Una venganza de amor

Era un muchacha trastornada por las experiencias dolorosas de mi familia y por la falta de un afecto auténtico y estable, cuando conocí a personas que tenían una alegría que yo creía que era imposible experimentar en la vida y me la donaron. A través de ellos descubría a Dios y Su amor por mí.
Para mí fue como descubrir una luz en la noche, que con seguridad me indicaba el camino, un camino de amor, precisamente lo que estaba buscando.

Soy la más joven de cuatro hermanos y nuestros padres siempre tuvieron una relación difícil y conflictiva, marcada por peleas y discusiones que a menudo terminaban en violencia. Mi papá tenía, además de la nuestra, otra familia: una mujer e hijos. Por ello, y por su actitud agresiva hacia nuestra madre, nosotros los hijos lo rechazábamos como padre y, en cambio de amarlo, lo odiábamos cada vez más.

Poco a poco, mis hermanos se fueron de la casa, quien para estudiar, quien para casarse. Con mis padres quedé sólo yo, la más pequeña, hasta el día en que mi padre le pegó tan fuerte a mi mamá que tuve que llevarla al hospital. Después, ella se fue a vivir con mi hermana y en la casa nos quedamos mi padre y yo.
El Evangelio me sostenía, pero dentro de mí pensaba que nunca, nunca habría podido perdonar a mi padre.

Un día de esta difícil convivencia forzada, él me persiguió para golpearme y yo logré escaparme por un pelo. Regresé a la casa por la ventana, después de que él había salido. Fue entonces, en esos momentos de miedo y de dolor, que decidí vivir las palabras de Jesús con radicalidad. ¡Había llegado la hora de vengarme de mi padre, pero la mía habría sido una venganza de amor!

Acomodé la casa, la limpié, preparé el almuerzo para él y salí para ir a trabajar. Al regresar a casa, en la noche, mi papá me estaba esperando. Temblaba, pero estaba decidida a amarlo no importaba cual fuese su comportamiento. Me pidió que llamara a mamá y a mi hermana porque quería hablar también con ellas. Me costó vencer su resistencia y persuadirlas a que vinieran a la casa, pero al final lo logré.

Mi padre se veía sacudido: nos pidió que lo perdonáramos por el daño que nos había hecho y nos prometió que nunca más regresaría donde su otra familia. Pero si nos pedía el permiso de mantener, con una cuota mensual, a los hijos que había tenido fuera del matrimonio, que no tenían ninguna culpa de los errores cometidos por él. Aunque nuestra condición económica no era floreciente, enseguida estuvimos de acuerdo y, desde entonces, la situación verdaderamente cambió: la paz regresó a la familia.

R. B. – (Brasil)

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