En la Encarnación los ojos de Dios le revelaron a María que su pequeña y frágil humanidad servía a Su diseño de salvación. El Adviento puede ser para todos nosotros la oportunidad para volver a empezar a vivir la experiencia más bella, sentirnos mirados por Dios y dejarnos conducir por Él, como hizo con María, para después profundizar cada día con una alegría profunda en el corazón y un canto de alabanza en sus labios.

Volver a vivir
Un amigo, comprometido en la reinserción de los exconvictos le propuso a nuestra comunidad religiosa que acogiera a uno de ellos por algunos meses, poco después del final de su pena. Pietro, así se llamaba, demostró ser un experto en el mantenimiento de infraestructuras e incansable a la hora de reparar todo lo que era necesario. Una verdadera bendición para nosotros que, no contamos con muchos medios económicos y tampoco tenemos mucho tiempo para dedicarnos a ellos. Un día después de la cena, mientras estábamos en el jardín, Pietro empezó a abrirse: “Estoy agradecido con ustedes no sólo por la hospitalidad recibida, sino por su respeto hacia mí. Los exconvictos a menudo son considerados como apestados y la gente los mantiene a distancia. A pesar de que la inclusión sería la única medicina capaz de sanar ciertas heridas”. Antes de irse nos dejó una tarjeta: “Gracias. Ahora puedo regresar a la sociedad porque sé que también yo tengo algo para aportar”.
(F. de O. – Italia)

Como el hijo pródigo
Cuando un vagabundo llamado A. se abrió conmigo y me contó cómo había terminado en ese estado de miseria, tuve la impresión de volver a ver en él al hijo pródigo de la parábola, en su afán por rescatar su libertad. Ante mi propuesta de regresar donde sus familiares, su primera reacción fue de rechazo, imposible decirles a ellos el nivel al que se había reducido. Solo la idea de presentarse ante sus hermanos y hermanas, todos exitosos y con una vida realizada, aumentaba su humillación. Sin embargo -él lo recordó en ese momento- ellos no habían dejado de amarlo y esperarlo. No dijo más y se quedó en silencio. A. volvió a aparecer después de algunos días. Esta vez me pedía ayuda para comprar el boleto aéreo y regresar a su patria. Sin dudar le di la suma necesaria. Después de no mucho tiempo recibí noticias de su parte: “Era como me había dicho. La alegría de volver a abrazarme fue el verdadero regalo que le podía dar a mi gente. Gracias por recordarme por qué estoy aquí”.
(J.G. – España)

De la mano
Debido a un ictus se me quedó paralizada la parte izquierda del cuerpo. De golpe mi vida cambió. También me afligía todo el caos que esto procuraba en la pequeña empresa que recién había abierto, en la dinámica de mi familia, en mis hijos adolescentes. Me tuve que ejercitar mucho para aceptar este nuevo estilo de vida. Sin embargo, mientras se derrumbaba un mundo, veía abrirse dimensiones que había descuidado y no había sabido apreciar antes, como la vida de fe. De hecho, hacía años que no rezaba. Reconocía que estaba ahí la causa de mi fragilidad, y me resultó espontáneo volver a rezar, no con las palabras aprendidas en el catecismo, sino dialogando. Volví a aprender a conversar con Dios. Mientras tanto proseguía el tratamiento. A un cierto momento la recuperación de todas las funciones a nivel motor me tomó por sorpresa. Ahora que estoy en convalecencia, puedo afirmar que el amor de Dios quiso sumergirme en la vida en un modo pleno y no superficial. Me ha dado una mano y yo me aferré a ella.
(D.A. – Argentina)

A cargo de Maria Grazia Berretta

(Tomado de “Vangelo del Giorno” (El Evangelio del día), Città Nuova, año VII, n.4, noviembre-diciembre

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