8 Ago 2016 | Focolare Worldwide, Senza categoria
Nadie de mi familia conocía a los Focolares y, por lo que recuerdo, el impulso de asistir todos los sábados al encuentro para profundizar el Evangelio se debía al hecho de que había encontrado gente que me quería desinteresadamente. Nací y crecí en Ascoli Piceno (Italia), y cada año asistía a cursos de formación para jóvenes, consolidando así mi camino de fe. A los 19 años tuve que operarme la rodilla y en seguida se presentaron algunas complicaciones inesperadas. Mientras estaba todavía en el hospital, los médicos me dijeron que no podría jugar nunca más al voleibol y que mi pierna nunca tendría su completa movilidad. En ese momento comprendí claramente el significado de la frase: “Dios es un ideal que no se derrumba” y decidí confiarme a Él. Si no podía practicar más ningún deporte, El encontraría seguramente otra cosa que me gustara hacer. Después de los estudios superiores ingresé en la universidad, pero cada sábado volvía a mi ciudad para trabajar como animador en la parroquia, aprovechando mi capacidad de preparar juegos para los adolescentes y los jóvenes. Aunque no podía jugar, descubría que era igualmente muy divertido y gratificante hacer jugar a los otros, tal vez ¡sometiéndolos a pruebas de acrobacia! En esos años comencé a advertir en el corazón un fuerte llamado de Dios a gastar mi vida por El en los demás. En la Mariápolis del 2007, después de haber recibido a Jesús Eucaristía, sentí en el corazón cuál era mi camino: llevar el carisma de la unidad a mi diócesis. Era una elección total de Dios, puesta al servicio de una realidad particular. Esta zambullida en Dios me llevó a vivir la vida en la plenitud de la alegría, y de modo particular me permitió enfrentar una situación que humanamente nunca hubiera logrado enfrentar. En el 2010, comencé a tener nuevos problemas en la pierna operada, después en la otra, en la espalda, y en el plazo de pocos meses hacía mucho esfuerzo para caminar y estar de pie. Los médicos no encontraban la explicación, y, dado que faltaba poco para graduarme, supusieron que era una especie de agotamiento nervioso o depresión. Yo seguía sintiendo en el corazón la alegría de vivir junto con mis compañeros de aventura ideal y no comprendía lo que me estaba pasando. Una noche, me refugié en la iglesia y recé delante de Jesús Eucaristía: “Si es tu voluntad que comience un tratamiento, dame una señal. Si, en cambio, tengo una enfermedad extraña, haz que lo comprenda, porque yo quiero seguir siendo un don para los demás”. Luego de un enésimo análisis se descubrió que yo sufría una rara enfermedad genética que desencadenaba toda la otra problemática que estaba viviendo y que aún ahora me obliga a convivir con un dolor crónico. Enseguida mi cabeza fue invadida por todo tipo de pensamientos, preguntas y angustia. ¿Cómo haría para seguir viviendo por los demás? Comprendí que el Amor de Dios no cambiaba ni siquiera frente a todo este dolor, tal vez yo lo percibía de forma distinta, pero su amor era siempre inmenso. ¿Qué podía hacer entonces? Seguir amando y construyendo la unidad con todos, aunque ahora fuera más difícil, aunque tuviera ganas de estar solo. Algunos meses después me pidieron que atendiera a un grupito de chicos muy jóvenes. Pensaba: ¿podré? Dejé de lado los miedos y decidí ponerme otra vez al servicio de los demás. Hoy debo decir que, en estos años, los muchachos del grupo a menudo han sido mi fortaleza y los que me han dado ánimo. Porque amando todo se supera. Son muchas las ocasiones que nunca hubiera imaginado que lograría sostener físicamente, y sin embargo lo logré, constatando que de verdad “Nada es imposible para Dios”.
6 Ago 2016 | Sin categorizar
«En principio está la relación», escribía en la primera mitad del pasado siglo el gran Martin Buber, exponente del pensamiento hebreo. Desde entonces, y gracias a los avances realizados por la escuela dialógica, esta categoría ha entrado con autoridad en la escena filosófica contemporánea, lo que ha traído consecuencias en la vida social y en el horizonte del significado de la existencia. Las ciencias humanas, especialmente, la han usado provechosa y fecundamente. Cada vez tendemos más a pensar que la relación sea esa dimensión de la persona que, de alguna manera, la define. La capacidad de entablar una relación se ha vuelto por ello en algo importante en todos los ámbitos del quehacer humano. El fracaso de muchas nobles empresas, por ejemplo, puede remontarse a problemas de relación. Lograr una buena relación resulta, la mayor parte de las veces, un punto de partida positivo y una garantía de continuidad. La relación es realmente esencial. Y a pesar de ello, desde mi punto de vista, me permitiría modificar la frase del gran filósofo austríaco-israelí con esta otra: «En principio está la relacionalidad». Con esto quiero decir que la relación está siempre en segundo lugar, porque hay algo aún más radical: la relacionalidad. Es la estructura relacional de la persona la que permite entrar en relación, pero no exige que necesariamente haya una relación con el otro para existir. La relacionalidad tiene que ver con el ser, la relación, con el hacer. Relacionalidad y relación no se oponen, pero hay que diferenciarlas porque se refieren a diferentes dimensiones de la persona. La conclusión parece paradójica: hay personas pobres de relaciones pero ricas de relacionalidad, y al contrario. Tener muchas relaciones, de hecho, no es necesariamente índice de relacionalidad. Pongo un caso extremo: una religiosa de clausura puede ser más rica de relacionalidad que una estrella cinematográfica, aunque sea infinitamente más pobre de relaciones. Se puede estar abiertos al infinito sin superar el perímetro de la propia habitación, así como se puede estar encerrados en sí mismos mientras se da la vuelta al mundo. Entonces ¿es una cuestión de cantidad y calidad? Sí y no. Lo que es decisivo – como criterio de calidad de las relaciones – es la medida con las que éstas partan o no de la estructura relacional de la persona. No es pues cuestión de cantidad o calidad, sino de profundidad y reciprocidad. La relacionalidad proviene del fondo del ser humano y es siempre abierta. Abierta a la reciprocidad, mientras que no siempre las relaciones evitan la tentación individuo-céntrica. Partir de la estructura relacional de la persona quiere decir entonces ser conscientes de que, en nuestras relaciones, siempre hay algo que las precede y algo que va más allá de ellas. Significa renunciar a dominar las relaciones, incluso a construirlas como si dependieran de nosotros. Las relaciones no se construyen, se buscan. Esto quiere decir que en nuestras relaciones tenemos que estar atentos sobre todo a lo que nos sorprende, a lo imprevisto. La “voluntad de potencia”, que caracteriza a menudo al hombre moderno, tiende muchas veces a imponer las relaciones, incluso por un buen fin. Puede suceder, por ejemplo, en la relación entre padre e hijos o en las relaciones de pareja. Si queremos relaciones cargadas de relacionalidad debemos en cambio cuidar la actitud de espera, de escucha, de paciencia, incluso de ausencia. La relacionalidad requiere amor junto con una cierta pasividad que, si se vive bien, es la única que verdaderamente se abre a lo nuevo. Las consecuencias éticas de esta distinción, que puede parecer solo académica, en ciertos casos son decisivas. Un ejemplo: si la persona fuera primordialmente relación, entendiendo con esto la capacidad de construir relaciones, el aborto sería legítimo porque el embrión no tiene la capacidad de construirlos. Tampoco la persona en coma tendría el derecho a vivir, porque es incapaz de tener relaciones con los demás. Si en cambio lo que define en su raíz a la persona es la relacionalidad, que para existir no necesita tener relaciones porque viene antes de éstas, entonces las cosas cambian sustancialmente. Fuente: Città Nuova (enero 2016, página 67)
4 Ago 2016 | Sin categorizar
Después de participar en la memorable JMJ de Cracovia, 67 cardenales y obispos amigos del Movimiento de los Focolares, de 27 países de 4 continentes, se reúnen en Braga, en el norte de Portugal, del 2 al 10 de agosto de 2016. Un encuentro que se repite desde 1977 y que por primera vez se realiza en la tierra lusa, cerca del Santuario de Nuestra Señora de Sameiro, por invitación de Mons. Jorge Ortiga, arzobispo de Braga. Moderado por el cardenal Francis Kriengsak, arzobispo de Bangkok, Tailandia, el encuentro tiene como fin profundizar en la comunión fraterna entre los obispos presentes a la luz de la espiritualidad de la unidad que anima a los Focolares. El tema central del encuentro será el misterio de Jesús en la cruz que grita: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15,34), llave para encontrar y abrazar las heridas del mundo de hoy y que será también el tema para todo el Movimiento durante 2016/2017. Maria Voce, presidente de los Focolares, presente en el encuentro, ofrecerá algunos aspectos sobre el tema. También estará presente el co-presidente Jesús Morán y algunos consejeros centrales para un intercambio sobre la vida del Movimiento de los Focolares. Otros temas de reflexión y de trabajo – con los aportes específicos de teólogos, políticos y otros miembros de los Focolares – sobre la actual situación mundial, la reforma de la Iglesia en la huella del papa Francisco, el ecumenismo. Una invitación a los obispos de la Conferencia Episcopal Portuguesa para el día 9 de agosto será, para los que puedan asistir, la ocasión para un intercambio fraternal de experiencias y de conocimiento recíproco, enriquecida por la presencia de obispos de las diócesis de muchas partes del mundo Una peregrinación a Fátima con el fin de encomendar a María la propia vida y misión, en aquella que se conoce como la tierra de Santa María, sellará el encuentro. Los congresos de los obispos amigos del Movimiento de los Focolares comenzaron en 1977 por iniciativa de Mons. Klaus Hemmerle, obispo de Aquisgrán, Alemania. Fueron aprobados y apoyados desde el principio por la Santa Sede para promover la colegialidad «efectiva y afectiva» entre los obispos en un espíritu de comunión y fraternidad. Fuente: Nota de Prensa
4 Ago 2016 | Focolare Worldwide, Senza categoria
«Fueron días espléndidos, sentí paz y seguridad. El diálogo en los grupos fue muy enriquecedor, especialmente en el de las familias». «Agradezco a Dios por la gracia que recibimos también como pareja. Entre nosotros dos estábamos discutiendo un poco, pero aquí muchas cosas cambiaron. Ahora estamos felices y dispuestos a comprometernos en cualquier actividad». «Por primera vez estuve ayudando donde se encontraban los más chiquitos: una experiencia muy especial. De ellos aprendí la sencillez y cómo vivir el amor en lo cotidiano». «Sentí que debo aceptar al otro así como es. ¡Estoy cargado de energía para seguir avanzando!». Éstas son algunas impresiones, como tantas otras, que la gente expresa en todo el mundo donde está en curso alguna Mariápolis, la cita típica de verano de los Focolares. Hasta aquí, nada nuevo. Lo extraordinario es que estas impresiones provienen de la sufrida Tierra Santa. «Nuestra Mariápolis –escriben desde Jerusalén- se desarrolló desde el 30 de junio hasta el 2 de julio, en Jenín, Palestina. Un lugar muy lindo, que favorece la distensión, que ayuda a profundizar el hilo de oro del programa que invitaba a experimentar la misericordia de Dios y con los hermanos. Asistieron 230 personas de distintas localidades; muchas de ellas participaban por primera vez, entre ellos muchos jóvenes y niños. Había también 20 personas de la Franja de Gaza que para la ocasión lograron obtener el permiso para salir del país». «Entre los participantes más representativos se encontraba el arzobispo melquita de Galilea Mons. Georges Bacaouni, cuyas palabras –según escribió un participante- fueron de gran luz, porque nos alentaban a todos a vivir de modo que alrededor nuestro se viera que amábamos a Jesús».
«Estando en el Año de la Misericordia, estaba previsto también un espacio que llamamos “de tú a tú con Dios”. Después de un profundo examen de conciencia delante de Jesús Eucaristía, cada uno podía escribir los pasos que sentía que tenía que dar para crecer en el amor hacia Dios y hacia los demás. Luego quemaba el papel en una gran fogata, símbolo de la misericordia de Dios. Después de este momento solemne, una señora de Gaza nos confesó con muchísima alegría: “Yo lo hice, perdoné a todos. Ahora recomienzo desde el principio”». Algunos reencontraron la relación con los Focolares después de mucho tiempo: «Vuelvo a la Mariápolis después de 15 años, pero la estoy viviendo como si fuese la primera vez. Escuchando los temas de Chiara Lubich comprendí que en cada momento es posible retomar el paso con los demás, es suficiente recomenzar y amar en el presente. Experimenté nuevamente que cuando estamos juntos existe una fuerza especial que nos da la energía para ir adelante».
3 Ago 2016 | Focolare Worldwide
Anthony es de Chicago y ha venido con otros 26 amigos a la JMJ. Nos cuenta: «Estoy acostumbrado en mi ciudad a que cada uno se ocupe de sí mismo, sin preocuparse por el otro. Mientras íbamos caminando para llegar al Campus Misericordiae, una persona salió de su casa y nos regaló una bandeja llena de helados… Otra persona nos dio agua… ¡No me lo podía creer!». Antonel es rumano de origen húngaro: «Aunque vivo en Rumanía, hablo poco el rumano y tengo poco contacto con los rumanos. En realidad, nosotros nos sentimos húngaros, no rumanos. En la JMJ estuvimos juntos, un grupo rumanos y húngaros, y ha sido una experiencia increíble: he aprendido más de la lengua rumana en esos días que durante toda mi vida; he sentido que de veras somos hermanos. ¡Se han caído muchos prejuicios!». Y Ana de Italia: «Llevábamos maletas muy pesadas; una familia nos invitó a entrar en su casa y nos ofreció guardárnoslas hasta el día siguiente, cuando regresáramos del Campus Misericordiae. No creíamos a nuestros oídos. Después, al regreso, nos invitaron a entrar en sus casas para ofrecernos bebidas, un poco de descanso y alimento. Nos hemos quedado allí un rato y después hemos seguido adelante…».
Son una marea… Acaban de llegar de Cracovia después de más de 10 horas de viaje para lograr cubrir 180 km. Están cansados pero felices, llenos de empuje y de entusiasmo. Las palabras del Papa han entrado profundamente en sus corazones. «La JMJ, podríamos decir, empieza hoy y sigue mañana, en casa, porque es allí donde Jesús quiere encontrarte de ahora en adelante – había dicho el papa Francisco en la misa en el Campus Misericordiae– . El Señor no se quiere quedar solo en esta bella ciudad o en los lindos recuerdos, sino que desea ir a tu casa, habitar en tu vida de cada día: en el estudio y los primeros años de trabajo, en las amistades y los afectos, en los proyectos y los sueños». Son más de 600 y, después de la experiencia inolvidable de la JMJ, se encuentran durante 5 días en Jasna sobre los Montes Tatra en Eslovaquia. Quieren hacer que penetren en sus vidas las palabras del Papa Francisco y entender juntos cómo ponerlas en práctica en su diario vivir. Son jóvenes del Movimiento de los Focolares de 33 Países, desde Australia al Brasil y Argentina, de Portugal a Rusia. La experiencia de acogida y fraternidad que han vivido – además de las palabras del Papa – no las olvidarán jamás. Les esperan días intensos. El título del encuentro es significativo: You Got(d) Me! (me has raptado, pero también yo a Ti, Dios). En el programa, de hecho, además de sumergirse en la hermosísima naturaleza de los montes Tatra, se tratarán 3 temas esenciales para la vida de toda persona: la relación con Dios, la relación consigo mismo y la relación con el otro. Todo esto teniendo muy presentes las palabras del Papa y con el deseo de no dejar que nadie les “quite la libertad” de hacer opciones valientes para llegar a ser verdaderos “constructores del futuro”.
El primer día no paran de contar. De la acogida recibida, de la ayuda mutua, de las sonrisas, de los intercambios realizados… Y, claro está, ¡del Papa! De su invitación a advertir que «Jesús te llama a dejar tu huella en la vida, una huella que marque la historia, que marque tu historia y la historia de muchos». A no ser «jóvenes-sofá, sino jóvenes con los zapatos, mejor aún, con las botas puestas». Domenico de Camerún resume en pocas palabras la impresión de muchos, es decir que «el mundo unido es posible, que podemos llegar a la fraternidad universal». «Como decía el Papa, debemos construir puentes y estrecharnos las manos. Tenía ganas de juzgar a los países que hacen muchas guerras en África y, mientras hablaba el Papa, sentía que tenía que cambiar mi mentalidad y empezar a construir esos puentes. Construyendo puentes llegamos a la fraternidad pero con el odio los destruimos. Jesús me ha permitido redoblar mi fe. Muchas veces en mi vida me he preguntado por qué existe el dolor en el mundo y he comprendido que en él está Jesús que se ha hecho fealdad para embellecerlo todo. Quisiera ser un instrumento para los demás, ser un protagonista en la construcción de puentes. Si nosotros de verdad ponemos las manos en la masa, llegaremos con seguridad a vivir el testamento de Jesús: que todos sean uno». Y Eva de Eslovaquia: «Nos ha impresionado cuando el Papa Francisco ha bendecido nuestros sueños y nuestros pies, queriendo significar de esta manera que bendecía cada esfuerzo que habíamos realizado». «Nos esperan días intensos – concluyen – pero la JMJ nos hace ver que es posible un mundo nuevo…. ¡A nosotros nos toca construirlo en los pasitos que damos cada día!». Homilía del Papa Francisco durante la Misa de la JMJ – Campus Misericordiae 31 de julio de 2016 Vigilia de oración junto con los jóvenes – Discurso del Santo Padre 30 de julio de 2016 Via Crucis con los jóvenes – las palabras del Papa