La enseñanza que me dieron los presos


20160531-02«Estaba trabajando como inspector de calidad de productos, control de cantidad, peso de cada producto, pero por motivos empresariales, me despidieron. Perdí todo: el trabajo, la familia, la dignidad. Después de algunos meses mi esposa me mandó el documento pidiendo la separación, llevándose a nuestra única hija de 5 años. Como si no alcanzara con esto por haber escuchado durante años el consejo de mi suegro, fui arrestado por fraude, tráfico de influencias, asociación para delinquir. Sin embargo, ¡yo no era culpable de nada de esto! Sentí una vergüenza infinita, también por mis seres queridos, ¡y una rabia desmedida! ¿Dónde estaba, me preguntaba, ese Dios que todos proclaman como bueno, y que, en cambio permitía injusticias como ésta?

Estuve 15 días en la cárcel, 5 de los cuales en aislamiento, encerrado en una celda de 2 metros por 2, privado de todo: de la libertad, de abrir una ventana, de ver o hablar con cualquier persona.

Después, cuando salí del aislamiento, me tuve que enfrentar con despachantes de droga, drogadictos, ladrones, violadores, rateros. Eran hombres.

En la cárcel todos me respetaban porque tenían la seguridad – aunque no me conocían- de que yo era inocente y que ése no era mi lugar. Era su modo de devolverme la dignidad que se me había quitado. Aprendí mucho de los presos.

Salí de la cárcel con libertad provisional. Mis familiares me convencieron para que asistiera a una Mariápolis, diciéndome que íbamos a descansar durante 4 días. Encontré una abuela de cabello blanco que me habló de Dios Amor. Justo a mí que había dudado fuertemente de ese Dios bueno. Se me iluminó un mundo nuevo e inmenso, como si ya lo conociera, pero no lo había nunca probado antes. Comprendí que para caminar por el camino del amor no se puede prescindir de lo que en aquel momento llamaba dolor y que ahora identifico con el sufrimiento de Jesús en la Cruz. Cuando se vive en el dolor más profundo estamos más dispuestos a escuchar a Dios, que nos dona una vida más plena y más grande. Hoy no conservo rencor hacia mi ex esposa, ni hacia mi suegro ni hacia mi hija, que durante esos años no me quiso ver nunca.

Fui absuelto sin cargo alguno, porque tres años después se comprobó que yo no era culpable de los hechos que se me imputaban.

No podía conservar para mí solo lo que mi vida me había enseñado. Sentía fuerte dentro mío que me debía donar a los demás, sobre todo a los jóvenes. Comencé con 5 chicos de 11/12 años que no tenían idea de lo que era tener fe en Dios, ni ellos ni sus padres. Empecé jugando al fútbol con ellos durante varias horas, luego los acompañaba a sus casas, les pedía solamente que hicieran un simple gesto de amor hacia sus familias.

Hoy estos jóvenes ya crecieron, algunos ingresaron en el mundo laboral, pero, sobre todo ellos quisieron devolver a otros lo que recibieron, llevando la seguridad del amor de Dios a los demás.

No terminaré nunca de agradecer a Dios por haberme permitido amar sin prejuicios, conocer que Él es Amor, que ama a cada uno de nosotros personalmente y que todos somos iguales, todos hijos suyos».

Erasmo (Italia)

 

 

 

 

 

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