Formar parte de los que construyen

 
Familias trasladadas a la Mariápolis Lía cuentan sus historias

¿Cómo, por qué y para qué han venido a sumarse a Mariápolis las tres familias que, en este último tiempo, se trasladaron para integrarse a la vida de la  ciudadela?, porque no es una decisión cualquiera. Se lo preguntamos  a cada una, y aquí una síntesis de sus respuestas:

Y… ¿por qué no?

“Vimos en el GPS que, por la congestión en la autopista, había una demora de 21 minutos para entrar a Buenos Aires. Más vale esperemos y tomamos un café. Los chicos estaban durmiendo, y ahí comenzamos a hacernos esta pregunta, ‘¿por qué no, si vemos que Dios nos lo pone en el corazón?’. Hicimos un análisis práctico, comenzamos a descartar, esto sí, esto no se puede, pero lo que más nos movilizaba es que no era un capricho, era un deseo profundo, al unísono, aunque tampoco estábamos desesperados. Y ahí decidimos trasladarnos a Mariápolis. Por supuesto consultamos y nos abrieron las puertas. Después comenzamos a pensar en la escuela, el trabajo, la casa…, y todo se iba dando. Con la casa fue como un pequeño milagrito porque en el pueblo nos ofrecieron una que nunca se había querido alquilar”.

Fernando y Patricia Heredia, con Trini,  9 años y José, 4, ya hace tres que viven  en O’Higgins como integrantes de Mariápolis. Cada uno por su lado, luego de hacer un  período de experiencia en la ciudadela, había alimentado el sueño de ir a vivir a una Mariápolis en cualquier lugar del mundo. Lo compartieron de novios, se casaron, en 2016 participaron de la Escuela Loreto, de familias, y en aquella parada forzada del regreso a casa, tomaron la decisión, “porque este tipo de vida en comunidad que se hace tan intensa nos llamaba poderosamente. Siempre nos sentimos habitantes de una realidad así. Algo que compromete, exige un montón de cosas, que entiendo quizás no muchos estarían dispuestos a asumir y para nosotros es natural”, dice Fernando. “Era un llamado irresistible en el corazón – resalta Patricia – y sabemos que Dios nos quiere felices. No es que  no hubiéramos sido felices en Buenos Aires, ni optábamos por retirarnos a un lugar  tranquilo, sino que seguíamos un llamado, que después nos puede llevar también a otra parte. Hoy sentimos que es acá para estar al servicio, en la medida de lo posible, dentro de nuestras limitaciones, como ciudadanos del cielo que queremos hacerlo realidad en la tierra”. “No vinimos a disfrutar – reflexiona Fernando- , pero también sabemos que no podemos dar sin recibir, y mucho, cuando se vive en comunión y eso es lo que experimentamos  aquí, deseosos de que el mundo conozca esta realidad”.

No había comparación

“Mientras ayudaba a limpiar el teatro me dio la sensación de querer volver a Mariápolis, pero no ya para un período de experiencia comunitaria como la que había hecho en 2010, sino para quedarme a vivir y trabajar. Fue como un impulso para llenar una veta social. En ese tiempo estudiaba administración agropecuaria y seguía buscando”, cuenta Germán.Mientras tanto se conocieron con Luli y ya de novios, ella participó, como estudiante de ingeniería en recursos sustentables, en el proyecto de Preset que apuntaba a la sustentabilidad de la ciudadela.  De vuelta de un viaje de estudios, “cuando en el grupo se comentó lo bueno que sería que alguien viniera a vivir en el lugar para darle continuidad al proyecto, la idea me encantó”, dice Luli.

Fue llegar, compartirlo, soñar juntos y hacer presente la disponibilidad de ambos. Casados en 2017, al año creció la familia, con Juan Martín, por lo que comenzaron a pensar en otras alternativas de trabajo. “Cuando ya se nos habían abierto nuevas posibilidades en Córdoba, quisimos festejar nuestro aniversario de matrimonio en Mariápolis y coincidió que aquí se  necesitaba alguien para hacerse cargo de la casa de huéspedes en Campo Verde y también continuar lo que se había iniciado con el grupo de Preset en su momento, por lo que nos hicieron la propuesta. “Lo pensamos – dijimos – , y a la noche ya teníamos la respuesta, porque era lo que queríamos. No había comparación. Para nosotros era un proyecto mucho más ambicioso como familia, podía ser también un tiempo de donación y hasta ahora sentimos que recibimos mucho más de lo que dimos. Un poco complicado al principio, pero ya estamos  haciendo base y disfrutando lo lindo que es estar en este ambiente participando de las actividades de la ciudadela,  y llenando esa cuota social que cada uno de nosotros tenía”.

Echar raíces aquí

Gustavo y Felicitas, con Joaquín (20), Francisco (15) y María (11) no hace todavía dos meses que se trasladaron desde Chivilcoy, pero se puede decir que Mariápolis se había ido convirtiendo cada vez más en su segunda casa desde la primera vez que vinieron en familia a pasar el día, hace 11 años. Desde entonces Gustavo, entendido en todo lo que es manejo de la tierra y, Felicitas, docente, siempre encontraban la forma de poner al servicio sus talentos, y ocasiones  no faltaban. Un tiempo fuerte y decisivo fue su participación en la Escuela Loreto, de familias, en 2013, a la que quedaron vinculados como familia de apoyo. También intervino el interés por la ecología y los productos orgánicos que se comenzó a aplicar en la ciudadela.. “Cada vez sentíamos más el deseo de echar raíces aquí – confiesan al unísono  – Nuestro objetivo era formar parte de los que construyen la Mariápolis. Hasta que llegó la propuesta de que alguna familia se animara a presentar un proyecto concreto. Nosotros soñábamos, pero tal vez había otros que lo podrían hacer mejor, hasta que un día, nunca me voy a olvidar, alguien se sentó y nos dijo ‘che, Gustavo, ¿vos no te animarías a trabajar no sólo en el Polo, sino también allá?’, es decir, todo el campo, y nosotros dijimos ‘¿Qué…?’. Porque quería decir trasladarse y dejar allá, en Chivilcoy, muchas cosas, pero era como devolver tanto que Mariápolis nos había dado a nosotros. Si era por hacer números, vos está reloca, en este momento del país… Por supuesto, nos estamos  organizando la economía de otra manera, pero el corazón nos dice que todo va bien en el momento presente vivido a fondo”.

El cómo y por qué, ya está dicho. El para qué, los vemos y disfrutamos todos los otros habitantes de la ciudadela, no sólo por el clima de familia que espontáneamente crean, en particular con sus hijos, por las relaciones a todo nivel entre las distintas generaciones, desde el año y medio hasta bien pasados los ochenta, sino también por las tareas que asumen en todos los ámbitos, contribuyendo a crear esa tribu variopinta que a todos nos enriquece. Quizás por eso Fernando no dejaba de sugerir al concluir su respuesta su “sueño de que vengan más familias a construirla y embellecerla”.