Un autobús hacia Bulgaria. Historias cotidianas de acogida.

Isabella Barbetta

«Desde hace algunos meses delante del supermercado hay un señor que nos ayuda a llevar el carrito de las compras, a cambio de una colaboración. Empiezo a saludarlo, pero no responde, intento acercarme pero no habla italiano. Todas las mañanas nos saludamos y la frialdad poco a poco desaparece.

Busca trabajo, pero nadie se detiene porque no habla italiano, pero también por su aspecto rudo. Después del verano aparece también la esposa, Valentina, que sabe italiano porque antes trabajaba como enfermera. Con Valentina la relación es más fácil. Me entretengo con gusto todas las mañanas a hablar con ella. Busca trabajo, pero en Italia es un momento difícil.

Duermen en la entrada del supermercado sobre cartones. Fausto logra conseguirles un alojamiento para ellos para la noche en un instituto de religiosas. Ahora todos los días Valentina y Michele están en mis oraciones. Una mañana Valentina no logra ni hablar ni tragar. Entiendo que es algo serio.

Le compro las medicinas, después le pido a Fausto que vaya a visitarla. La llevamos al hospital, donde le ponen un suero. Durante la noche la voy a buscar y la llevo donde las hermanas, junto a su esposo que se había quedado en la sala de espera. Siguen sin encontrar trabajo. Empieza el invierno y en lugar de regresar a Bulgaria, como querían hacer, regresan a dormir a la calle. Les llevo algunos dulces que preparo con chocolate, así son más sustanciosos.

Se acerca navidad. Una noche la temperatura baja a 2° bajo cero, con Fausto pasamos cerca del supermercado. Valentina y Michele están sentados sobre un cartón entumecidos por el frío. Siento que se me estremece el corazón. Tratamos de convencerlos de que vayan a pasar la noche provisionalmente en un lugar caliente. El marido no quiere. Me dan ganas de llorar y digo que me voy a quedar allí toda la noche si no se encuentra una solución. Fausto les pregunta por qué no regresan a Bulgaria, así como tenían intenciones de hacer. La respuesta es sencilla: “No tenemos el dinero para los boletos”. Con Fausto nos miramos: si el problema es el dinero, nos encargamos nosotros, basta hacer menos regalos de Navidad. Preguntamos cuándo sale el bus para Bulgaria: la mañana siguiente de la estación Tiburtina. Vamos a casa y mientras Fausto busca el dinero, yo preparo un paquete con emparedados, queso, jamón, fruta, dulces, agua, etc. Para el viaje que durará dos días.

Salimos con Valentina y Michele y a la una y media llegamos a la estación Tiburtina. Nos intercambiamos las direcciones, contentos porque también ellos tendrán una linda Navidad en familia.

Pero al día siguiente Valentina llama por teléfono para decir que el bus está lleno y que se ven obligados a regresar a Ariccia, pero que compraron los boletos para partir el viernes siguiente. Valentina me dice: “Italia no querer, Bulgaria no querer, sólo tú querer a nosotros”. Las hermanas los alojan con gusto, porque aprecian su educación y cortesía. El viernes a las 6 de la mañana Fausto los lleva a Roma. También esta vez preparo un abundante paquete con víveres para el viaje, además de un buen abrigo para sustituir la chaqueta sucia y raída de Valentina.
«No pude dar un trabajo a mis amigos, pero estoy segura que les pude dar un poco de amor».

NdR: La historia fue contada por Isabella en enero del 2008. La volvemos a proponer por su extraordinaria actualidad.

 

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