Evangelio vivido: sentirse parte de una gran familia


Gran parte de la cultura en la que estamos inmersos exalta la agresión en todas sus formas como la mejor arma ganadora para lograr el éxito. El Evangelio, en cambio, nos presenta una paradoja: reconocer nuestras debilidades, limitaciones, fragilidades como punto de partida para entablar una relación con Dios y participar con Él en la conquista más grande: la fraternidad universal.

Recesión
Debido a la situación de crisis en nuestro país, veía disminuir el trabajo y los ingresos eran cada vez más pequeños. Ya no llegaban pedidos de nuestros clientes. En casa habíamos reducido los gastos, tratando de vivir con menos. Aprendí a conciliar el sueño a pesar de las deudas, a estar más con los niños para que la situación no pesara sobre ellos. Comencé a rezar nuevamente, creyendo firmemente en el Evangelio que dice: “Den y se les dará”. Esto lo hemos visto todos los días. Mientras tanto, hicimos todo lo que pudimos: recolectar periódicos, cartones, latas y botellas de vidrio para venderlos. Los niños fueron a vender bolsas con golosinas… Muchas personas venían a pedirnos comida y sucedía que dábamos lo único que nos quedaba. Un día mi esposa dio un kilo de arroz y esa misma noche recibimos dos kilos de lentejas. Una de nuestras vecinas dejó un automóvil frente a nuestra puerta: “Tómenlo, lo pagarán cuando puedan”. Así podemos llevar a nuestra tercera hija, nacida con síndrome de Down, a que haga el tratamiento necesario.
(M.T. – Chile)

Creciendo como padres
Habíamos notado cambios en nuestro hijo. Un día, con infinita delicadeza, le pregunté si había algún problema. Me confió que había entrado en el negocio de las drogas. Lo hablé con mi esposo. Esa noche no dormimos. Nos sentíamos impotentes y también fracasados como padres. Joao también traía sus amigos a casa. Sufríamos por la forma en que se comportaban. Con mi esposo nos encontramos ante una opción: decidimos amar y servir a esos chicos. Por el bien de nuestro hijo, no fuimos de vacaciones para no dejarlo solo. Mientras tanto, en mí y en mi esposo, crecía la certeza de que el amor vencería. Un día, Joao nos dijo que no quería salir de casa y nos pidió que también ayudáramos a sus amigos. Comenzó una vida nueva. Con esta experiencia, a pesar de no tener otra formación que la vida del Evangelio vivido, fundamos el grupo de Familias Anónimas en nuestra ciudad con el objetivo de ayudar a las familias de los drogadictos. Muchos jóvenes se han recuperado.
(O.P. – Portugal)

Refugiados
Habiendo escuchado que un joven refugiado albanés estaba buscando alojamiento, lo ayudamos en la búsqueda y mientras tanto lo alojamos en nuestra casa. Nuestros parientes no estaban de acuerdo, nos ponían muchos problemas y decían que éramos inconscientes, pero tal vez también debido a esta ruptura momentánea, encontramos en la unidad entre los dos la fuerza para continuar de todos modos. Después de unos días se encuentra un apartamento. Junto con B., un artesano que había decidido contratar al albanés, vamos al cuartel para hacer los trámites. El impacto con ese lugar, donde cientos de personas esperan alojamiento, es grave. Nos sentimos impotentes, pero B. al final decide contratar no a uno sino a tres albaneses, uno de los cuales menor de edad, del cual se hace responsable. Unos pocos meses son suficientes para que los tres jóvenes puedan trabajar e integrarse en la vida del pueblo, donde hemos tratado de involucrar a la mayor cantidad de personas posible para darles la oportunidad de sentirse parte de una familia numerosa.
(S.E. – Italia)

Confirmación
Mi prometida, Giorgia, quiere casarse en la iglesia. Necesito un certificado de confirmación que no tengo y se requiere una preparación. Al principio parece sencillo, pero cuando me encuentro con niños mucho más chicos que yo, escuchar las lecciones de catecismo, me parece demasiado. Me gustaría no hacerlo. Giorgia no cambia de opinión, está convencida del sacramento del matrimonio. Nuestra relación entra en un túnel. Prácticamente, posponemos la fecha de la boda. Estos son meses de sufrimiento y preguntas. Fui formado pensando en la iglesia como una institución retrógrada y ahora estoy pidiendo un certificado. Lo que me enoja es que para Giorgia esto no es una formalidad, sino una forma de establecer una familia. Nuestra relación se desvanece. En esos días, en un accidente, mi madre queda paralítica.
Giorgia viene a visitarla todos los días y mi madre encuentra en ella no solo amistad, sino un tipo de presencia que la ayuda a aceptar su estado con serenidad.
Comprendo que Giorgia tiene razones profundas para hacerlo. En mí desaparecen las dudas: cueste lo que cueste ella es la mujer de mi vida.
(M.A. – Italia)

a cargo de Stefania Tanesini
(tomado de Il Vangelo del Giorno, Città Nuova, año VI, n.1, enero-febrero 2020)

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