Vida vivida tras un mundo más unido

El artista de la calle que cambia su ruta: a veces basta un pequeño gesto

Soy A. M. de Australia. Toco la flauta prácticamente desde toda la vida.
Puedo decir que este instrumento significa muchísimo para mí: por años ha sido mi mejor amigo, quizás el único, lo que me ha ayudado a ir adelante en los momentos más duros. De hecho, hace algunos años, debido a un período particularmente difícil en mi familia y especialmente con mi madre, me fui de la casa con un morral con pocas cosas y mi inseparable flauta.

Dormía en la calle y ganaba algunos centavos para vivir tocando mi flauta. Vivía literalmente al día, sin ningún punto de referencia. El dolor que tenía dentro era fuerte. Un día, mientras tocaba en una esquina, una mujer se entretuvo conmigo un poco más de tiempo: “�Te gustaría darle clases de música a mis hijos? Ganarías algo…”. Acepté enseguida esa propuesta que, todavía no lo sabía, habría cambiado mi vida.

Frecuentando esta familia conocí a los “Jóvenes por un Mundo Unido” y lo que realmente me impresionó en esos muchachos fue que querían amar a todos, sin distinción. Su amor me ha dado la fuerza para cambiar de ruta.
Y para mí amar – lo entendí enseguida – significaba reconstruir las relaciones con mi familia y especialmente con mi madre. Se necesitó un poco de tiempo, pero poco a poco logramos volvernos a acercar y ahora va mucho mejor.

(E. S. – Australia)

El amor, la terapia más eficaz

Somos una pareja joven con 3 hijos, a los cuales queremos inmensamente.
Cuando nacieron David e Irene, como todos los niños, requirieron de todas nuestras energías para encontrar un nuevo equilibrio en la familia, pero con Alessia, la tercera, ha sido una aventura especial.
Nació aparentemente sana y bella, pero después de algunos días, de los primeros resultados del mapa cromosómico supimos que tenía síndrome de Down.
Han sido momentos fuertes e inconscientemente esperábamos un error en el diagnóstico. Ha sido como un terremoto repentino, como si de repente nos faltara la tierra bajo los pies.
Pero queríamos creer que cada hijo es un don de Dios y –aún en el dolor- sentíamos que esta situación hacía parte de su designio de amor.
Después de algunos días, una doctora especialista en genética nos confirmó el diagnóstico pero no nos habló de la gravedad de la discapacidad. Más bien nos dijo que el amor que habríamos podido dar a Alessia sería la terapia más eficaz.
Era lo que advertíamos en el fondo: nosotros éramos los protagonistas de esta historia, nosotros padres, con nuestros otros dos hijos, nuestras familias y nuestros amigos…
Juntos hemos ayudado a Alessia a crecer bajo todos los puntos de vista.
Hoy podemos decir sin dudar que Alessia es un don para nosotros y para quien está a su lado. Es portadora de alegría, de serenidad.
Ante todo ha hecho crecer el amor entre nosotros dos, y después con los niños se ha instaurado una relación más madura, un amor más grande. Ellos mismos competen para abrazarla cuando regresan de la escuela y nos dicen que �hemos sido afortunados de tener una hermana tan especial como Alessia!

(M. e D. – Italia)

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