La categoría imprescindible del pontificado del Papa Francisco, confirmada también en Irak, es la fraternidad.  Su testimonio personal y eclesial, su magisterio y sus relaciones con el mundo musulmán, hacen de la fraternidad ya una figura geopolítica. El histórico encuentro con al-Sistani.

Desde varios lugares, en estos días, se trata de efectuar un balance del viaje del Papa Francisco a Irak. Pienso que es difícil, cuando no imposible, intentar un análisis exhaustivo.  Son demasiados los temas involucrados y, sobre todo, estamos demasiado cerca, demasiado poco tiempo ha transcurrido desde el evento global articulado, que sólo con el pasar del tiempo se podrá comprender en toda su valencia, Obviamente algunos elementos más que otros han impactado el imaginario de quien ha seguido los varios acontecimientos en un contexto que, en ciertos aspectos, en su cruda realidad, corría el riesgo de presentarse casi como algo surrealista.

Si pensamos en los viajes papales, inaugurados por Woityla a partir de 1979, estábamos acostumbrados a escenarios de fondo muy  diferentes: multitudes oceánicas, preparación coreográfica que a menudo rozaba la perfección y, sobre todo, eventos que dejaban la imagen, sobre todo en los primeros años de la era del papa polaco, de una fe fuerte, en el centro de la historia, en contraposición con el mundo ateo del que el papa polaco llegaba.

El Papa Francisco, que desde el comienzo de su pontificado introdujo la idea de una Iglesia accidentada  y comparó con un hospital de campaña, en estos años está comprometido en transmitir esa imagen de Iglesia y lo ha hecho prácticamente allí donde ha estado.

Desde su primer viaje oficial a Lampedusa, puerto y cementerio de migrantes, pasando por Bangui, en donde quiso inaugurar su Jubileo inesperado y extraordinario, para llegar a Mosul, en donde el escenario tenía como fondo ruinas y muros aún perforados por proyectiles de variado calibre. Y no podemos olvidar a  Tacloban, en donde desafió un inminente tifón para estar junto a los sobrevivientes de otro evento catastrófico; Lesbos en donde pasó sin prisa un tiempo precioso escuchando las historias inenarrables de prófugos de distintas proveniencias.

Pero la lección de Francisco no se refiere sólo al compromiso de mostrar que el rostro más precioso de la Iglesia es el accidentado. Es más bien la manera con la cual muestra la proximidad, el calor necesario para hacer sentir a quien sufre que existe una comunidad cristiana. Sobre todo se ha comprometido a proyectar estas comunidades al escenario mundial, para decir que ésa es la Iglesia verdadera, que todos tenemos que tener en nuestro corazón y que da testimonio de Cristo de una manera real.

Como dijo en el vuelo de regreso, Bergoglio respira en esas situaciones extremas, porque ése es su llamado petrino, ése por el cual el cónclave lo eligió aun sin saber adónde conduciría la barca de Pedro. Lo estamos viendo y experimentando en estos años. Y los viajes son el espejo acaso más veraz de ello, que no traiciona y no deja lugar a malentendidos.

Por otra parte no es nada nuevo. Como sus predecesores,  el papa argentino demuestra saber leer y decodificar los  signos de los tiempos  y ofrece un testimonio creíble del hecho que la Iglesia es testigo en el tiempo, interceptando sus problemáticas y sus nudos-clave, ofreciendo respuestas a menudo a contracorriente respecto de las que el mundo político, internacional  y, hoy, financiero imponen.

Frente a la realidad que Francisco le ha tocado vivir, incluso esa realidad sin precedentes (por lo menos en estos términos) de la pandemia, la categoría imprescindible de su pontificado, confirmado también en Irak es la fraternidad.  El testimonio personal y eclesial de Bergoglio, su Magisterio y sus relaciones, sobre todo con el mundo musulmán, pero no sólo con ellos, conforman ya una figura geopolítica. Lo demostró también su encuentro con el Gran Ayatollah al-Sistani. Las implicancias de esos cuarenta y cinco minutos son fundamentales.

Todos sabemos, en efecto, que el gran nudo que el Islam hoy debe desatar es dentro de su mundo:  la tensión jamás adormecida pero hoy peligrosamente agravada entre la esfera sunita y la  chiita. Allí deben buscarse las raíces de muchos de los problemas que los musulmanes viven y por los cuales, también, muchos mueren.  Bergoglio ha mostrado un gran tacto político al quererse encontrar con al-Sistani, el representante más significativo del chiismo espiritual, bien distanciado de la teocracia iraní que desde la revolución jomeinista de la década de 1980, llevó al mundo iraní a ser paladín de esa franja del caleidoscopio musulmán. Al-Sistani siempre tomó distancia de la opción teocrática de los ayatollah iraníes, y desde hace décadas es un líder espiritual y religioso reconocido. Por otro lado, nació en Irán.

El encuentro entre los dos se realizó a puertas cerradas, pero como lo describió el Papa Francisco en el vuelo de retorno, fue un momento de espiritualidad, «un mensaje universal. Sentí el deber, […] de ir a encontrarme con un grande, un sabio, un hombre de Dios. Pero sólo escuchando se percibe eso. […] Y él es una persona que tiene esa sabiduría… y también la prudencia. […] Y él fue muy respetuoso, muy respetuoso en el encuentro, y yo me sentí honrado.  Incluso en el saludo: él jamás se levanta, y se levantó, para saludarme, dos veces. Es  un hombre humilde y sabio. A mí me hizo bien al alma, ese encuentro. Es una luz».

Bergoglio luego se atrevió a hacer una apreciación que quizás ningún papa había tenido el coraje de expresar en el pasado: «Estos sabios están en todos lados, porque la sabiduría de Dios ha sido esparcida por todo el mundo. Sucede lo mismo también con los santos, que no son los que están en los altares. Son los santos de todos los días, ésos a los que yo llamo “de la puerta de al lado”, los santos –hombres y mujeres– que viven su fe, cualquiera que ella sea, con coherencia, que viven los valores humanos con coherencia, la fraternidad con coherencia».

Todo esto no ha pasado desapercibido. Los comentarios positivos fueron muchísimos y de varias partes, empezando justamente por el mundo musulmán. Sayyed Jawad Mohammed Taqi Al-Khoei, secretario general del Instituto Al-Khoei de Nayaf es un exponente de relieve del mundo chiita iraquí y director del Instituto Al-Khoei que forma parte del Hawza de Nayaf, un seminario religioso fundado hace casi mil años para los estudiosos musulmanes chiitas. Él fue muy claro en sus apreciaciones.

«Si bien éste es el primer encuentro en la historia entre el jefe del establishment islámico chiita y el jefe de la Iglesia Católica, esta visita es el fruto de muchos años de intercambio entre Nayaf y el Vaticano y reforzará sin duda nuestras relaciones interreligiosas. Ha sido un momento histórico también para Irán». Al-Khoei afirmó el compromiso por reforzar nuestras relaciones como instituciones y como individuos.  Iremos pronto al Vaticano para asegurar que este diálogo continúe, se desarrolle y no se detenga aquí.  El mundo debe afrontar desafíos comunes y estos retos no pueden ser resueltos por ningún Estado, institución o persona, por sí solos».

La agencia AsiaNews transcribe algunos comentarios positivos que han aparecido en la prensa iraní, que dio amplio relieve y celebró el histórico encuentro como una “oportunidad para la paz”. La noticia fue el título de primera plana de periódicos y órganos de información de la República islámica. Sazandegi, una histórica publicación cercana al ala reformista, destaca que los dos líderes religiosos son hoy   «los abanderados de la paz mundial». Y definió su conversación cara a cara en la casa del líder espiritual chiita como «el evento más eficaz [en la historia] del diálogo entre las religiones».

 Roberto Catalano

 

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