Movimiento de los Focolares

De un pesebre a la Cruz

Feb 17, 2018

Cuaresma: tiempo privilegiado para reflexionar. Un pensamiento del teólogo Klaus Hemmerle (1929-1994) sobre el camino terreno de Jesús que, tomando sobre sí los abismos del mundo, revela al ser humano la profundidad de su propia humanidad.

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Foto: Pixabay

Jesús es el pobre cuya vida tuvo inicio en un pesebre y terminó en una cruz –como hijo del carpintero, cuando dio inicio a su gran actividad pública, no tenía un lugar donde estar, ni donde apoyar la cabeza. Nada que comer. Su obra no actúa sobre el dolor ni sobre los abismos de las personas desde fuera, Él entra personalmente, lleva nuestros pesos, y los lleva hasta llegar al abandono y la muerte. No anula como un rayo el gran poder de sus enemigos, sino que se deja flagelar y escarnecer, y perdona a quien le hace daño. No trasforma las piedras en pan para saciar su hambre, pero suscita en nosotros el hambre de la Palabra de Dios, hambre de vida, de justicia, de verdad, mucho más grandes de lo que sacia y da bienestar en el momento. Cuando encuentra a los pequeños, a los pobres y a los que sufren, Jesús no pasa de largo porque tiene cosas más importantes que hacer que ayudarlos. El niño, el enfermo, el pecador, la madre adolorida cambian sus programas, le tocan el corazón. Jesús no tiene intereses ocultos, no tiene una personalidad oculta y misteriosa, él es totalmente franco y transparente. Quien lo ve a Él ve al Padre. Ante la culpa del mundo, ante nuestra miseria, Jesús no dice: “¡Pero mira!”; toma todo sobre sí, y así instaura la paz con su propia sangre. Jesús no se aleja de las contradicciones, sino que las lleva hasta las últimas consecuencias, y es el primero de la infinita cadena humana de perseguidos y desheredados. Éste es Jesús, y las personas que lo siguen experimentan ya desde ahora una libertad, una alegría, una profundidad en su propia humanidad que va más allá de cualquier cosa que hubiesen encontrado antes. (De una homilía del 11.1979)   Klaus Hemmerle – La luce dentro le cose – Città Nuova 1998 pp. 49-50

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