemos amado al prójimo y considerará hecho a él mismo lo que hayamos hecho a cualquiera.
¿Cómo vivir entonces esta Palabra? ¿Cómo perder desde ahora nuestra vida, para encontrarla?
Preparándonos al grande y decisivo examen para el cual hemos nacido.
Miremos a nuestro alrededor y llenemos la jornada de actos de amor. Cristo se nos presenta en nuestros hijos, en la esposa, en el marido, en los compañeros de trabajo, de partido, de descanso, etc. Hagamos el bien a todos. Y no olvidemos a aquellos de los cuales nos enteramos por las noticias de los diarios, o por amigos, o por la televisión… Por todos hagamos algo, dentro de nuestras posibilidades. Y cuando nos parezca que las hemos agotado, tenemos todavía la posibilidad de rezar por ellos. Es amor que vale.

Chiara Lubich

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