Amar la propia cruz


El amor a Dios y al prójimo gana espesor, profundidad y autenticidad solo si pasa por el dolor, si es purificado por la cruz que Jesús nos invita a acoger. Pero ¿de qué cruz se trata? La respuesta de Chiara Lubich en la siguiente reflexión es muy precisa: cada uno de nosotros tiene una propia cruz muy particular y personal.

[…] “Todo contribuye al bien [pero] para los que aman a Dios” (Cf. Rm 8,28).

¡Amar a Dios! Nosotros ciertamente queremos amarlo. Pero ¿cuándo podemos estar seguros de que lo amamos? No solo si le damos nuestro corazón cuando todo va bien, porque eso es fácil, es bonito, pero puede ser fruto también del entusiasmo o estar mezclado con intereses personales, con el amor a nosotros mismos y no a Él. Estamos seguros de que lo amamos si lo hacemos también en las adversidades: más aún, para garantizarnos el amor verdadero, hemos decidido preferirlo precisamente en todo lo que nos hace daño. Amar a Dios en las contrariedades, en los dolores, es siempre amor verdadero, seguro. Nosotros expresamos este amor con las palabras: amar a Jesús crucificado y abandonado. […]

Pero ¿qué cruz hay que amar? ¿A qué Jesús Abandonado tenemos que desear amar?

Ciertamente no una cruz genérica, como cuando decimos: quiero asumir […] los dolores de la humanidad. Tampoco una cruz fruto de  nuestra fantasía que sueña, por ejemplo, con el martirio, que quizás no llegue jamás.

Jesús, a quienes querían seguirlo les dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, tome su cruz” (Cf. Lc 9, 23). ¡Su cruz! Por lo tanto, cada uno debe amar la propia cruz, el propio Jesús Abandonado. En efecto, si en un momento preciso de nuestra historia Él –movido por el amor– se presentó ante nuestra alma pidiendo que lo siguiéramos, que lo eligiéramos, que –como solemos decir–, lo desposáramos, no pretendía manifestarse de una manera abstracta a cada uno de nosotros, sino precisa. Nos pedía abrazarlo en esos dolores, contrariedades, enfermedades, tentaciones, circunstancias, personas, y obligaciones que atañen a nuestra persona, de modo que podamos decir: «Esta es mi cruz», o mejor: «¡He aquí mi Esposo!». Porque cada uno tiene su proprio y personal Jesús Abandonado, que no es como el de su hermano, ni el de todos los demás hermanos, sino el suyo.

Esto es estupendo si sabemos captar –más allá de la trama de los varios sufrimientos personales– el amor de Dios por cada uno de nosotros, y nos impulsa a unirnos con amor a nuestro Jesús Abandonado, a abrazarlo, como hacían los santos, a esperar verlo transfigurado en nosotros por una resurrección muy nuestra. […]

Entonces no perdamos tiempo. Hagamos un pequeño examen sobre nuestra situación personal y decidamos, con la ayuda de Dios, decir sí a todo aquello a lo que quisiéramos decir no, pero que sabemos que es voluntad de Dios. […] Levantémonos por la mañana con este propósito en el corazón: “Hoy viviré solo para amar a mi Jesús Abandonado”. Y todo estará resuelto. El Resucitado vivirá en cada uno de nosotros y entre nosotros. […]                                       

Chiara Lubich

(En una conferencia telefónica, Mollens, 16 de agosto de 1984)

Extraído de: “Amar la propia cruz”, Cf. Chiara Lubich, Juntos en camino, Ciudad Nueva Argentina 1988, pp.32-34.

 

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