Nace el “Centro para la unidad y la paz”

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Se encuentra en el confín entre la parte hebraica y la árabe de Jerusalén. Será un lugar de espiritualidad, estudio, diálogo y formación para la Ciudad Santa y para el mundo entero.

Uno historiador francés escribió que Jerusalén no es de Jerusalén, sino que es una ciudad-mundo, una ciudad en donde el mundo entero se da cita, periódicamente, para afrontarse, confrontarse, medirse. Es un laboratorio de convivencia o de guerra, de pertenencia común o de odio al otro.

De hecho es fácil caer en la tentación de ver sólo lo que los sucesos nos presentan casi cotidianamente sobre la Ciudad Santa: la violencia entre hebreos y palestinos, la fatigosa resistencia de los cristianos en los lugares santos, ¿pero sólo esto es Jerusalén? ¿Hay todavía espacio para la esperanza y la profecía que esta ciudad representa para todo el mundo?

Chiara Lubich siempre estuvo convencida de ello. Fue a Tierra Santa por primera vez en 1956 y entre los lugares santos visitados, la impresionó uno en especial: la “Escalerita”, es decir la antigua escalera romana de piedra blanca, que se encuentra apenas saliendo de los muros de la ciudad vieja, junto a la iglesia de San Pedro en Gallicantu. Una tradición dice que por allí pasó Jesús, la noche después de la última cena, mientras iba hacia el huerto de Getsemaní y que precisamente en esas piedras pronunció la oración por la unidad: “Padre que todos sean una sola cosa”.
Referimos como Chiara describió en una página de su diario la fuerte impresión reportada en ese lugar:

“Aquí el Maestro, ya próximo a la muerte, con el corazón lleno de ternura hacia sus discípulos, elegidos por el Cielo, sí, pero todavía frágiles e incapaces de comprender, elevó al Padre su oración en nombre propio y en nombre de todos aquellos por quienes había venido y por los que estaba dispuesto a morir: «Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros». Allí, Jesús le había suplicado al padre que nos ahijara, aunque estuviésemos alejados por nuestra culpa, y que nos hermanara entre nosotros en la más firme, por ser divina, unidad”.(1)

Ya desde entonces Chiara sintió el deseo de que, precisamente en este rinconcito de la tierra, naciera un centro para el diálogo y la unidad.

Un giro importante tuvo lugar a partir de los años ’80 cuando se pudo adquirir un terreno adyacente a la escalera romana y preparar el proyecto, que fue aprobado en el 2016.
Últimamente se hicieron las excavaciones para preparar el trabajo de construcción.
El futuro “Centro para la Unidad y la Paz” recibió de Chiara una misión precisa: debe ser un lugar de espiritualidad, estudio, diálogo y formación. Un lugar abierto a personas de distintas edades, culturas, credos y proveniencias; orientado a estimular el encuentro, el conocimiento del otro, a favorecer relaciones auténticas.

Otra etapa decisiva fue cuando en febrero pasado María Voce, presidente de los Focolares, realizó un gesto importante, al poner en el terreno una pequeña medallita de la Virgen, como signo inicial de la construcción de este centro. El proyecto presenta una estructura poli-funcional, apta para alojar eventos e iniciativas de distinta naturaleza a nivel internacional y local.

Es posible contribuir en distintas formas para sostener la construcción del centro; aquí están disponibles todas las informaciones necesarias.

Stefania Tanesini

1) Chiara Lubich, Escritos espirituales/1El atractivo de nuestro tiempo, Editorial Ciudad Nueva, Madrid, p.178

 

1 Comment

  • Muy conmovida al conocer ésta experiencia de Chiara en Jerusalén en 1956. Su intuición, el cuerpo que somos y los tiempos de Dios – sesenta tres años cronológicos transcurridos- en concretar el centro para el diálogo y la unidad, en un terreno al lado de la ‘Escalerita’.
    Antigua escalera romana de piedra blanca, donde, cómo ella nos dice “Aquí el Maestro, ya próximo a la muerte, con el corazón lleno de ternura hacia sus discípulos, elegidos por el Cielo, sí, pero todavía frágiles e incapaces de comprender, elevó al Padre su oración en nombre propio y en nombre de todos aquellos por quienes había venido y por los que estaba dispuesto a morir: «Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros». Allí, Jesús le había suplicado al Padre que nos ahijara, aunque estuviésemos alejados por nuestra culpa, y que nos hermanara entre nosotros en la más firme, por ser divina, unidad”.
    Comprender con mayor conciencia que estamos cada uno y cada cual, en esa oración, me hizo volar con el alma en el proceso vivido en la historia personal, familiar y comunitaria que experimentamos como familia de Chiara en la Iglesia y la Humanidad.
    Fue en una encrucijada de ésta vida, recién estrenada mi viudez, en una experiencia de encuentro interpersonal con un desconocido, el conocimiento del otro tuvo una sorpresiva continuidad en mí, llegando a vivir una relación auténtica, por la Presencia de cuidado en nuestra fragilidad e incapacidad de comprender, hermanando nos en la más firme unidad. Experiencia de perdón y riqueza de las diferencias por la reciprocidad de dones, que superando prejuicios y miedos, expandió mi corazón en el amor que hemos recibido gratuitamente y nos transforma en instrumentos transparentes para que llegue a todos. También a las profundas fragilidades y traumas que vivimos entre nosotros ….ya que somos humanos, estamos en camino y es el tiempo de actualización en la encarnación del Ideal en nuestra humanidad, para ser don de unidad en el cuerpo eclesial y social,

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