El Evangelio vivido: Compartir


20160826 Apartamento para estudiantes

“Vivo con otros seis estudiantes en un apartamento que alquilamos. Nos hemos dividido las tareas y los turnos de limpieza. Franz, sin embargo, no colaboraba, creando de este modo tensiones entre todos. Tratábamos de recordárselo, pero era en vano. Un día nos venían a visitar precisamente sus familiares, y yo antes que los demás – por un acto de amor hacia ellos- me puse a limpiar los baños y también el dormitorio de Franz. Los padres y la hermana apreciaron tanto el orden que encontraron que antes de irse fueron a comprar alimentos para llenar la heladera. Desde ese momento es Franz el que se preocupa por atender las necesidades de los demás”. (F.F. – Austria)

Pobres que se ayudan

“Son pobrísimos y tímidos. Es una pareja a la que le faltaba de todo, y su preocupación estaba llegando al máximo cuando estaba por nacer el primer hijo. El amor de otras personas amigas los confortó. Quedaron impresionados cuando conocieron la historia de una familia tan pobre como la de ellos, pero que creía en Dios, Padre que no abandona a sus hijos. Pensaron entonces compartir parte de su comida con otra familia necesitada. Y al día siguiente, inesperadamente, vieron que les llegaba todo tipo de alimentos. ¡Y no sólo! Les llegó también todo lo que precisaban para su bebé: la cuna, ropa, la bañera…” (J.E. – Brasil)

20160826-02La lluvia

“Esa noche me sentía muy cansada. Hubiera querido decirle a los niños que se fueran a sus respectivos dormitorios y que dijeran las oraciones de la noche ellos solos para poderme ir pronto a la cama. Pero John, nuestro hijo mayor, me pidió que rezáramos el rosario y que pidiéramos la lluvia: es cierto que hace tiempo que no llueve, y el maíz y los boniatos que habíamos plantado precisaban con urgencia el agua. Para que él quedara contento rezamos el rosario. Es muy lindo rezar juntos en familia. Y, con sorpresa, esa misma noche comenzó a llover y siguió lloviendo hasta la tarde del día siguiente” (B. M. – Uganda)

Los sillones

“Con frecuencia en nuestro país los padres se endeudan para pagar la boda de sus hijas y después deben trabajar toda la vida para pagar esas deudas. Para mi casamiento traté de que  mis padres gastaran lo menos posible, confiándome en la Providencia. Un día fui con mi mamá a la mueblería. «Por lo general –me dijo al final el dueño de la mueblería – las otras chicas nunca están contentas con lo que encuentran…. pero tú eres diferente. Quisiera pedirte que reces por mi hijo que está muy enfermo». Le aseguré que sí, que iba a rezar. Y él como regalo de bodas, me regaló dos sillones; justo los que me venían bien”.  (C. J. – Pakistan).

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