Somos responsables los unos de los otros

«Se nos ofrece un criterio muy sencillo para juzgar si estamos bien con Dios. Nosotros estamos bien con Dios si estamos bien con el hombre. Amamos el Uno en el cielo si amamos al otro en la tierra. Se puede decir que el hermano se nos ha dado para que, por su semejanza, nos recuerde a Dios.

Yo no quisiera ser calumniado, ni pasar hambre, estar sin casa, sin trabajo, sin alegrías… del mismo modo, por lo que a mí respecta, tengo que hacer lo posible para que también los otros sean respetados, alimentados, alojados, empleados y consolados. Entonces se establece una especie de equilibrio, es decir como yo trato al hermano, Dios me trata a mí; como el hermano me trata a mí, Dios lo trata a él.

Se diría que es Dios quien primero practica el precepto principal del Evangelio: «Ama a tu prójimo como a ti mismo», y nos ama como Dios, es decir infinitamente. De hecho lo empuja un amor tan grande que nos quiere uno con Él, nos hace participar de su naturaleza. ¿No se hizo por esto partícipe de nuestra naturaleza? Y esto quiere decir ponerse a nuestro nivel para permitirnos la convivencia con Él.

El individualismo, al encerrar y entumecer al propio yo en la cáscara del exclusivismo personal, sofoca el alma, y al faltar la circulación el calor se extingue. El alma sufre por el frío y muere congelada. Pero es suficiente con que uno se ponga a amar al hermano, porque al calentar el espíritu del otro se calienta el propio. Un consejo que antiguamente se nos hacía, era la exhortación o en la prohibición de frecuentar a éste o a aquél… Sin embargo Jesús habló con la samaritana, ante el escándalo de los suyos. Y quería que se dejaran las 99 ovejas dóciles para buscar a la número cien que no era dócil.

Acercándome al hermano, yo contraigo una responsabilidad sobre su destino eterno y también sobre el mío, dada la solidaridad que subyace en nuestras relaciones. Cuántas veces el pecado del hermano, en menor o mayor grado, es también nuestro, por culpa de nuestra falta de amor.

Muchas veces el criminal es un individuo que no tuvo amor, de modo que el Crucifijo, que está arriba del estrado de los jueces del tribunal podría repetir: «¡Quien esté libre de pecado que lance la primera piedra!». ¡Cuántos hermanos se perdieron porque nosotros los abandonamos!».

Igino Giordani, Il Fratello, Città Nuova, 2011, (Figlie della Chiesa, 1954).

Igino Giordani, Il Fratello, III edición. Città Nuova, abril de 2011

I edición Figlie della Chiesa, 1954

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