Colombia: Acoger al hermano


Una grave enfermedad y el inesperado internamiento en un país extranjero fueron el inicio de un vínculo profundo de amistad e intercambio entre dos comunidades de los Focolares en Colombia y Venezuela.

Una llamada telefónica inesperada abrió un impensado capítulo de nuestra vida. Nos avisaban que en uno de los hospitales de la ciudad de Bogotá (Colombia), había sido internado un pariente de un miembro de los Focolares de Venezuela. Esta persona, venezolana, había llegado a Colombia como migrante, en condiciones precarias, y trabajaba como albañil. Había sido internada porque estaba gravemente enferma. Dos personas de la comunidad de los Focolares se encontraron al día siguiente en el hospital, ambas habían sentido que Dios las invitaba a amar a este hermano desconocido. Después de presentarse le aseguraron que en Bogotá podía contar no sólo con ellas dos, sino con una familia más grande formada por la comunidad de los Focolares. Él explicó que estaba en Bogotá con un hijo que ahora lo estaba sustituyendo en el trabajo. Los médicos explicaron que sus condiciones eran muy graves.

Al contactar a su hijo nos enteramos que vivían en un tugurio. A través de un llamado que lanzamos a la comunidad, recogimos ropa y zapatos para ellos. Un tiempo después también el hijo tuvo que dejar el trabajo para dedicarse a asistir a su padre. Durante ese período alguno entre nosotros lo invitaba a desayunar, a almorzar o a descansar para hacerle sentir el calor de una familia. Otros hacían turnos en el hospital para darle un cambio y se seguían recogiendo bienes de primera necesidad para ellos.

Mientras tanto el papá expresó el deseo de regresar a Venezuela. Nos contó que la experiencia en Colombia lo había hecho experimentar el amor de Dios, produciendo en él una auténtica conversión. Quería volver a ver a su pequeña familia, saludar a su esposa y morir con la paz en el corazón. Para este viaje era necesario encontrar el dinero para los documentos y para el avión, porque no podía viajar por tierra. También los médicos y los enfermeros, impresionados por la situación, trataron de ayudarlo en distintos modos, y recogieron una buena suma. Mientras esperaba para viajar, se hizo necesario trasladarlo a un centro médico especializado. A pesar de las dificultades, después de algunos meses, fue admitido. Allí los médicos le explicaron que ya no había nada que hacer, tenían que darlo de alta, pero dada la situación lo mantuvieron internado hasta su partida para Venezuela. Le pedimos a un sacerdote que fuera a visitarlo, en esa ocasión pudo confesarse y recibir la unción de los enfermos.

El día en que estaban ya en el aeropuerto listos para viajar hubo un apagón en Caracas (Venezuela) y el avión tuvo que regresar a Bogotá. Todavía tres días de suspensión, alojados en un hotel cerca del aeropuerto, hasta que finalmente pudo partir. Más tarde, el hijo nos hizo saber, con gratitud por el amor recibido, que el papá había logrado regresar a casa y, un tiempo después, había muerto serenamente.

La comunidad de Bogotá (Colombia)

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