Movimiento de los Focolares

Atravesar los confines de la propia Iglesia

Sep 12, 2004

Experiencia ecuménica en la Parroquia Santa Isabel de Hungria de Buenos Aires, Argentina

  Después del Concilio Vaticano II se multiplicaron también en las parroquias las relaciones ecuménicas entre comunidades de varias Iglesias.  Reseñamos la experiencia de la parroquia Santa Isabel de Hungría, en Plátanos, una localidad de 10.000 habitantes en el sur de la ciudad de Buenos Aires (Argentina).

Una comunidad viva –  Durante los años ’70 la población de Plátanos crece rápidamente por el gran flujo migratorio de las provincias del interior de Argentina.  La parroquia de Santa Isabel es un mosaico de personas de diferentes orígenes: italianas, españolas, holandesas, yugoslavas y húngaras, y allí se conforma una comunidad viva, abierta al intercambio de ideas, al compartir, a la comunión con todos.   Alrededor del párroco, un sacerdote italiano unido al Movimiento de los Focolares, nace muy pronto un grupo de personas, animadas por la espiritualidad de la unidad, que se comprometen a vivir el Evangelio.  Se encuentran periódicamente para comunicarse la «Palabra de vida» y se cuentan las experiencias vividas, para ayudarse en el camino espiritual.  Se crea así la familia con un nuevo estilo de vida que, poco a poco, se difunde en toda la parroquia y en los distintos vecindarios.  Involucra las realidades eclesiales presentes como el Camino Neocatecumenal, el Colegio de Hermanas Húngaras, y abre el diálogo con cristianos de varias Iglesias.

Santa Isabel de Hungría. PlátanosRelaciones ecuménicas cada vez más profundas – Lo que ha favorecido el nacimiento de relaciones fraternas entre miembros de varias Iglesias ha sido el contacto con personas de la Iglesia Reformada.  El párroco siente la necesidad de ponerse en contacto con el pastor reformado e inicia entre las dos comunidades una relación se que vuelve cada vez más profunda.

Con el tiempo han nacido varias actividades ecuménicas desarrolladas de acuerdo con los responsables de las respectivas Iglesias: cursos bíblicos en los que participan miembros de varias denominaciones, un coro ecuménico de 50 personas para ocasiones especiales, momentos vividos juntos durante los aniversarios y las fiestas más importantes.

Cada año, por ejemplo, algunos días antes de Navidad, para hacer sentir a tantos que no frecuentan la Iglesia la atmósfera del nacimiento de Jesús, se pensó en organizar juntos, católicos y miembros de la Iglesia reformada, una procesión a lo largo de las calles de la urbanización, con cantos y música hechos sobre todo por jóvenes y niños, saliendo de la parroquia católica para encontrarse para la conclusión en el templo de la Iglesia reformada.

El Vía Crucis del Viernes Santo se desarrolla a lo largo de las calles de la pequeña ciudad y algunas familias preparan las estaciones en sus casas.  Un año se propuso que la procesión se detuviera, para una estación, en la casa de una familia de la Iglesia Pentecostal quien acogió con alegre sorpresa este privilegio.  El día de Pascua una joven señora acercándose al párroco le agradeció de corazón.  Su madre había roto relaciones con ella y su marido desde cuando se había convertido a la Iglesia Pentecostal.  Después del Vía Crucis del Viernes Santo, los invitó a almorzar, y les pidió disculpas diciendo que se había dado cuenta de que los católicos no son como ella creía.

Informado de las cordiales relaciones que habían nacido en esa parroquia, el Obispo Católico de la diócesis fue a visitar la comunidad reformada.  Fue un encuentro verdaderamente importante:  «Es la primera vez -reveló feliz una señora- que un obispo católico entra en un templo reformado».  Y cuál no fue la sorpresa de los médicos del lugar al encontrarse ante un pastor protestante necesitado de atención, acompañado por un sacerdote católico, y después al constatar cómo el pastor había sido objeto de tantas atenciones por parte de los católicos.

Como respuesta a las urgencias sociales de la zona, la comunidad parroquial se sintió interpelada también por la difícil situación social del territorio.  Para responder a las necesidades más urgentes fundaron, desde hace algunos años, la «Casa del Niño de Lourdes».  Todos los días unos ochenta niños, de los tres a los quince años, la mitad de los cuales provenientes de familias de diversas Iglesias, reciben alimentación, desarrollan actividades educativas, deportivas, recreativas.  Se puede palpar el amor de Dios que interviene con tanta providencia.  Los niños junto con los educadores de la Casa viven una palabra del Evangelio y rezan juntos.  La unidad que se crea va más allá de las diversidades eclesiales, culturales e históricas.

 

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