Movimiento de los Focolares

Palabra de vida Agosto 2002

Jul 31, 2002

«Tranquilícense, soy yo; no teman» (Mt 14,27).

El lago de Tiberíades, llamado también “mar de Galilea”, tiene 21 kilómetros de largo y 12 de ancho. Cuando el viento baja impetuoso por el valle de la Bekaa llega a provocar miedo, incluso entre los pescadores acostumbrados a navegarlo. Pues bien, esa noche los discípulos sintieron realmente miedo: olas altas y viento contrario. A duras penas lograban dominar la barca.
Sucedió entonces algo inesperado. Jesús, que se había quedado en tierra, solo, para orar, apareció de improviso sobre las aguas. Ya excitados por las condiciones del mar, los discípulos comenzaron a gritar, espantados, creyendo ver un fantasma. Ese que veían delante de ellos no podía ser Jesús. Está escrito en el libro de Job que sólo Dios camina sobre las aguas (Cf Jb 9, 8). Pero Jesús les dice: “Tranquilícense, soy yo; no teman”. Sube a la barca y el mar se calma. Los discípulos no solamente recobran la paz, sino que por primera vez lo reconocen como “hijo de Dios”: “Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios” (Mt 14, 33).

«Tranquilícense, soy yo; no teman»

Esa barca agitada por el viento y sacudida por las olas se ha convertido en el símbolo de la Iglesia de todos los tiempos. Para todo cristiano que realiza la travesía de la vida, tarde o temprano llega el momento del temor. Imagino que tú también, alguna vez, te habrás encontrado con el corazón agitado por la tempestad; a lo mejor te has sentido arrastrado, por un viento contrario, en dirección opuesta a donde querías llegar; has tenido miedo de que tu vida o la de tu familia naufragara.
¿Quién puede estar exento de pruebas? A veces la prueba asume los rostros del fracaso, de la pobreza, de la depresión, de la duda, de la tentación… A veces lo que más daño nos hace es el dolor de quien tenemos al lado: un hijo drogadicto o incapaz de encontrar su camino, el marido alcohólico o sin trabajo, la separación o el divorcio de personas queridas, los padres ancianos y enfermos… Da miedo también la sociedad materialista e individualista que nos rodea, las guerras, las violencias, las injusticias… Ante estas situaciones también puede insinuarse la duda: ¿Adónde ha ido a parar el amor de Dios? ¿Ha sido todo una ilusión? ¿Es un fantasma?
No hay nada peor que sentirse solos en el momento de la prueba. Cuando no hay nadie con quien poder compartir el dolor, o que esté en condiciones de ayudarnos a resolver las situaciones difíciles, cualquier sufrimiento parece insoportable. Jesús lo sabe, por eso aparece sobre nuestro mar en tempestad, viene junto a nosotros y nos repite nuevamente:

«Tranquilícense, soy yo; no teman»

Soy yo, parece decirnos, en ese miedo tuyo: yo también, en la cruz, cuando grité mi abandono me sentí invadido por el temor de que el Padre me hubiera abandonado. Soy yo, en ese desaliento tuyo: en la cruz también yo tuve la impresión de que me faltaba el aliento del Padre. ¿Estás desorientado? Yo también lo estaba, a tal punto que grité “¿por qué?”. Yo, como y más que tú, me he sentido solo, inseguro, herido… Yo he sentido sobre mí el dolor de la maldad humana…
Jesús ha entrado verdaderamente en cada dolor, ha cargado con cada prueba nuestra, se ha identificado con cada uno de nosotros. El está bajo todo lo que nos hace daño, que nos da miedo. Bajo toda circunstancia dolorosa, temible, hay un rostro suyo. El es el Amor y es propio del amor despejar todo temor.
Cada vez que nos asalta una duda, que somos sofocados por un dolor, podemos reconocer la verdadera realidad que allí se esconde: es Jesús que se hace presente en nuestra vida, es uno de los tantos rostros con los cuales se manifiesta. Llamémoslo por su nombre: eres tú, Jesús abandonado-duda; eres tú, Jesús abandonado-traicionado; eres tú, Jesús abandonado-enfermo. Hagámoslo entonces subir a nuestra barca, démosle buena acogida, dejémoslo entrar en nuestra vida. Y luego sigamos viviendo lo que Dios quiere de nosotros, entregándonos a amar al prójimo. Descubriremos que Jesús es siempre Amor. Entonces podremos decirle, como los discípulos: “Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios”.
Abrazándolo, él se volverá nuestra paz, nuestro consuelo, valor, equilibrio, la salud, la victoria. Será la explicación de todo y la solución de todo.

Chiara Lubich

 

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