En Fiera di Primiero en los primeros tiempos del Movimiento de los Focolares

Una espiritualidad de comunión, como decía Pablo VI, es el camino nuevo de Chiara Lubich, nata dal Vangelo. Pero ¿cuáles son sus caracterísitcas? ¿Cuáles son los episodios que, desde un inicio, llevaron a la certeza de haber nacido para contribuir a la unidad de los hombres con Dios y entre ellos? Descubrámoslo juntos. En 1944, durante el mes de mayo, en el sótano oscuro de la casa familiar de Natalia Dallapiccola, al cual ésta había trasladado su habitación para protegerse mejor de los bombardeos, Chiara y sus amigas de Trento leían a la luz de una vela el Evangelio, como ya era su costumbre. Lo abrieron al azar, y encontraron la oración de Jesús antes de morir: “Padre, que todos sean uno” (Jn 17,21). Es un texto evangélico extraordinario y complejo, el “testamento de Jesús”, estudiado por los exegetas y por los teólogos de toda la cristiandad; pero en aquella época estaba un poco olvidado porque resultaba misterioso para muchos. Ese pasaje de San Juan podía haber parecido difícil para jóvenes como Chiara, Natalia, Doriana y Graziella, sin embargo intuyeron que esa sería “su” palabra evangélica, la unidad. Uno de aquellos días, en Trento, en el puente Fersina, Chiara les dijo a sus compañeras: “he comprendido cómo tenemos que amarnos, según el Evangelio: hasta fundirnos en uno”. Más tarde, en la Navidad de 1946, aquellas jóvenes eligieron por lema una frase radical: “O la unidad o la muerte”. Chiara escribió en el 2000: “Un día estaba allí con mis compañeras y, abriendo el pequeño libro, leímos: “Padre, que todos sean uno” (Jn 17,21). Fue la oración de Jesús antes de morir. Por su presencia entre nosotras y por un don de su Espíritu, me pareció comprender algo de esas palabras difíciles y fuertes, y nació en mi corazón la convicción de que habíamos nacido para esa página del Evangelio: para la unidad, es decir para contribuir a la unidad de los hombres con Dios y entre sí.”. “Algún tiempo después, conscientes de la audacia divina del programa que sólo Dios podía actuar, arrodilladas en torno a un altar, le pedimos a Jesús que realizara ese anhelo suyo, sirviéndose también de nosotras si estaba en sus planes. Al principio, con frecuencia, frente a la inmensidad de ese cometido, nos asustábamos, y viendo las multitudes que habríamos tenido que atraer a la unidad, nos venía el desaliento.

Pero, poco a poco, suavemente, el Señor nos hizo comprender que nuestra tarea era como la de un niño que tira una piedra en el agua y en torno a esa piedra, se producen círculos cada vez más grandes que, si se quiere, se pueden imaginar indefinidos. Entonces comprendimos que nosotros tenemos que construir la unidad a nuestro alrededor, en el ambiente donde estamos, y luego – cuando lleguemos al cielo – podremos ver los círculos que se agrandan, hasta realizar, al final de los tiempos, el plan de Dios”. “Para nosotros estaba claro desde el principio, que esta unidad sólo tenía un nombre: Jesús. Ser uno, para nosotros, significaba ser Jesús, ser todos Jesús. En efecto, sólo Cristo puede hacer de dos uno, porque su amor que es anulación de sí mismo, que no es egoísmo, nos hace entrar hasta el fondo en el corazón de los demás”. “Lo que escribía en aquellos tiempos revela la maravilla frente a una realidad sobrenatural tan sublime: ‘¡La unidad! Pero ¿quién tendrá la audacia de hablar de ella? ¡Es inefable como Dios! Se siente, se ve, se goza de ella, pero… ¡es inefable! Todos gozan de su presencia, todos sufren por su ausencia. Es paz, gozo, amor, ardor, clima de heroísmo, de inmensa generosidad. ¡Es Jesús entre nosotros!”.

Comments are disabled.