María Reina de la Paz


maria loppiano[…] La historia no está hecha más que de guerras, y nosotros de niños, en los pupitres de la escuela, puede decirse que aprendimos que las guerras son buenas y santas, que son  casi como la salvaguardia de nuestra propia patria […] Pero, si nosotros sentimos resonar en nuestro espíritu las llamadas de los Papas, […] percibimos cuánto temieron la guerra para la Humanidad y cómo descendieron, llamados o no, entre los gobernantes para tratar de aplacar las “iras” y los intereses, y para alejar la terrible desgracia de la guerra, con la cual todo se pierde, mientras que con la paz todo se gana.

Y esto porque la historia es una serie de luchas fratricidas entre pueblos hermanos, a los que el único Dueño del mundo les ha dado un trozo de tierra para cultivarla y vivir en ella.

Él bendice la paz porque ha encarnado la paz. Nosotros que vemos cómo el Señor está conquistando uno a uno los corazones de sus hijos de todas las naciones, de todas las lenguas, transformándolos en hijos del Amor, de la Alegría, de la Paz, de la Audacia, de la Fuerza; nosotros esperamos que el Señor tenga piedad de este mundo dividido y desbandado, de estos pueblos encerrados en su propio cascarón contemplando la propia belleza – única para ellos – limitada y que no satisface, defendiendo con los dientes sus propios tesoros -incluso aquellos bienes que podrían servir para los demás pueblos en los que se muere de hambre – y haga caer las barreras y fluir ininterrumpidamente la caridad entre una tierra y otra, como un torrente de bienes espirituales y materiales.

Esperamos que el Señor componga un orden nuevo en el mundo; Él, que es el único capaz de hacer de la Humanidad una familia y de aprovechar esas diferencias entre los pueblos, para que en el esplendor de cada uno puesto al servicio de los demás, resplandezca la única luz de la vida que, embelleciendo la patria terrenal, hace de ella una antecámara de la Patria eterna.

Quizás todo lo que vamos diciendo pueda parecer un sueño. Sin embargo – aparte del hecho que si la relación entre los cristianos es el amor mutuo, la relación entre los pueblos cristianos no puede ser otra que el amor mutuo, por esa lógica del Evangelio que no cambia – hay un vínculo que ya une a los pueblos fuertemente y que la voz del pueblo, de cada pueblo, ha proclamado ya; esa voz del pueblo que tan a menudo es voz de Dios. Este vínculo escondido y custodiado en el corazón de cada nación es María.

¿Quién logrará disuadir a los brasileños de que María es la Reina de su tierra?

¿Y quién podrá negar a los portugueses que María es “Nuestra Señora de Fátima”?

¿O quién no reconocerá a los franceses la “hermosa y pequeña Señora de Lourdes”?

¿Y a los polacos la Virgen de Czestochowa?

¿Y a los ingleses, que su tierra es “feudo de María”?

¿Y quién podrá negar que María es la “Soberana de Italia”?

[…] Todos los pueblos cristianos la han proclamado ya su Reina, de ellos y de sus hijos.

Pero falta una cosa, y ésta no puede hacerla María, tenemos que ayudarla nosotros: falta nuestra colaboración para que los pueblos católicos, como hermanos unidos, vayan a Ella y juntos la reconozcan como Madre y Reina. Nosotros podemos coronarla como tal si, con nuestra conversión, con nuestras oraciones, con nuestra acción, quitamos el velo que todavía cubre su corona […]

Tenemos que depositar a sus pies esa porción del mundo que está en nuestras manos […] todo a los pies de la Reina más grande que Cielo y Tierra conozcan: Reina de los hombres, Reina de los santos, Reina de los ángeles; porque, cuando estuvo en la Tierra, supo inmolarse totalmente a sí misma, como Sierva del Señor, enseñando así a sus hijos el camino de la unidad, del abrazo universal de los hombres, para que sea en la Tierra como en el Cielo.

 

De Chiara Lubich, Escritos Espirituales/1, págs. 211-214

 

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