Movimiento de los Focolares
Nomadelfia y la ley de la fraternidad

Nomadelfia y la ley de la fraternidad

Copyright © 2018 Nomadelfia

Nomadelfia está ubicada entre las colinas de la zona de la “Mancha Mediterránea” en el sur de Toscana (Grosseto, Italia). En este lugar viven casi 300 personas que eligieron como “regla” la ley evangélica de la fraternidad. Lo explica bien su nombre, un neologismo nacido de la unión de los términos griegos nomos y adelphia, que significa “la fraternidad es ley”. «Nuestro deseo es mostrar que es posible vivir el Evangelio en forma social donándose enteramente a los demás, realizando así los principios de justicia y fraternidad que elegimos seguir, en un camino que consiste en compartir la fe y la vida» cuenta Francesco Matterazzo, actual presidente de la comunidad. La ciudadela está organizada en doce grupos familiares, compuestos por 25-30 personas. Sus bienes los ponen en común, no existe la propiedad privada, no circula el dinero, el trabajo se vive como un acto de amor al hermano y las familias están dispuestas a recibir como hijos a niños que se les confían. Para la Iglesia Católica, Nomadelfia es una parroquia formada por familias, laicos no casados y sacerdotes, que comparten una experiencia que recuerda la de las primeras comunidades de creyentes. Está muy cerca de la ciudad etrusca-romana de Roselle, antigua sede episcopal. Su origen, procede del norte de Italia, de la ciudad de Carpi.

Padre Zeno Saltini. Foto © 2018 Nomadelfia

Aquí, el Padre Zeno Saltini, alrededor de los años ’30, comenzó a recibir y a criar como hijos a niños abandonados, fundando la Obra “Piccoli Apostoli”. Rápidamente, fue seguido por otros sacerdotes y también por Irene, una joven estudiante que se ofreció para ser madre de esos niños. Con la aprobación del obispo, el padre Zeno le confió los más pequeños, abriendo un camino de consagración nuevo en la Iglesia, el de “mamás vocacionales”. Finalizando la guerra, muchas familias se unieron al Padre Zeno, dispuestas a recibir a los huérfanos de guerra y a ayudarlos a crecer como hijos propios. El 14 de febrero de 1948, toda la comunidad aprobó el texto de una Constitución, que fue firmada sobre el altar: así, la “Opera Piccoli Apostoli” se comenzó a llamar Nomadelfia. Después de una serie de trabajosas aventuras, los “nomadélficos” encontraron una casa adecuada para el desarrollo de la comunidad en la ciudad de Grosseto, en una finca donada por la hija de un conocido industrial italiano. “Hoy, nuestra misión no ha cambiado”, explica Francesco Matterazzo. «En un mundo que está cada vez más interconectado y desarrolla nuevos instrumentos para comunicar y unir, se viven también realidades que niegan la dignidad del otro, que levantan muros… por esto creo que la propuesta del camino de la fraternidad ¡tenga más que nunca sentido para el hombre!. Aquí en Nomadelfia, familias, sacerdotes y personas individuales pueden compartir una vida cotidiana más apropiada para el ser humano, con su natural aspiración a los valores superiores como el amor, la amistad, la oración y la contemplación; y socialmente más rica, por la variedad de experiencias y edades que recibe»
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©CSC Audiovisivi

Es una comunidad abierta al mundo, dispuesta a compartir el camino con otros carismas, como lo testimonia la experiencia que están realizando con el Movimiento de los Focolares: «Yo espero – continúa- que el camino que estamos recorriendo juntos, no sólo por la común espera del Papa Francisco, y que tiene como etapa también la participación de nuestros jóvenes en el Genfest del 1º de mayo en Loppiano y el trabajo común por el proyecto de una “Prophetic Economy”, pueda ser un testimonio también para la Iglesia. El Señor ha sembrado muchas flores en esta pradera, que es el mundo, muchos carismasy creo que deberíamos buscar todos los modos para colaborar, porque esto enriquece el don que cada uno de nosotros es para la humanidad». Subrayando las palabras de Materazzo, el domingo 22 de abril, una vivaz delegación de “nomadélficos” constituida por los responsables de la ciudadela, adultos y numeros niños, visitaron el Centro del Movimiento de los Focolares. Algunas horas transcurridas juntos bajo la consigna de la alegría y de un clima de familia.

Jornada Mundial de la Tierra

Todos los años se celebra, el día después del equinoccio de primavera, el Earth Day (Día de la Tierra), la más grande manifestación ambiental del planeta, promovida por las Naciones Unidas, para promover la protección de la Tierra. La idea de la creación de un “jornada por la Tierra” se presentó por primera vez en 1962, y tomó forma definitivamente en 1969, después del desastre ambiental causado por el derrame de petróleo de un pozo situado en el lago de Santa Bárbara, en California. En las últimas ediciones, la Jornada ha involucrado hasta a un billón de personas en 192 países del mundo, convirtiéndose en un acontecimiento educativo e informativo de dimensiones planetarias sobre temas como la contaminación, la desertificación, la destrucción de los ecosistemas y el agotamiento de los recursos no renovables. Pero también de la responsabilidad individual por un consumo sostenible, basado en el cuidado de la “Casa común” de todos los seres humanos.

Jornada mundial de las vocaciones

«No estamos sumergidos en la casualidad, ni somos arrastrados por una serie de eventos desordenados. Nuestra vida y nuestra presencia en el mundo son fruto de una vocación divina». El Papa Francisco lo recuerda con estas palabras, en el mensaje dirigido en especial a los jóvenes en ocasión de la 55ª Jornada mundial de oración por las vocaciones. El mensaje está programado para el 22 de abril y está centrado en el tema: “Escuchar, discernir, vivir el llamado del Señor”. La relación entre los jóvenes, la fe y la vocación estará en el centro del próximo sínodo de octubre. «En esa ocasión –observa el Papa- tendremos la posibilidad de profundizar que, en el centro de nuestra vida, existe el llamado que Dios nos dirige, de vivir la alegría. Los jóvenes y los chicos de los Focolares recuerdan las palabras de Chiara Lubich, dirigidas a ellos mismos en 1998: «Dios llama de formas distintas y variadas. Llama a muchos con funciones y misiones particulares. Por ejemplo llama a los jóvenes a la sublime vocación del sacerdocio, a ser otros Cristo. Llama a hombres y mujeres en variadísimos canteros del jardín de la Iglesia, que son las familias religiosas. Llama a hombres y mujeres en los modernos movimientos eclesiales para donarse a Dios individual y comunitariamente. O a formar una familia, modelo de muchas otras pequeñas iglesias. Recuerden: Él llama a cualquier edad. Llama también a los chicos, a los niños. Llama desde todos los puntos de la tierra».

Chiara Lubich: “Que vuelva la paz”

Chiara Lubich: “Que vuelva la paz”

«Para que vuelva la paz, no dejemos de rezar. En este momento, además, todos debemos sentirnos llamados a seguir con decisión una línea de vida que corrija, al menos dentro de nosotros (pero por la comunión de los santos, en muchos), el error que se ha cometido. Los hombres no han hecho la voluntad de Dios, del Dios de la paz, han hecho la propia. Debemos imponernos, como nunca lo hemos hecho, para cumplir perfectamente su voluntad. “No se haga mi voluntad, sino la tuya”. Estas palabras de Jesús deben asumir para nosotros, hoy, una importancia muy particular. Frente a éstas, cualquier otra cosa debe ser secundaria. No tiene que importarnos tanto en nuestra vida, por ejemplo, estar sanos o enfermos, estudiar o servir, dormir o rezar, vivir o morir. Lo importante es que hagamos nuestra su voluntad, que seamos su voluntad viva. Así vivíamos en los primeros tiempos de nuestro Movimiento cuando, en medio de una guerra, el Espíritu apenas nos había iluminado acerca del valor de las cosas. Frente al derrumbe provocado por el odio, Dios se había revelado como el único ideal que no muere, que ninguna bomba puede derribar. Dios Amor. Este gran descubrimiento era una bomba espiritual de tal magnitud, que nos hizo olvidar literalmente todas las que caían alrededor. Descubríamos que más allá de todo y de todos, está Dios que es Amor, está su providencia que, para aquellos que lo aman, hace que todo coopere al bien. Descubríamos la huella de su amor en todas las circunstancias, también bajo los azotes del dolor. Él nos amaba inmensamente. Y nosotros ¿cómo corresponder a su amor? “No quien dice Señor, Señor, sino quien hace mi voluntad, ése me ama”. Podíamos, por tanto, amarlo haciendo su voluntad. Viviendo así nos habituamos a escuchar con creciente atención “la voz” dentro de nosotros, la voz de la conciencia que nos subrayaba la voluntad de Dios expresada de las más diferentes maneras: a través de su Palabra, de los deberes del propio estado, de las circunstancias, las inspiraciones. Teníamos la certeza de que Dios habría llevado nuestra vida hacia una divina aventura, antes desconocida para nosotros, donde, espectadores y actores al mismo tiempo de su designio de amor, dábamos la contribución, momento tras momento, de nuestra libre voluntad. Poco después nos hizo entrever destellos sobre nuestro futuro, haciéndonos captar con seguridad el fin para el cual el Movimiento estaba naciendo: realizar la oración del testamento de Jesús: «Padre, que todos sean uno», contribuir a la realización de un mundo más unido. También ahora podemos vivir de este modo. ¿Hemos tenido un brusco y doloroso cambio de vida? […] ¿Vivimos momentos de miedo, de angustia, de duda incluso de que nos quiten la vida? O ¿llevamos la vida de siempre, con nuestras tareas de cada día, lejos todavía del peligro? Valga para todos lo que más vale: no esto o aquello, sino la voluntad de Dios: ponernos a la “escucha”, ponerla en el primer lugar en nuestro corazón, en la memoria, en la mente; poner, antes que cualquier otra cosa, todas nuestras fuerzas a su servicio. […] De este modo, Cristo permanecerá en nuestro corazón y así, estaremos todos más compactos, más unidos, seremos más “uno”, compartiendo cada cosa, rezando con eficacia los unos por los otros y para que vuelva la paz». Fuente: Città Nuova n. 4/1991. Artículo recogido después en: Chiara Lubich, Attualità. Leggere il proprio tempo, Città Nuova, pág. 85-87, 2013.

Diálogo y unidad de los cristianos

Diálogo y unidad de los cristianos

Jesús Morán. Foto © 2018 Consejo Ecuménico de las Iglesias

«Con el progreso de los medios de transporte y de las técnicas de información, el universo se ha reducido bruscamente; las distancias dejaron de ser un obstáculo para que los hombres más diversos se vincularan». Sin embargo, esta multiplicidad de relaciones « la mayoría de las veces desemboca en una multiplicación de barreras e incomprensiones». Jesús Morán en su intervención en Ginebra (Suiza), comenzó citando estas palabras del antropólogo francés Roger Bastide, quien vivió en el siglo pasado. Morán considera que el “diálogo” es la característica emergente de nuestro tiempo, a pesar de que todavía no se ha realizado completamente. «La humanidad está más preparada que nunca para ser sí misma, sin embargo se ve obligada a reconocer su incapacidad de responder a su vocación». El contexto en el que presentó su intervención fue un encuentro convocado para recordar la rica colaboración y amistad entre el Movimiento de los Focolares y Chiara Lubich y el Consejo Ecuménico de las Iglesias. Este organismo, constituido en 1948, ha hecho del diálogo el instrumento principal de una eficaz búsqueda de unidad entre las Iglesias cristianas. El diálogo – sostiene el copresidente de los Focolares- está en la raíz de la naturaleza humana y podemos encontrar sus “fuentes” en todas las culturas, tanto en la occidental como en la oriental. Para los cristianos, es el mismo Jesús la “llave” del diálogo: el amor recíproco, el perder la propia vida por amor hasta el abandono. «¿Cuáles son los pilares de una cultura del diálogo? –se pregunta Morán-. El primero es que el diálogo está inscripto en la naturaleza del hombre. El hombre se hace más hombre en el diálogo». El segundo es que «en el diálogo cada hombre se completa a sí mismo con el don del otro. Tenemos necesidad unos de otros para poder ser nosotros mismos. En el diálogo yo le regalo al otro mi alteridad, mi diversidad». Además, «cada diálogo es siempre un encuentro personal, por lo tanto, no se trata de palabras o de pensamientos, sino de donar nuestro ser. El diálogo no es una simple conversación, ni una discusión, sino que es algo que toca lo más profundo de los interlocutores». Más aún, «el diálogo exige silencio y escucha» y «es algo existencial, porque nos arriesgamos a nosotros mismos, comprometemos nuestra visión de las cosas, nuestra “identidad” cultural, eclesial, que no se pierde sino que se ve enriquecida gracias a su apertura». «El diálogo auténtico está relacionado con la verdad, es siempre una profundización de la verdad. […] Cada uno participa y pone en común con los demás su propia participación de la verdad, que es una para todos». «El diálogo – continúa Morán- exige una fuerte voluntad. Como dice Chiara Lubich, “el hacerse uno profundamente”. Sabemos que el modelo sublime e inefable de esta dinámica de amor es Jesús Abandonado. Él representa verdaderamente el riesgo de la alteridad que conduce a la reciprocidad. […]. Su “perder” ganó para nosotros y en nosotros un espacio perenne de Luz y Verdad: el Espíritu Santo». Finalmente, «el diálogo es posible sólo entre personas verdaderas» basadas en una ley, «la de la reciprocidad, en la cual encuentra sentido y legitimidad». Después, Jesús Morán delineó un aspecto ulterior, que pone en evidencia el típico aporte de los Focolares a la causa de la unidad de los cristianos: el “diálogo de la vida”. Éste lleva a «vivir relaciones basadas en el Evangelio, en el intercambio de experiencias, sobre lo más precioso que se puede compartir con el hermano y la hermana de otra Iglesia». Citando las palabras del Card. Walter Kasper, Obispo y Teólogo católico, presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos -“El ecumenismo del amor y el ecumenismo de la verdad, que siguen manteniendo toda su importancia, deben ser realizados a través de un ecumenismo de la vida”- Morán observa que «es necesario convencerse de que esta dimensión vital del diálogo no está ausente del pensamiento teológico, sino que es el primer nivel y el más radical, y es a partir de allí, sólo a partir de allí, que se puede acceder, en un segundo momento y con verdadero provecho, al nivel de la razón teológica». «El diálogo – concluye Morán- es el ritmo de las relaciones trinitarias. Entre Ellas existe un continuo intercambio de roles y de dones. […]. Nada se pierde. En el riesgo del diálogo colocamos todo de nosotros mismos y todo del otro, en el espacio trascendente del Espíritu que nos mancomuna, y por lo tanto está toda la humanidad. El que dialoga construye la historia». Foto gallery: https://oikoumene.photoshelter.com/galleries