Evangelio Vivido. “Y ¿si se tratara de una estafa?”

VATICAN CITY, VATICAN - FEBRUARY 11: A nun walks in St. Peter's Square on February 11, 2013 in Vatican City, Vatican. Pope Benedict XVI today announced that he is to retire on February 28 citing age related health reasons. (Photo by Franco Origlia/Getty Images)


20150522-01«La casa en la que vivimos como comunidad está ubicada muy cerca de la Plaza de S. Pedro, en Roma. Eran casi las nueve de la noche. Poco antes, mi superiora había salido para dar un paseo by night por la columnata de Bernini, junto a algunos compatriotas. En ese momento sonó mi celular. Era ella: «Aquí hay un señor; tendrá unos 35 años. Dice que le robaron los documentos, la plata y el celular en el metro». Bajé para ver qué se podía hacer. Luciano, como dijo llamarse ese hombre, contó que había llegado a Roma precisamente esa tarde, después de veintisiete horas de ómnibus. Había logrado recoger 1300 euros, pensando que con esa cantidad podría cubrir sus gastos mientras encontraba un trabajo en Italia. Le pregunté si quería llamar a alguien y él me dio el número de su madre radicada en su país de origen. Lo marqué y le entregué mi celular.

Se estaba haciendo tarde. Llamé a una religiosa que trabaja en la Cáritas de la estación de trenes para ver si conocía algún lugar en el que él pudiera pasar la noche, pero me dijo que sin documentos era imposible. A este punto él me dijo que pasaría la noche al aire libre y que al día siguiente iría a la embajada para volver lo más pronto a su patria. Le pregunté si quería comer o tomar algo, pero tenía el estómago cerrado por el estrés. Me dijo que todavía le quedaban unos emparedados del viaje. Le propuse entonces acompañarlo donde las personas que viven a la intemperie en la Plaza Pio XII, para confiárselo a ellos (había también unos connacionales). Antes de llegar, nos encontramos con B., una indigente que duerme en las entradas de los edificios. A veces le llevamos algo de comer. Le conté la historia de Luciano, pero sin decirle que, con los tiempos que corren, no estaba segura de que al creerle estaba haciendo lo correcto. Y ¿si se tratara de una estafa? Pero era más fuerte la convicción de que era un hermano para amar concretamente.

La mujer le dijo: «Ve al basurero, recoge todos los cartones que encuentres, porque aquí de noche hace mucho frío. Puedes dormir aquí cerca. Nadie te hará daño». Dejamos el equipaje y fuimos a buscar los cartones. No era fácil conseguirlos, porque en ese sector son muchos los que duermen en los andenes, cerca de los muros. Mientras tanto llegó mi superiora. Con los cartones volvimos donde B. y dejamos a Luciano bajo su custodia. Sobre todo se lo confiamos a la Virgen y a los Ángeles de la Guarda.

Durante la noche no lograba dormir. Afuera hacía mucho frío y estaba muy húmedo. Por la mañana le llevé al menos un poco de leche caliente y café. Dijo que por el frío, la incomodidad y el ruido de los autos, no había podido dormir. Volví a casa para la Misa. Las lecturas hablaban del ayuno, que consiste no sólo en el abstenerse de la comida, sino «en el compartir el pan con el hambriento, en acoger en casa a los necesitados, a los indigentes, en vestir a quien está desnudo…” (Is 58,1-9). No lograba leer; no lograba contestar al sacerdote, un nudo me cerraba la garganta, las lágrimas caían abundantes… Entendí – justamente yo, que nunca lloro – qué significa el ‘don de las lágrimas’ del que habló recientemente el papa Francisco. Terminada la misa le dije a mi superiora: «Tenemos que ocuparnos de él hasta el fondo». Siempre temiendo que fuese una estafa, ella titubeó, pero luego aceptó. Luciano todavía estaba ahí. Se había acordado que en el bolsillo interno de su mochila tenía la cédula de identidad. Echamos uno de sus bolsos en el carrito de las compras, el otro lo llevamos juntos. En la estación de autobuses descubrimos que precisamente ese día salía uno para su país. Compramos el pasaje. La cajera nos avisó que sería mejor esperar que Luciano partiera, porque ya había pasado que personas como él regresan luego a la caja para pedir el reembolso. Teníamos que volver a casa y le pagamos el desayuno. Todavía faltaban dos horas para la salida, pero nosotros seguimos confiando. Le di un fuerte abrazo y le dejé mi número de celular, junto a unas monedas para el viaje y un poco de divisa nacional para llegar en tren a su ciudad. Por la tarde, alguien que se enteró de esta historia, nos donó lo que gastamos. Al día siguiente llegó también un grato SMS de Luciano. “Les agradezco por el boleto del autobús y por todo. Llegué a mi casa sano y salvo».

 

2 Comments

    • Deja una respuesta

      Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *