En los rincones oscuros de la capital

«Provengo de un pequeño pueblo del campo y desde hace poco me trasladé a Roma. La llegada a una ciudad tan grande me ha hecho encontrar realidades muy distintas a las que no estaba acostumbrado.

Fue muy difícil para mí ver a un joven pidiendo limosna o personas que buscaban en la basura algo para comer. No son novedades. Son escenas vistas muchas veces en las calles, por la televisión. Pero cuando uno se encuentra cara a cara con estas situaciones, algo cambia, se tiene la posibilidad de encontrar la propia medida según el Evangelio.

Regresando a casa una noche de éstas, me quedé conversando con un muchacho. Tenía 23 años, más o menos mi edad. Me contó de sus niños, uno de los cuales tenía que ser operado y que sus ahorros no eran suficientes. Me contó que tenía que pagar un alquiler de 150 euros por mes, para no tener que dormir, con su esposa, en la parte trasera de un carro. Y todavía de su dificultad de encontrar trabajo. Quizás era la historia de siempre, quizás las excusas de siempre para recoger algún dinero, pensé. Pero había algo que me empujaba a seguir.

Entonces le dije que lo iba a ayudar a conseguir un trabajo y que las siguientes noches lo podía invitar a cenar y que los podía alojar en mi casa si el propietario los desalojaba. No sabía bien lo que decía, pero las palabras salían de mi corazón. Me preguntaba: ¿qué puedo hacer yo tan pequeño, recién llegado a la realidad romana? Regresando a casa, recé pidiéndole ayuda al Padre. Dos días después me llegó un correo que hablaba de un encuentro para jóvenes extranjeros en busca de trabajo. ¡Era la respuesta, una clara señal! Enseguida le mandé un mensaje al muchacho, con quien habíamos intercambiado el número de teléfono, para contarle la noticia.

Varis veces me sucedió que regresé a casa tarde por hechos similares, y tuve que escuchar de mis vecinos frases como: ‘¿para qué te quedas a hablar con esas personas? Qué te importa, en tanto no sirve de nada…’.
Quizás a ellos les di una respuesta superficial, pero lo que comprendí es una auténtica revolución. Cambié mi forma de actuar porque ‘cada cosa es por Jesús’. Si nos dejamos trabajar por Jesús, y Lo elegimos como fundamento de nuestra vida, sobre todo ese Jesús que en la cruz sufrió por todos nosotros, entonces Él mismo te hace ser otro Él en los rincones oscuros y en los dolores de la sociedad».

(E.P. – Italia)

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