Mariápolis europea/1 – padre Fabio Ciardi: “Redescubrir el proyecto de Dios sobre la humanidad”

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La primera Mariápolis Europea promovida por el Movimiento de los Focolares acaba de comenzar en Tonadico, en las montañas Dolomitas, del 14 de julio al 8 de agosto.

En el contexto histórico y político de una Europa dividida y en conflictos, el evento pretende testimoniar que el sueño de la fraternidad entre los pueblos no es una utopía. La intuición original de Chiara Lubich, fundadora del Movimiento de los Focolares, a finales de los años 40 y 50 del siglo pasado, se concreta en los diversos campos del conocimiento, como en el corazón de las relaciones entre los individuos y entre los pueblos. Lo hablamos con el p. Fabio Ciardi omi, responsable del centro de estudios interdisciplinarios del Movimiento “Escuela Abbá”:

¿Cuál es el vínculo entre las experiencias místicas que tuvo Chiara Lubich en los años 49 y 50, durante y después de la primera Mariápolis, y el nacimiento de la Escuela Abbá?
“La Escuela Abbá nació para profundizar en lo que sucedió en aquellos años. Chiara tuvo la oportunidad de escribir sobre esa experiencia a medida que sucedía, consciente de que había allí una doctrina, unos valores tan profundos y ricos que habrían podido nutrir no solo a la Obra, sino también a la Iglesia. En un momento dado sintió la necesidad de retomar esos documentos y comenzó a llamar a personas de cierto nivel cultural para profundizar en su experiencia y extraer de allí la doctrina inherente a esta”.

Entre las disciplinas estudiadas en la Escuela Abbá se encuentran la historia y la ciencia política. ¿Puede la reflexión de la Escuela en estos ámbitos ayudarnos a comprender los motivos fundadores de la Unión Europea?
“La experiencia que Chiara tuvo en 1949 le permitió tener una visión desde los alto del designio de Dios para la humanidad y la historia. Allí encontramos valores que son también la base de Europa. La Escuela Abbá quiere resaltarlos y mostrar su relevancia. Hoy, Mariápolis nos ayuda a redescubrir ese diseño, a comprender cuál es el proyecto de Dios para nuestra historia, para nuestra identidad”.

En aquellos primeros tiempos, Chiara intuyó de que Europa estaba llamada a estar unida – Igino Giordani, cofundador del Movimiento, deseaba el nacimiento de los Estados Unidos de Europa – y de actuar como una entidad federada de los pueblos en el contexto mundial. Pero hoy estamos lejos de esa visión y Europa está atravesada por nacionalismos y populismos. ¿Cómo encontrar ese impulso y hacerlo “contagioso”?
“Me parece que en la experiencia inicial de 1949 están todos los componentes para ampliar el corazón, hacer que crezca el sentido de la fraternidad, la aceptación, el compartir y para promover un camino juntos. Al principio, la reflexión de Chiara se centró en Italia: hablaba de Santa Catalina y San Francisco como patrones de Italia. Pero pronto los horizontes se ampliaron porque personas de otros países europeos y de otros continentes se unieron al Movimiento y ella vio que el carisma de la unidad vibraba en todos y cada uno encontraba allí sus valores más profundos. Chiara veía a toda la humanidad en marcha hacia la unidad. Y me parece que este es el ideal fundamental que puede realizarse también hoy. Necesitamos una reflexión cultural que sepa cómo conjugar el gran proyecto de Dios sobre la humanidad con la situación política, histórica y económica actual”.

¿Qué mensaje puede enviar la experiencia de una Mariápolis europea a los ciudadanos de Europa?
“La idea de que la unidad europea no es uniformidad o imposición, sino una riqueza que proviene de una gran diversidad. No solo de los pueblos europeos históricos sino también de los nuevos pueblos que llegan. Europa se hace, está en construcción continúa desde sus orígenes, y debería saber combinar estos dos elementos: promover la fraternidad, el compartir, la comunión, la unidad y, al mismo tiempo, valorizar la gran diversidad cultural, la historia particular de cada pueblo. Creo que las Mariápolis pueden ser el nuevo crisol en el que se aprende a respetarse, a amarse, a vivir juntos”.

La Mariápolis, por tanto, como un “laboratorio” de unidad para Europa. Podría objetarse que esta es una perspectiva utópica…
“Los lugares de la utopía son lugares imaginarios en los que uno sueña con una realidad que, de hecho, no existe. La Mariápolis, en cambio, es un lugar diferente, no es utópico sino real, y creo que es necesario volver a proponer experiencias de este tipo, significativas, aunque pequeñas, que muestren cómo podría ser el mundo si se vive realmente la ley de la fraternidad, del amor y unidad”.

Claudia Di Lorenzi

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