Klaus Hemmerle (1929-1994), obispo de Aachen (en Aquisgrana, Alemania), teólogo y filósofo de alto nivel, gracias a su especial característica, dio un aporte importante a la profundización doctrinal del carisma de la unidad y a su difusión entre los obispos.

Mons. Hemmerle, refiriéndose a la frase de Jesús: “Lo que hicieron al más pequeño de mis hermanos, a mí me lo hicieron” (Mt 25, 40), escribe:

  • «Esta Palabra nos dice en modo definitivo quién es el hombre y cuál es su realidad… Esta interpretación del hombre ciertamente es un escándalo, no menor de aquel con el que Jesús escandalizaba a los hombres declarándose Hijo de Dios. En nombre de la propia libertad, en nombre de la propia identidad y peculiaridad el hombre considera que debe objetar el hecho de que se le identifique con Jesucristo. El hombre quiere ser amado por sí mismo, por lo que es, y no ser degradado a una especie de máscara de Jesús. Más bien teme que este amor ´extra’ que él recibe por amor a Jesús, sea algo que no lo tome en cuenta, algo que lo deje fuera, algo que le quite el amor que él desea recibir por sí mismo, del que tiene necesidad. Quien ama de modo tal que por amar a Jesús en el otro descuida al otro como persona, en realidad descuida a Jesús también. Quien considera la presencia de Jesús de forma que disminuye su realidad de hombre, en realidad no ha comprendido absolutamente la presencia de Jesús en el prójimo.
  • Jesús se hace uno conmigo, es decir, no me deja solo. Él está de mi parte en forma radical, me acepta así como soy, y lo que a mí se refiere se refiere a Él. Yo sigo siendo yo mismo, me vuelvo plenamente yo mismo, precisamente porque no estoy solo.
  • El misterio de Cristo es el misterio de cada hombre. ¿Qué significa esto para la persona que encuentro y qué significa para mí y para mi vida? Con respecto al otro significa que yo no me encuentro con un eslabón de la cadena, o un engranaje que una maquinaria, o un simple número en la gran cantidad de material humano. Cada vez que encuentro un rostro humano me encuentro con Dios en su realidad incondicionada, encuentro esa voz que, más allá de ese rostro humano, pronuncia lo que dijo de Jesús en la montaña de la Transfiguración: “¡Éste es mi hijo predilecto!” (Mc 9,7). No hay excepciones.
  • Encontramos a Cristo especialmente en los últimos, en quien parece más lejano de Él, es las personas en las que el rostro de Cristo parece disiparse. ¿Cómo? En la cruz, viviendo el abandono de Dios, haciéndose incluso pecado (2 Cor 5,21), Jesús se identifica con quien está más lejos de Dios, con quien parece oponerse a Él. Sólo descubriendo a Cristo en el prójimo, en quien está más lejos de la persona y del misterio de Cristo, y donando a la persona ese amor humano que se dirige en forma unitaria a él y al mismo Cristo, el prójimo puede descubrir su propia identificación con Jesús, su cercanía a Él, el haber sido plenamente asumido en Él”.

 Pensamientos tomados de “Offene Weltformel”

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