Movimiento de los Focolares

La enfermedad en comunión

Feb 19, 2026

Brian, un irlandés residente en Taiwán, de 62 años, casado, con dos hijas y profesor universitario, descubre de repente que padece una grave enfermedad que cambia toda su vida.

Tengo 62 años, soy irlandés y vivo en Taiwán desde hace muchos años. Padezco fibrosis pulmonar desde hace un tiempo, así que cuando empecé a sentirme más cansado, pensé que solo era un empeoramiento. Fui al médico casi sin darle importancia. En cambio, me dijeron, sin rodeos y sin preparación: cáncer en etapa 4, ya extendido al otro pulmón y quizás a otras partes.

Mi primera reacción fue llamar a mi esposa. Ella y mi hija, que vive con nosotros en Taiwán, estaban sentadas junto al teléfono en silencio. Mi otra hija está en Irlanda. En ese momento, no temí por mí: mis pensamientos se dirigieron de inmediato a ellas, al peso que esta noticia les impondría. Y con ello, un profundo arrepentimiento por todas las veces que no las había amado lo suficiente, por las heridas dejadas en el camino. Parecía demasiado tarde para enmendar el daño.

Un día, un sacerdote vino a celebrar misa en nuestra casa. Conozco el Movimiento de los Focolares desde los once años, y siempre he vivido la ofrenda de mí mismo a Dios durante la consagración. Pero esa vez entendí algo nuevo: podía poner en el cáliz, junto conmigo, a todas las personas a las que había hecho daño. Podía encomendárselas a Jesús para que sanara lo que yo ya no podía reparar. Fue un inmenso alivio. Desde entonces, una gran serenidad me acompaña.

Hace ocho años, a mi esposa le diagnosticaron cáncer de mama. Ya hemos pasado por momentos difíciles. Entonces, como ahora, elegimos confiar en el amor del Padre. Cuando rezo el Padrenuestro y digo: “Hágase tu voluntad”, siento que toda mi vida está custodiada en el cielo. El futuro no me pertenece: está en manos de Dios. Solo tengo que decir que sí.

A menudo recuerdo Loppiano, en Italia, donde de joven sentí una poderosa llamada a seguir a Jesús. Con el tiempo, comprendí que era una invitación a reconocerlo sobre todo en el dolor, en ese rostro que el carisma llama “Jesús Abandonado”. Incluso cuando mi esposa estaba enferma, ante la cruz comprendí que no basta con quedarse allí mirando: debemos subir con Él, entrar en su abandono y dejarnos guiar hacia el Padre. La casa está allí.

Antes de mi diagnóstico, tenía una vida plena: enseñaba en la universidad, orientaba a estudiantes y jóvenes, apoyaba a familias y participaba en la vida del Movimiento. Ahora todo se ha reducido. Estoy de baja y rara vez salgo para evitar el contagio. Pero está sucediendo algo sorprendente: la gente me está contactando. Me escriben desde todos los continentes, rezan por mí. Jóvenes de Taiwán han creado un grupo para rezar juntos cada semana. Pensé que había sembrado poco; ahora veo que el amor está volviendo multiplicado.

Cuando hablo abiertamente de mi enfermedad, muchos encuentran el valor para abrir sus heridas. Mi debilidad se convierte en un espacio de comunión. Es como si, elevado en la cruz, Cristo atrajera corazones hacia sí. Esta enfermedad, que humanamente es una condena, se revela como una oportunidad de aceptación.

Hay dolores que se pueden compartir con todos, y otros que solo se pueden decir a Dios, en un diálogo profundo con Él. Sé que llegarán momentos en que ni siquiera tendré la fuerza para ofrecer mi dolor. Por eso me preparo así: repitiendo mi sí: “No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42). Sé que no soy capaz de afrontar solo lo que viene. Pero también sé que no estaré solo.

En estos meses he aprendido que el amor no es propiedad de quienes conocen a Jesús o se llaman cristianos. En el hospital, los médicos y enfermeras que me atienden no comparten mi fe, pero aman con una delicadeza y un cuidado que me conmueven. He visto en sus gestos cotidianos — una llamada extra, una explicación paciente, una presencia discreta — que el amor es más grande que las etiquetas. Cuando miro el dolor con los ojos del amor, no se queda encerrado en el miedo: se transforma, convirtiéndose en un espacio de esperanza, algo misteriosamente positivo. Es como si cada acto de cuidado, incluso inconsciente, ya fuera un viaje hacia Dios, porque el amor, dondequiera que esté, siempre conduce a Él.

Y dentro de esta inmensa comunión — formada por familiares, amigos, estudiantes, jóvenes, médicos que aman sin quizá comprender del todo por qué — experimento que todo está custodiado en un plan para el bien. No tengo que controlarlo ni comprenderlo del todo: solo puedo habitarlo, día tras día, con gratitud.

Recogido por Carlos Mana

Foto © Engin Akyurt-Pexels

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