Mini-puerto de mar

 
Llegadas y partidas, desde y hacia otras tierras, se sucedieron en la Mariápolis durante febrero.

Tiempo de llegar, tiempo de partir. Febrero ha sido un mes especial en la Mariápolis, a modo de un puerto de mar en miniatura y en medio de la pampa. Casi no hubo día en que no se dieran arribos y partidas y las consiguientes bienvenidas y despedidas, felices y nostálgicas, como no puede ser de otra manera.

A Sebastián, chaqueño, alto, desgarbado, de sonrisa tan franca como enigmática, debía ser la enésima vez que le pedían unas palabras en público como conclusión de su paso por la ciudadela, y se ve que ya no sabía qué más decir para no repetirse. Sólo le quedaban palabras esenciales: “Agradecer por lo mucho que he recibido, tanto, y luego, nunca está de más…, pedir perdón por lo que no llegué a hacer”, y alguna frase todavía para reafirmar su apertura confiada al futuro que le espera en Loppiano, Italia. El aplauso cerrado de los que lo escuchábamos decía todo lo que no atinaba a expresar este joven que llegó hace dos años a la búsqueda, sin idea de lo que encontraría, y se va con la certeza de que ha dado con el mejor camino que podía imaginar.

En cambio Alicia, para la que también en estos días se han sucedido despedidas de todo tipo porque va a Concepción del Uruguay, no se priva de extenderse un poco más para puntualizar, conmovida, la experiencia de hermandad que ha hecho aquí desde que llegó de España, hace 11 años. “Si algo me llevo es la experiencia de ser realmente hermanos, con todos, comprendiéndonos, ayudándonos, también en pequeñas cosas o, también como hermanos a veces peleándonos, que no puede ser por mucho tiempo, porque la experiencia más honda es la de ser una gran familia con todos los que vivimos en la ciudadela”.

Depués está: Gaby, mejicana, que va a Guatemala y, en cambio Lis, brasileña, que viaja a México; Joice, también brasileña, a Resistencia, y Adriana, después de 14 años aquí, más cerca, a José C. Paz, o Tito, después de 8 años, a Buenos Aires. No hubo quien no se viera envuelto en un festejo donde ha tenido ocasión, entre risas y lágrimas, de poner en común su balance de lo que dejan y lo que esperan al partir a otro destino: alegrías y dolores, éxitos y fracasos, pero siempre camino recorrido y camino por recorrer en su vocación focolarina de construir fraternidad.

Mientras tanto, en este mismo período, han recibido su bienvenida quienes han llegado para el recambio: Sofía, de Ecuador, Yoimara, de Venezuela, Daniela, de Argentina, Antonio, de España, que a esta altura, ya integrados, ocupan sus puestos en el entramado de este laboratorio de mundo unido.

Otro cantar es el recambio de los jóvenes que en buen número – son 70 sobre los 200 ciudadanos de la Mariápolis – llegan de distintas partes del mundo, mientras otros tantos parten luego de haberse sumergido por un año en la estrecha vida de relación propia de esta experiencia de unidad: cuesta tomar distancia. Despedirse es todo un proceso que comienza con una comunión a corazón abierto, cada quien a su manera, en un clima de profunda escucha. Y luego, cuando llega el momento concreto de partir es casi cantado que se arma la batucada, los saludos estentóreos, los abrazos interminables, la rueda hombro con hombro jurándose unidad, acongojados, hasta que quien ha venido a buscar al viajero de ese día no puede esperar más y el auto arranca abriéndose paso con cautela hasta que se deciden a soltarlo y acelera, casi escapando, mientras el intercambio de mensajes sigue en las redes, abierto quién sabe hasta cuándo, porque han aprendido que la unidad no sabe de distancias. Han llegado a este puerto originarios de distintos países, regresan ciudadanos del mundo.

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