Palabra de vida: la alegría del perdón


20161028 perdonoEn la cárcel
«Tuve problemas con otro muchacho y los dos terminamos en la prisión. Éramos enemigos, entre nosotros no existía ninguna posibilidad de entendimiento. Cuando conocí más profundamente la enseñanza de Jesús sobre el amor, pensé en este “enemigo”. ¿Qué hacer para amarlo? Me acordé que podía compartir con él un poco de la comida que me traía mi familia, porque sé que a él nadie le trae cosas. Ahora nos hicimos buenos amigos. Otra experiencia se refiere al único recipiente de comida que tenía: me lo robaron y yo sabía quien había sido. Fui ante esa persona pero él se negó a dármelo. No sabía qué hacer. Volviendo a mi celda, comencé a leer el Evangelio, pues era mi punto de referencia para cada cosa, y en un momento dado leí el párrafo que se refiere al mandamiento nuevo. ¡Allí estaba la respuesta! Enseguida, con todo el corazón, decidí no insistir y no pensar más en el recipiente. Lo más importante era amar». (D. J. – Nigeria)

La maquinilla del café
« En el trabajo todos usamos la maquinita del café, pero nadie se preocupa de lavarla y recargarla. Se acostumbraron a que esa tarea la hacía yo. Un día una colega, después de haber tomado el café, vino a investigar por qué yo estaba tan dispuesto hacia los demás. Le dije que no me costaba mucho y que era la única cosa que podía hacer por ellos. Y ella: «Me estás diciendo algo importante. Me quejo siempre con mi marido porque deja todo desordenado y en cambio debo comenzar también yo a hacer lo que él no hace». Desde ese día la atmósfera en el trabajo dio un salto de calidad» (R.C. España)

Ese hijo “desconocido”
«Con el primer hijo logramos siempre tener un diálogo y darle un apoyo moral. Con el hermano, en cambio, que tiene un carácter muy fuerte, fue difícil. Encontrarse con un joven adolescente que no quiere comunicar nada creaba malestar entre todos.  En la escuela además no se esforzaba y nos llegaban varias quejas  de los docentes. Mi marido y yo, de común acuerdo, tratábamos de buscar un camino para “llegar” a nuestro hijo; nos alentábamos mutuamente en amarlo así como él era, poniendo en evidencia sus lados positivos aunque nos parecía que en casa era casi un desconocido. Mientras tanto seguíamos rezando y golpeando a la puerta del Cielo para que Dios nos guiara en la difícil tarea de ser padres. Se nos ocurrió la idea, de acuerdo con nuestro hijo, de cambiarlo de escuela. ¡Funcionó! Desde entonces nuestro hijo cambió positivamente: ya no es agresivo, al contrario, está siempre dispuesto a ayudar en la casa: en la escuela está sacando buenas notas; y comenzó a asistir a la iglesia. Todos estamos gozando de esta oleada de aire fresco». (B.S. – Suiza)

 

 

 

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