2 Dic 2015 | Focolare Worldwide
Las cuatro dimensiones del camino ecuménico, según el Papa Francisco, son: el ecumenismo de la caridad, de la verdad, el ecumenismo práctico y espiritual. El Cardenal Kurt Koch, presidente del Consejo Pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos, en una intervención profunda delinea el objetivo de la plena unidad de las iglesias como perspectiva del diálogo ecuménico. Según el Papa Francisco, en línea con sus predecesores, “las divisiones son un escándalo, el compromiso ecuménico debe aspirar a la celebración común de la Eucaristía y la unidad, se realiza siempre en la diversidad reconciliada”. La unidad es un camino. Su profunda convicción se basa en el hecho de que “La unidad no llegará como un milagro: está en camino, la hace el Espíritu Santo en el caminar hacia ella”. En primer lugar, el Papa le da importancia al diálogo fraterno a través de las palabras y los gestos, alimentados por la caridad, que es un encuentro de cristianos de distintas iglesias porque “la verdad es un encuentro entre personas. La verdad no se hace en un laboratorio, se hace en la vida, buscando a Jesús para encontrarlo”. El diálogo teológico es importante pero lo concibe como un “intercambio de dones”, no es “un mero ejercicio teórico”, sino que debe permitir “conocer a fondo las recíprocas tradiciones para comprenderlas y, también, para aprender de ellas”. Sobre todo se puede colaborar de forma práctica: rezando juntos, trabajando juntos, buscando la paz, custodiando la Creación, ayudando a los pobres, defendiendo la libertad religiosa, el matrimonio y la familia. Pero la unidad “es en primer lugar un don de Dios por el cual debemos incesantemente rezar”. Los cristianos que sufren persecución hoy son muchos. ¿Por qué el Papa pone tan en evidencia la importancia del ecumenismo de sangre? “Debemos ser conscientes de que el 80% de los hombres perseguidos en el mundo en el nombre de la fe son cristianos. Hay más persecuciones hoy que en los primeros siglos del cristianismo. Es un hecho que debe provocar una gran solidaridad entre todas las iglesias porque los mártires no son perseguidos porque son católicos, armenios, ortodoxos, anglicanos, pentecostales, luteranos, sino porque son cristianos. Su sangre no divide sino que une. Los mártires viven ya la primera comunión en el cielo que nosotros debemos reencontrar en la tierra. Ellos nos ayudarán en el camino de la unidad” Después de 50 años de preparación, en el 2016, se desarrollará el Sínodo panortodoxo. ¿Qué consecuencias podrá tener en el movimiento ecuménico? “Si las iglesias ortodoxas reencuentran mayor unidad entre ellas, esto será una gran ayuda también para el ecumenismo y ayudará también en el camino para poder celebrar la Eucaristía juntos entre católicos y ortodoxos. Estoy convencido de que el Patriarca Ecuménico Bartolomé está entregando todo su corazón por este Sínodo Panortodoxo. Como Iglesia católica queremos ayudar en todo lo que podamos y rezamos intensamente”. Se concluyó el 34º Congreso de los obispos ecuménicos de los Focolares. ¿Qué aporte pueden dar a la unidad entre las iglesias este tipo de encuentros? “El ministerio del obispo es un ministerio de unidad en la propia iglesia y de unidad entre las iglesias es, al mismo tiempo, una gran obligación para todos los cristianos porque es la voluntad de nuestro Señor. Y todos los obispos quieren ser obedientes a la voluntad de Dios. Este tipo de encuentros puede ayudar a reencontrar la unidad de la cual tenemos distintos conceptos en las distintas iglesias. Buscar el consenso, dialogar es el compromiso más importante en esta etapa del ecumenismo. Y estoy muy agradecido a los Focolares por este compromiso en el ecumenismo” Del enviado Aurelio Molé
1 Dic 2015 | Focolare Worldwide
«Hoy Bangui se convierte en la capital espiritual del mundo. El Año Santo de la Misericordia se anticipa en esta Tierra. Una tierra que sufre desde hace años por la guerra y el odio, la incomprensión, la falta de paz. Y en esta tierra que sufre, están también todos los países que están atravesando la cruz de la guerra. Bangui se ha convertido en la capital espiritual de la oración por la misericordia del Padre. ¡Todos nosotros pedimos la paz, la misericordia, la reconciliación, el perdón, el amor. Para Bangui y para toda la República Centroafricana, para todo el mundo, para los países que sufren por la guerra pedimos la paz!». Son las palabras con las que el Papa precedió la apertura de la Puerta Santa de la catedral de Bangui, el 29 de noviembre. Enseguida después atravesó la puerta, solo, con un gesto intenso y lleno de significado. Mientras el Papa está todavía en el vuelo de retorno, llamamos por teléfono a Bangui, a Geneviève Sanzé, quien es oriunda de la República Centroáfricana, miembro del Consejo Pontificio para los Laicos, y que actualmente presta un servicio en el Centro internacional de los Focolares, en Italia. «¡Ninguno podía imaginar lo que sucedió en el pueblo, nos trajo la alegría, la paz!», empezó diciendo. Sin embargo las expectativas eran altas, tanto de parte de los cristianos como de los musulmanes: «Ahora viene el hombre de Dios, se decía. Es la oportunidad suprema que Dios nos manda». Era un viaje arriesgado, por motivos de seguridad, pero «a pesar de que todos estaban preocupados y de que de todas las maneras trataron de disuadirlo, el Papa estaba decidido a venir». « Y el pueblo siente que vino para ellos, no por una tarea o un evento especial, sino como un padre que quiere animar –explica Geneviève -. Estuvo donde están los cristianos, católicos y protestantes, pero también donde están los musulmanes. Todos preparamos su llegada con entusiasmo, a pesar de que estaban los cristianos por un lado y los musulmanes por el otro, y el Papa fue al encuentro de todos. Muchos pensaban que era mejor que anulara la visita a la mezquita, que está en un barrio donde ningún cristiano puede entrar. Pero él igualmente fue. Y también allí fue extraordinario».
El Papa Francisco, en la misa en el estadio invitó a los “Queridos centroafricanos” a «mirar al futuro y, fortificados por el camino ya recorrido, decidir con seguridad realizar una nueva etapa en la historia cristiana del país» Y exhortó a cada uno a ser un «artesano de la renovación humana y espiritual». El día anterior había recordado «el amor al enemigo, que previene de la tentación de la venganza y se opone a la espiral de represalias sin fin», y también que «dondequiera y sobre todo donde reinan la violencia, el odio, la injusticia y la persecución, los cristianos están llamados a dar testimonio de este Dios que es Amor». Con estas palabras en el corazón, Geneviève cuenta un episodio que percibió con sus propios ojos: «Durante la Misa entró un musulmán, claramente reconocible, con un cartel que tenía escrito “Dios es grande”. Los cristianos lo aplaudieron, fueron hacia él y lo abrazaron. Quieren vivir lo que el Papa pide, la responsabilidad en el amor y en la misericordia; esta puerta abierta que nos lleva a todos a esa gracia. Y lo demostraron con ese gesto». «Cuando llegué encontré corazones duros. Ver en dos días el cambio que se dio en el pueblo ha sido extraordinario. Después, el gesto del Papa de la apertura de la puerta Santa no ha sido sólo un acto, sino una vida de la que él mismo ha dado testimonio, de la misericordia con la que se ha dirigido hacia todos, ha llevado el amor de Dios a todos».
«El discurso del alcalde de Bangui (y presidente del Estado de transición) –explica Geneviève – ha puesto delante del Papa todos los pecados de nuestro país, y no se ha eximido de su responsabilidad; pidió perdón a Dios, pidiendo al Papa que, con su bendición, invocara la gracia del perdón sobre la nación. Encontrarse en la catedral, sabiendo todo lo que allí había sucedido, y ver que precisamente en ese lugar el Papa Francisco abrió la puerta de la misericordia, para mí fue verdaderamente excepcional. No dijo mucho, pero supo poner el dedo en el punto más débil, y desde allí lanzó un llamado a todas las naciones que fabrican armas. Y a Bangui la llamó capital espiritual del mundo. Escuchar que un país que ha derramado tanta sangre inocente es llamado capital espiritual, ha sido ver a Dios que viene a nuestro encuentro».
30 Nov 2015 | Focolare Worldwide

El Santuario católico de Munyonyo donde los primeros mártires cristianos del país fueron asesinados
«Tres días en Uganda para conmemorar a los Mártires Ugandeses. El Papa llegó el 27 de noviembre. Fue recibido por el Presidente de Uganda Museveni y por las autoridades religiosas guiadas por el Arzobispo de Kampala, Monseñor Lwanga y por el Arzobispo anglicano Ntagali. La primera etapa fue en el Santuario Católico de Munyonyo donde los primeros mártires cristianos del país fueron asesinados en 1886», cuenta Simón, quien trabaja en el sector de ventas de New Vision, y que- terminando su turno de trabajo- corre a la calle o a los lugares donde se espera que pase el Papa Francisco. Después el Papa estuvo en Namugongo. Allí el Papa visitó primero el Santuario protestante y se encontró con el Reverendo Stanley Ntagali; medio kilómetro más adelante, visitó el Santuario Católico. «Una multitud de gente, llena de alegría, esperaba a lo largo del camino, con el corazón colmado de amor, entonaban cantos para el Santo Padre», sigue contando Simón. «Había gritos, banderas, sonar de cornetas. Algunas mujeres entre la multitud lloraban de alegría» «En su discurso, el Papa recordó a los mártires anglicanos y a los mártires católicos, que dieron su vida por Dios, y cuya muerte por Cristo atestigua el ecumenismo de la sangre. Son testimonios de la propia fe en Jesús, también con el costo de la propia vida, todos jovencitos», comenta Simón. «Los mártires de Uganda son los primeros mártires de África moderna, todos laicos, dieron testimonio de una fe simple, pero muy fuerte», explica el padre Lombardi. En su ejemplo se inspira Francisco para hablar a los jóvenes e invitarlos a «transformar todas las cosas negativas que ocurren en la vida en cosas positivas», «el odio en amor», «la guerra en paz». Entre las impresiones recogidas por Simón de sus coetáneos está la de Alinda: «Con Jesús podemos superar cada obstáculo y transformar lo negativo de nuestra vida, como la opresión, o las enfermedades como el Sida. No debemos tener miedo de pedir ayuda, también a través de la oración».
«Extender la ayuda a los necesitados, cooperar con todos por el bien común, y defender el don de Dios que es la vida para construir una sociedad más justa, son algunos de los mensajes lanzados por el Papa. Subrayó además la importancia del Espíritu Santo y de los Mártires ugandeses en la historia de la Iglesia de Cristo. El Pontífice resaltó la necesidad de ser humildes, dóciles y buenos para llevar alegría y paz y para no dejarse tomar por los deseos mundanos», escribe Simón. «No somos perfectos, pero podemos perdonarnos y recomenzar siempre», confiesa Tony, especialmente impresionado por las palabras del Papa cuando habló sobre la familia. Después de la misa celebrada en Namugongo, el Papa se encontró con los jóvenes en Kololo. Su discurso espontáneo fue precedido por dos fuertes testimonios de jóvenes: una chica enferma de Sida desde su nacimiento y un joven que fue reclutado como niño soldado. El sufrimiento transformado en esperanza por la fe en Jesús es el corazón del mensaje de Francisco. «En el mismo día el Papa visitó la casa de la caridad en Nalukolongo, que se ocupa de los necesitados, de los niños, jóvenes y ancianos. Hay personas que sufren por alguna discapacidad o complicaciones distintas, y no tienen a nadie que los pueda atender. Estaban felices de recibir al Papa, quien subrayó la importancia de atender a los que se encuentran en necesidad, porque precisan nuestro amor. No hay nadie que pueda amarlos en nuestro lugar, dijo el Papa» Lanzó un desafío a los sacerdotes y a los religiosos: seguir haciendo de Uganda la “perla de África”, siguiendo el ejemplo de los mártires. Finalmente, concluye Simón, «el Papa dejó Uganda el domingo 29 para dirigirse a la República Centroafricana, dejando un mensaje de amor, unidad y sobre todo de perdón, pera vivir en nuestras familias, comunidades, lugares de trabajo, con los vecinos, en todos lados».
28 Nov 2015 | Focolare Worldwide
El 27 de noviembre se concluyó la primera parte del Congreso ecuménico de los obispos amigos de los Focolares, en el Monasterio de la Santísima Trinidad en la isla de Halki. El Card. Francis Kriengsak puso en evidencia como la unidad entre las distintas iglesias cristianas está al servicio de toda la familia humana. «La diversidad es un don y un enriquecimiento recíproco, -son las palabras del Cardenal- pero es posible sólo con una escucha sin juicio, con el diálogo de la vida, compartiendo experiencias, con una acogida que armoniza los varios carismas». Del conocimiento recíproco emergieron los desafíos y las características particulares de cada iglesia sobre problemáticas álgidas.

Jesús Morán
En la mañana, Jesús Morán, copresidente de los Focolares, identificó algunos de los grandes desafíos de la humanidad de hoy, entre los cuales: la globalización, la ultra-contemporaneidad, el adviento de una tercera guerra mundial por partes; y puso en evidencia las respuestas que la cultura de la unidad ofrece. Citando al obispo Klaus Hemmerle, pionero de estos congresos, indicó la necesidad de una actitud de escucha del mundo, «Enséñame tu forma de pensar –decía Hemmerle – para que yo pueda aprender nuevamente mi forma de anunciar», sólo de este modo, – continua Morán – es posible realizar una «necesaria operación de purificación de las “incrustaciones religiosas” presentes en nuestras iglesias. Son éstas las que nos dividen, el mundo ya no nos permite estar desunidos pero tampoco anunciar el mensaje de Cristo como lo hemos hechos hasta ahora. Por otro lado los primeros cristianos no anunciaron una nueva religión sino una vida plena, la vida que habían encontrado en Jesús». En el diálogo que siguió se puso de relieve cuánto estas palabras entraron profundamente, y se sintió fuerte el deseo de allanar el camino hacia la plena y visible comunión. Aunque el panorama mundial parece indicar lo contrario, el copresidente invitó a la esperanza. «Este mundo así como es hoy –concluyó Jesús Morán- me lleva a ser más cristiano, por esa identificación con Jesucristo que me permite vivir con los otros hermanos una comunión trinitaria más profunda». Los obispos pudieron conocer la historia del Monasterio de la Santísima Trinidad, durante una breve visita. Desde 1844 aquí funcionaba el seminario para la formación del clero greco-ortodoxo, hasta que, en 1971, la Corte Constitucional turca decidió que todos los institutos privados de alta formación fueron englobados en la oferta universitaria pública. El Consejo del Seminario se opuso y como consecuencia ordenaron la clausura de la célebre Escuela teológica donde habían estudiado teólogos de muchas partes del mundo, también de otras Iglesias. En 127 años de actividad, 950 estudiantes se graduaron de esta escuela, 330 se convirtieron en obispos, 12 fueron elegidos Patriarcas Ecuménicos, 2 elegidos Patriarcas de Alejandría, 3 de Antioquía, 1 Exarca de los Búlgaros, 4 arzobispos de Atenas, 1 arzobispo de Albania y 318 fueron ordenados sacerdotes. El actual abad del monasterio, el metropolita Elpidophoros Lambriniadis, presentó un tema con el título “El amor de misericordia y la comunión entre los cristianos”, una interesante lectura histórica del camino de diálogo hecho entre la Iglesia de Oriente y la de Occidente, con una especial referencia al papel que jugó Chiara Lubich, la fundadora de los Focolares, en el proceso de acercamiento de las dos iglesias.
Al concluir esta primera parte del Congreso, los obispos hicieron propio el llamado del Patriarca Bartolomé I, de rezar por el seminario teológico se vuelva abrir. Además invocaron la liberación de los dos obispos que fueron raptados en Siria en abril del 2013: el obispo greco-ortodoxo de Aleppo, Paul Yazigi, y el arzobispo siro-ortodoxo Gregorios Yohanna Ibrahim, obispo amigo de los Focolares y asiduo participante de estos encuentros. Ahora ha caído la noche y también la lluvia cae suavemente sobre la isla. Las carrozas bajan por la colina llevando una carga mucho más ligera: obispos hermanos comprometidos a vivir el amor recíproco para que Jesús Resucitado pueda volver a donar nueva luz al mundo. De la enviada Adriana Avellaneda
28 Nov 2015 | Focolare Worldwide
“Karibu Kenya Papa” (Bienvenido a Kenia, Papa). Entre cantos y bailes festivos, en la tarde del 25 de noviembre, el Papa desembarca en Nairobi para su primera etapa en tierra africana. Desde el aeropuerto hasta la ciudad, dos alas de multitud acompañan el auto papal: un simple auto de color gris. Ya desde el primer saludo Francisco expresa su amor por esta “Nación joven y vigorosa, una comunidad con ricas diversidades”. “Kenia fue bendecido no sólo por la inmensa belleza, de sus montañas, sus ríos y lagos, sus selvas, sus sabanas y espacios semi-desiertos, sino también su abundancia de recursos naturales”. Y continúa: “En un mundo que sigue explotando estas riquezas en lugar de proteger la casa común”, auspicio que sus valores inspiren “los esfuerzos de los gobernantes en la promoción de modelos responsables de desarrollo económico”. La agenda papal es intensísima: encuentro con el clero, al que ‘regala’ tres palabras: llorar, rezar, servir; el encuentro con los representantes de la ONU de Nairobi, a quienes pide un ‘cambio de ruta”, de modo que la economía y la política se pongan al servicio de la persona a fin de que desaparezcan enfermedades como la malaria y la tuberculosis, que se continúe luchando contra la deforestación y se orienten hacia un comercio más igualitario y a un desarrollo que tenga en cuenta a los pobres.
Fue significativo el encuentro con los líderes de las diversas iglesias y de las comunidades musulmanas y animistas, en donde afirmó que el diálogo ecuménico e interreligioso no son un lujo ni una opción. Después dijo con fuerza, esa frase que tuvo eco en todo el mundo: “Que nunca el santo nombre de Dios sea utilizado para justificar el odio y la violencia” El 27, último día en Nairobi, fue a Kangemi, un barrio muy pobre donde se concentra la degradación humana y ambiental que lo impulsó a convertirse en el paladín ante la ONU. Lo esperaban 100 mil personas, también aquí bailando y cantando. Y Francisco no los decepciona: “Me siento en casa”, dijo. “Comparto este momento con ustedes, hermanos y hermanas, que tienen un lugar especial en mi vida y en mis elecciones. Sus dolores no me son indiferentes. Conozco los sufrimientos que encuentran. ¿Cómo podemos no denunciar las injusticias sufridas?” Antes de partir para Uganda, en el estadio Kassarani se encuentra con los jóvenes para responder a sus preguntas entre las cuales: ¿cómo vencer el tribalismo, la corrupción, el reclutamiento de los jóvenes?. “Vencer el tribalismo –responde el Papa- es un trabajo de cada día, un trabajo de la oreja, escuchar a los otros, un trabajo del corazón, abrirlo a los otros, y un trabajo de la mano, estrecharse la mano uno al otro”. “La corrupción es algo que se insinúa dentro nuestro, es como el azúcar, es dulce, nos gusta, es fácil, pero luego terminamos mal”. Y, ¿cómo superar la radicalización?. “Lo primero que debemos hacer para evitar que un joven sea reclutado es darle educación y trabajo”. Cada encuentro suyo es desbordante de afecto, cercanía, amor. Y el pueblo responde expresando gratitud, alegría, esperanza. El tema de la inculturación del Evangelio es uno de los desafíos más significativos en estas tierras, en las cuales se debe tener en cuenta varios aspectos, percibidos como valores, preexistentes al cristianismo: la visión familiar, el rol del clan, la poligamia tribal y la musulmana, etc. Es un desafío que también los Focolares han acogido desde su llegada a África, en los años ’60, y que continúa comprometiéndolos en una sincera búsqueda con las personas del lugar, en el espíritu de la reciprocidad. Un camino que trajo Chiara Lubich en 1992 fundando, justo aquí en Nairobi, una ciudadela de testimonio donde se realizan cursos de inculturación especializados. El próximo tendrá lugar en mayo de 2016 donde participarán también María Voce y Jesús Morán presidente y co-presidente de los Focolares respectivamente.
27 Nov 2015 | Focolare Worldwide

Foto: REUTERS/Murad Sezer
«Mientras que los disparos de mortero resuenan cerca nuestro, el miedo y la preocupación nos invaden ya sea por nuestra vida como por la de todos nuestros conocidos cristianos o musulmanes, sirios o extranjeros. Estamos unidos porque pertenecemos a la humanidad y somos todos hermanos y hermanas. En estas calles de Damasco se vive y se muere juntos, sin ninguna distinción. El balance del bombardeo es trágico: 9 muertos y 52 heridos. Nadie habla de esto. París ocupa por ahora el primer lugar. Pero estos son los números de la guerra del otro lado del Mediterráneo, son los números de un día. No quiero hacer sumas que vuelvan aún más horroroso todo lo que aquí aparece como una cotidianidad normal. Apenas el estruendo termina, porque el ruido de las bombas es ensordecedor, tomo el celular y llamo a los parientes y amigos: “¿Estás bien? ¿Dónde estás? ¡No te muevas de allí! Espera…” Estas son las preguntas recurrentes después de cada bombardeo y después de los asaltos al barrio. Nos aconsejamos mutuamente de quedarnos quietos en el lugar en que estamos, que por ahora nos ha dado refugio y salvación y allí uno se queda porque no se sabe a dónde ir. La oficina, la cocina, el vestíbulo se convierten en refugios o tumbas según donde hayan caído las bombas, si erraron el blanco o acertaron. En mi interior las preguntas se suceden continua e insistentemente: “Pero, ¿es normal vivir con esta agitación? ¿Es normal que la gente tenga que vivir siempre en el miedo? ¿Por qué la otra parte del mundo calla? ¿Hasta cuándo tendrá que durar este absurdo? ¿Es posible que el poder, el dinero, los intereses puedan vencer sobre la voluntad de paz de los pueblos y de la gente sencilla? La ciudad de Aleppo al principio de noviembre quedó durante 15 días sin víveres y las rutas de acceso estaban cerradas. Las minas son otro de los legados de esta guerra. Antes de reabrir cualquier ruta de tránsito, es necesario quitar las minas. Un pueblo cercano a Homs fue puesto en la mira del Isis y hay casi tres mil personas desalojadas. La gente desea que la guerra termine y se hace muchas preguntas: “¿Quién proporciona armas a estas milicias crueles? ¿Por qué en lugar de alimentos sólo llegan municiones y artefactos bélicos?” Estas preguntas nos angustian, mientras que la oración se convierte en el bálsamo, nuestra roca. La comunidad cristiana trata de vivir en la normalidad. Se reúne en las celebraciones, trabaja en muchos proyectos de solidaridad, pero somos pocos. La gente se va de forma inexorable, abandona una tierra amada porque no se ven perspectivas de solución y aquí todo es carísimo, desde los medicamentos hasta la comida. Pero también aquél que se va, desea volver: está a salvo, pero no es la vida en Siria, no son las mismas relaciones, no son los mismos gustos, no existe la misma complicidad. Sin embargo no están divididos. Están esparcidos, continúan viviendo todos juntos por la misma paz». Fuente: Città Nuova