Amigos de la naturaleza

 

Las chimeneas de hogares y salamandras todavía humeaban  en este invierno avanzado. Salvo algunos árboles de hoja perenne, el ramaje se mostraba todavía desnudo contra el cielo, pero la naturaleza ya presentía el despertar y los sauces llorones habían comenzado a verdear de la noche a la mañana, mientras en el campo se insinuaban cada vez más nítidos los surcos tras la última siembra que terminó – sugestiva coincidencia – el día de la Pachamama, emblema del cuidado de la tierra. No han pasado dos meses y hoy la ciudadela verdea por donde se la mire y el parque está en todo su esplendor, también porque detrás del parque y los cultivos hay amigos de la naturaleza.

Annette, alemana, recuerda que, cuando vino de joven a hacer un período de experiencia como ciudadana de la Mariápolis era también primavera, pero al volver, luego de 30 años, encontró todo no sólo crecido, sino incluso desbordante. Hoy arquitecta, amante de la armonía y de la actividad al aire libre, lidera junto a otros el trabajo mano a mano con “ese milagro de la vida”, que también implica el esfuerzo de mantener 18 Hs de parque con cultivo, poda, recolección de residuos, reciclado, compost, en todos los climas de las cuatro estaciones.

 

Attilio, italiano, el otro referente del equipo parque, recuerda que uno de sus mayores entretenimientos de niño era ayudar a los campesinos a recoger el heno. “Más de una vez no terminaba de comer que salía corriendo a perseguir el carro, hasta que lograba subirme y no volvía hasta que terminaba la jornada”. Después, profesionalmente, nada que ver, estudió literatura española, en Italia. Cuando llegó aquí hubo necesidad de que alguien se ocupara de esto y le sigue gustando pero su mayor satisfacción sería “poder mirar y, hasta donde llega la vista, ver todo más o menos ordenado. Lo que no tenemos todavía – pone su nota de realismo – es un plan de forestación”. Por otra parte – reconoce -, además de gustarle el trabajo al aire libre, algo que ahora lo ilusiona es la perspectiva del cultivo y tratamiento orgánico, para lo que se va creando el ambiente.

 

Como en un juego, lo invito a enumerar la variedad de arbustos, plantas y árboles que hay en Mariápolis y el recuento nos asombra. Además de los lugares ya emblemáticos, como la sombra de los tilos, los fresnos de la entrada, los álamos del camino Unidad, flanqueados ahora por los kiri, recién plantados, los duraznos de jardín y las magnolias que se adelantan a la primavera,  los robles, araucarias, cipreses de pantano, laureles, sauces llorones y eléctrico, plátanos, la pérgola de glicinas, las santa Rita de Arcoiris, jazmines, los cercos de corona de novia, limpiatubos, ceibos, liquidámbar,  alcanfor, magnolia, begonia,  eucaliptus, ginkgo biloba,  y la lista continúa: acacias, moras, además de naranjos – ahora florecidos de azahares -, mandarinos, ciruelos, nogales – ya está previsto plantar nueces pecán – olivos, higueras, guayabas, castañas…, y podríamos seguir.

Mientras tanto está entrando en escena otro personaje, Gustavo Tambornini, al cual se debe la reciente siembra de trigo en las 40 hectáreas disponibles, justamente con el proyecto de ir preparando el terreno para el cultivo orgánico. Algo que se suma al proceso

de “ecocity” en que está empeñada la Mariápolis. “Es un camino que lleva su tiempo, no se hace de la noche a la mañana. Es distinto trabajar por negocio que por protección de tierra. La tierra es un socio. Nací en el campo y lo amo. A veces proyectas una cosa y te sale otra, pero siempre tiene variables que te dan alegría. Si uno lo ama te da mucho.  Requiere  paciencia, constancia, recomenzar, conversar con la tierra. Ahora viene la época más linda, la naturaleza te muestra todos los premios, todo florece, todo brota, se ven los sembrados…”.

Enfrente también están, desde hace 26 años, los cultivos bajo invernadero de Pepe Marín, que estrenaron los terrenos del sector Solidaridad. Cuando entra en tema se entusiasma recordando el tiempo en que sentía que todo le hablaba de  vida, la planta que crece por sí sola, la gratuidad que hay en la naturaleza. “A lo mejor yo estoy en mi casa y siento que a las plantas les está llegando la luz del sol, el agua, los nutrientes y uno va y dice, qué tomate más lindo, qué lechuga tan hermosa, y sabés que uno  ha hecho poquísimo, por más que le ha puesto todo su esfuerzo”. Aunque no puede callar que “también están  las inclemencias del tiempo, los momentos en que uno no cuenta con la misma fuerza, energía, no aflora tan espontáneo el sentido de las cosas y hay que buscarlo más hondo”,  en el terreno trascendente de la propia naturaleza.

 

Annette comenta que ese esfuerzo, donde hay que ensuciarse las manos, bajo

el calor en verano y el frío en invierno, suele despertar en los jóvenes del equipo el aprecio por sus antepasados, que muchas veces se ganaron la vida haciendo esos mismos trabajos, pero también por la dignidad de quienes actualmente  sirven a la sociedad en tareas como la de empleados municipales.

En el fondo, reflexiona Attilio, “lo que más disfrutamos, además de todo lo que significa trabajar con la naturaleza, es cuando la gente se siente cómoda”. No por casualidad, cuando uno consulta en la web,  se encuentra con que, entre los parques, el de la Mariápolis figura como “lugar de culto” que atrae una afluencia constante de gente que lo disfruta como el marco más en consonancia con el clima de fraternidad propio de la ciudadela.