Movimiento de los Focolares

Evangelio vivido/1

Dic 4, 2013

Dos testimonios que nos recuerdan la Palabra de vida de diciembre que nos invita a crecer y a abandonarnos en el amor mutuo y en el amor hacia todos.

Providencia

Mi marido tiene una empresa de construcción y, luego de que los bancos cerraron las financiaciones, se quedó durante dos años  sin trabajo. Pasamos estrechez económica, cada vez mayor y tuvimos momentos de desaliento, sin embargo confiábamos en la providencia de Dios. Al principio del año escolar, las niñas necesitaban libros y no sabíamos cómo hacer para comprarlos. Una mañana llegó una amiga nuestra que nos dijo que había recibido un dinero que no esperaba recibir y que sabiendo el momento que estábamos atravesando, pensó que a nosotros nos vendría bien. Nos dijo «Me lo devolverán cuando puedan».

Hace un mes se abrió una línea de préstamos, pero igualmente la grave situación económica no nos permitía pagar con regularidad a los empleados. Un amigo nuestro, sin decirnos nada, habló con los empleados y les expuso el problema preguntándoles si estaban dispuestos a trabajar sin cobrar sueldo. Todos aceptaron. Se acercaba Navidad y a través de un familiar, nos pagaron un dinero que nos debían, completamente inesperado. Con gran alegría lo dividimos entre los empleados. Vimos que la providencia no nos abandonó. (E.M. – Italia)

La  lámpara

Siempre traté de tener una buena relación con mi suegra, una persona muy difícil. Mi marido me lo había dicho siempre, y si la relación con la madre era difícil para él, imaginemos cómo sería para mí. Quería ignorarla. Sin embargo no estaba tranquila. El Evangelio nos dice que hay que “amar a todos”, y en ese “todos” estaba comprendida también mi suegra. Entonces, la llamaba por teléfono para saber cómo estaba, la llevaba a pasear en el auto, la invitaba a almorzar a casa una vez por semana…

Poco a poco fueron cayendo las barreras y me convertí en su persona de confianza y acompañante cuando ella iba al médico. Ella me presentaba diciendo que yo era su Angel de la Guarda. Casi a los 80 años empezó a preocuparse por una vecina que estaba muy sola y que precisaba compañía. También empezó a hacer  tortas para la parroquia. Me decía: “Gracias a ti comprendí qué bien hace sentirse necesario.” Un día me confesó: “Amo mucho a esta lámpara porque me la dio mi abuelo. Es uno de los pocos recuerdos de familia. Cuando yo muera  quiero que esta lámpara sea para ti…” Ahora esa lámpara está en nuestra casa y nos recuerda que sólo queda el amor.” (I.B. – Suiza)

Fuente: El Evangelio del día, diciembre 2013.  Città Nuova Editrice.

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