20 Mar 2016 | Sin categorizar
«El deseo que nos anima no es el de recordar sino el de releer juntos, después de 20 años, los contenidos y el método que Chiara Lubich expuso en la UNESCO el 17 de diciembre de 1996, sobre un objetivo más que importante en este momento para las relaciones internacionales: la educación a la paz. En aquella ocasión, la UNESCO concedió a la fundadora del Movimiento de los Focolares el premio especial pensado para cuantos contribuyen con su obra a crear caminos y condiciones para que la paz sea algo real.». Lo recuerda la presidente de los Focolares, Maria Voce, en su intervención del pasado 12 de marzo en Castel Gandolfo, durante la tarde dedicada a Chiara Lubich y la paz, en presencia de embajadores, representantes del mundo de la cultura y del mundo ecuménico. «Mirando la realidad de hoy, aquel episodio parece tener una gran actualidad: ¿Qué hay más importante que la educación para alcanzar tal objetivo? La actualidad dominante, la que cotidianamente se impone ante nuestros ojos, nos ofrece imágenes de una paz violada, a menudo ironizada. Parece casi que, desde la realidad de los individuos hasta la dimensión internacional, el “vivir en paz” no pertenezca a las generaciones del Tercer Milenio. Y sin embargo, ¿cuántas veces invocamos la paz o tratamos de reanudar el hilo roto en las relaciones entre las personas, entre los pueblos, entre los Estados? No podemos negar que logramos más fácilmente erigir barreras, pensando quizás que puedan defendernos, que actuar para construir la unidad en las relaciones, entre las ideas, en la política, en la economía, entre posiciones religiosas. Y la paz se escapa, se aleja. En la sede de la UNESCO, Chiara Lubich ofrecía un método de educación a la paz: la espiritualidad de la unidad, que es un nuevo estilo de vida capaz de superar las divisiones entre las personas, entre las comunidades, entre los pueblos y por ello, capaz de contribuir a reencontrar o a consolidar la paz.
Esta espiritualidad la viven personas provenientes de diferentes experiencias y condiciones: cristianos de distintas Iglesias, creyentes de distintas Religiones y personas de culturas diferentes. Todos ellos animados por el deseo de hacer de la humanidad una sola familia, conscientes de deber afrontar problemas y situaciones que se presentan cotidianamente a todos los niveles y en todos los campos, tendiendo a ser, al menos, allí donde se encuentran – cito a Chiara – gérmenes de un pueblo nuevo, de un mundo de paz, más solidario sobre todo con los más pequeños, los más pobres; de un mundo más unido» (Discurso de Chiara Lubich en la UNESCO, 17.12.1996), en el que sea posible no sólo llamarse hermanos sino serlo. Si éste es el método, ¿cuál es el «secreto de su éxito»? Es un secreto que Chiara define como el arte de amar, es decir «ser los primeros en amar, sin esperar que se nos ame. Significa saber «hacerse uno» con los demás, es decir, hacer nuestros sus pesos, sus pensamientos, sus sufrimientos, sus alegrías. Pero, si este amor al otro lo viven más personas, se hace recíproco» (Ibid.). Reciprocidad, palabra que tiene mucho peso en las relaciones internacionales, pero, a menudo, limitada a garantizar la tregua en los conflictos, no a prevenirlos o a resolverlos. Quien tiene responsabilidad y funciones relevantes en la convivencia internacional sabe bien qué difícil es la tratativa, cuántos obstáculos se encuentran para llegar a acuerdos que satisfagan a todas las partes. Hacer del amor un instrumento de negociación, respecto al gran objetivo de la paz, serviría para sentirse parte de la misma familia, para vivir esa dimensión auténtica de la fraternidad no restringiéndola sólo a la coexistencia o a la forzada cohabitación, sino abriéndola a las exigencias de los más débiles, de los últimos, de quienes están excluidos por la dinámica política o por una economía que tiene como única ley la ganancia. Amar, por tanto, es actuar para el otro y con el otro; es contribuir a superar las barreras puestas por intereses contrapuestos, por el deseo de manifestar la potencia, por la desigualdad en los niveles de desarrollo y la falta de acceso al mercado o a la tecnología». Al hablar de educación a la paz nos encontramos frente al gran desafío de concertar un método, el de la unidad fruto del amor recíproco, con la fragmentación que envuelve ya todos los ámbitos de nuestra cotidianidad. Chiara Lubich era consciente de esto y por eso ofreció a los Representantes de los Estados miembros de la UNESCO casi una clave, una buena práctica según el lenguaje usado en las relaciones internacionales. De hecho dijo: «No se hace nada bueno, útil, fecundo en el mundo sin conocer, sin saber aceptar la fatiga, el sufrimiento, en una palabra, sin la cruz» (Ibid.). El compromiso por la paz es difícil de realizar si no se está dispuesto a perder las certezas y las comodidades, aventurándose hacia nuevos caminos, inexplorados; siendo creativos sin improvisar; escuchando la voz de los que piden un futuro de paz e individuando dónde emergen las posibilidades para realizarlo. […] Han pasado veinte años desde que Chiara en la UNESCO indicó el amor como «la más potente arma para donar a la humanidad su dignidad más alta: la de sentirse no tanto un conjunto de pueblos, uno al lado del otro, a menudo en lucha entre ellos, sino un solo pueblo» (Ibid.). También hoy, a pesar de afrontar múltiples y recurrentes dificultades, es éste el Ideal que queremos realizar con la colaboración de todos».
19 Mar 2016 | Focolare Worldwide, Senza categoria
«En este Venezuela fragmentado y dividido, queremos vivir el Evangelio con radicalidad, allí donde cada uno desempeña su trabajo o estudia, para construir puentes de unidad y de paz. En el Consejo Municipal, por ejemplo, hay tres personas que viven la espiritualidad de la unidad, uno del partido de Gobierno y dos de la oposición, sin embargo se respetan y se ayudan». Quien habla es Ofelia, de la comunidad de los Focolares de un barrio marginado de la ciudad de Valencia, llamado Colinas de Guacamaya. «Una amiga me pidió que la acompañara al médico – cuenta –. Empezó el largo trámite para recibir las medicinas: en la farmacia nos encontramos a un anciano en búsqueda de su tratamiento para la diabetes, a un señor que pedía una pastilla para el dolor de cabeza, a un chico que necesitaba de paracetamol. Sólo un comprimido, pero el dinero que tenía no era suficiente». Ofelia, en el auto, tenía una bolsa que lleva siempre consigo, llena de medicinas que le llegan de la «Providencia de Dios», como ella misma cuenta, y pudo ofrecerlas gratuitamente a cada uno. Miradas incrédulas y gratitud. Betty y Orlando tienen 4 hijos y se trasladaron al Centro Mariápolis “La Nubecita”, en la localidad Junquito, en los alrededores de Caracas. «Para servir a quienes lo necesitan – cuenta Betty –, organizamos la pastoral social con algunas personas de la comunidad. Queríamos responder a las necesidades de alimentación, vestuario y vivienda de algunas familias de la parroquia. Así, con la ayuda del Consejo Municipal, logramos construir una casa digna para un anciano que vivía en la indigencia». «La actual crisis social, con los altos índices de inseguridad que registra el país, nos ha abierto aún más a las necesidades de las familias de nuestra comunidad que viven en el terror de perder incluso la vida. Cuando nos enteramos de que el papá de un chico estaba en graves condiciones, porque le habían disparado, fuimos en seguida al hospital. Estaba internado en cuidados intensivos y falleció pocos días después. Ahora, a través de atenciones, cuidados y protección, seguimos dando nuestro amor concreto a madre e hijo, a quienes recibimos en nuestra casa».
«Por pedido del párroco – nos cuenta María Carolina de la Comunidad del Junquito –, fuimos a un sector rural donde se puede llegar sólo en jeep. Ahí nos esperaba la comunidad de La Florida, que tiene muchas carencias materiales, incluso, hasta hace pocos meses, les faltaba la corriente eléctrica. Una comunidad de personas sacrificadas, dedicadas a la agricultura, que recorren kilómetros a pie para ir a la Misa, una vez al mes. Fue una experiencia que nos involucró a todos y se activó una comunión de bienes. De muchas partes llegaron vestidos, medicinas, juguetes, zapatos, comida… Con camionetas cargadas de cosas, pero sobre todo de esperanza, llevamos nuestro amor a esta comunidad. Aunque no faltaban las dificultades, cuando nos vieron llegar salieron de sus casas, los niños corrían, había aplausos, ¡en seguida se sintió un clima de familia!». La comunidad de Puerto Ayacucho, en el Estado Amazonas, ubicada en una zona de frontera, está habitada por comunidades indígenas. Son graves las problemáticas que la afectan: la presencia de la guerrilla, la explotación de minas de oro, el alto índice de madres solteras. Recién vivieron una experiencia muy fuerte con la muerte de Felipe, un chico de los Focolares asesinado a tiros hace dos meses. Es algo muy frecuente en Venezuela, sobre todo en esta región. Murió para salvarle la vida a su hermano, buscado por la guerrilla. Juan, su entrañable amigo, nos cuenta que «Felipe había fijado una cita para inscribirse en el catecismo, pero nos dejó el día anterior… Juntos habíamos hecho muchos programas para el futuro». La muerte de Felipe dejó una huella en esta comunidad: un compromiso nuevo para vivir por la construcción de la paz, para dar nuevos horizontes y esperanza sobre todo a los jóvenes.
18 Mar 2016 | Focolare Worldwide
Desde hace meses el flujo de refugiados no se detiene: viven en un estado de emergencia en las islas de Lesbos, Kos, en Atenas y en Idomeni. Son numerosas las asociaciones laicas o religiosas –ortodoxas, católicas, protestantes- y las ONG que no cesan de estar presentes para socorrer y aliviar los grandes sufrimientos de estas personas. La comunidad del Movimiento de los Focolares, aunque es pequeña, tanto en Atenas como en Salónica (Grecia),, ha abierto los brazos y el corazón, colaborando con varias asociaciones, entre las cuales la Cáritas, la Comunidad Papa Juan XXIII y otras. «Especialmente en Atenas –escriben- fuimos a varios campos de refugiados que se abren y se cierran según es el flujo migratorio. Hemos involucrado a colegas y amigos en la recolección de comida e indumentaria para llevar a los varios centros de acogida. Desde Salónica todas las semanas, varias personas de la comunidad de los Focolares van a la frontera con Macedonia para llevar socorro y ayudas urgentes, con la colaboración de Cáritas».
«Fui con algunos amigos y colegas de trabajo a un campo donde todos los días llegan entre 500 y 1000 personas –escribe Mariangela, del focolar de Atenas-. Ayudamos en la distribución de las comidas, en la selección y clasificación de las cosas, jugamos con muchos niños. Dan ganas de decirles alguna palabra para compartir sus pesos, pero a veces el idioma nos lo impide. No nos queda más que comunicarnos con la sonrisa, con una caricia, con gestos concretos. Al final sentimos que algo pasa. Todo paree poco en este mar de desesperación, pero intentamos dar al menos una gota de amor». Maristella Tsamatropoulou, trabaja en el equipo nacional de Cáritas Griega: «La actual emergencia de los refugiados no hace más que ampliar el panorama de ayudas que la Cáritas ya había activado para aliviar la crisis socio-económica griega». Se trata, explica «de ayuda humanitaria que se distribuye a través de comidas, artículos de primera necesidad tanto en las islas como en donde los asentamientos lo requieren… Pero nos encargamos también del hospedaje en albergues, donde es muy importante también la presencia de animadores para los niños, de psicólogos y el ofrecimiento de la posibilidad para asearse. Los programas estructurados y apoyados financiariamente por el exterior no podrían concretarse sin la cadena de solidaridad de los voluntarios que participan en primera fila o en la retaguardia (sensibilizando y recogiendo lo necesario)».
En la isla de Siros, en una cafetería los propietarios involucraron a los clientes en actividades de solidaridad, recogiendo medicinas, comida, ropa y en la iniciativa “un café pendiente…” con la que se puede dejar un café pagado para quien no puede. ¡Para Navidad llegaron a 235! Siguiendo el ejemplo, algunos panaderos han lanzado la idea de “un pan pendiente…”. «Estamos impresionado por la generosidad y la solidaridad de la gente» – escriben todavía de la comunidad de los Focolares- «el pueblo griego, a pesar de la grave crisis que vive, está sacando todo su potencial de fraternidad, hacia los más pobres, encontrando energías inesperadas y creatividad para aliviar a muchas personas. ¡Es una verdadera lección de humanidad!».
18 Mar 2016 | Focolare Worldwide
Los miles de refugiados que están esperando poder pasar la frontera entre Grecia y Macedonia, viven en tiendas de campaña en medio del fango. El “milagro” es llegar a Europa. Dolores Poletto es croata, hace sólo dos semanas trabaja en la Cáritas de Macedonia y vive en la comunidad del Movimiento de los Focolares de la ciudad de Skopie (capital de Macedonia). Es ella quien cuenta lo que ha visto con sus ojos, a lo largo de la frontera: «Fui al campo de refugiados de Gevgelija (Macedonia) con los colegas de Cáritas. Era una visita informal. Del otro lado de la señal fronteriza se ve una marea de gente. Cruzamos la frontera oficial de Grecia a Idomeni». Fronteras cerradas. La situación humanitaria que los refugiados están viviendo en Grecia, Macedonia y Serbia es el resultado de la clausura de de las fronteras de los países que se encuentran a lo largo de la ruta balcánica. Desde el miércoles 9 de marzo las autoridades eslovenas cerraron las fronteras. También Croacia anunció el cierre de los confines y enseguida después las autoridades de Serbia. Según los últimos datos –pero los números son siempre aproximados- en la frontera de Macedonia se encuentran actualmente alrededor de 14 mil refugiados. En Grecia son más de 34 mil. En Idomeni hay una especie de embudo. Se está repitiendo lo que desde hace meses se está viviendo en Calais, en la frontera francesa hacia el canal de la Mancha. Los emigrantes llegan, después de haber atravesado Grecia y el Mar Egeo en una barca. «Es una multitud de gente –cuenta Dolores-. Llegan en las condiciones más precarias… Están en la frontera por donde antes se pasaba a Macedonia. La gente quiere estar lo más cerca posible, por eso las tiendas están montadas al lado de la línea del ferrocarril». A la lluvia se le agrega el frío. «Si hay buen tiempo, de día la temperatura puede llegar a 18 grados, pero de noche baja a 2-3 grados». Las condiciones de vida en el campo se deterioran día tras día. Al frío, hay que sumar la escasez de alimentos y las insostenibles condiciones higiénico-sanitarias. «Muchos hacen fila para recibir la comida», sigue contando Dolores. «Es difícil describir el estado psicológico en el que se encuentran. Muchos dicen que vienen de Siria. Todos quisieran ir a Alemania, Austria. La única pregunta que nos hacen es: cuándo abre la frontera». Están dispuestos a todo con tal de llegar a la meta, incluso a costa de la vida. «¿Sabes? precisamente ahora escuché la noticia –dice Dolores- que hay tres muertos ahogados en el río entre Macedonia y Grecia cuando trataban de pasar ilegalmente. Es una tristeza». Cáritas está presente desde el inicio de la crisis, como muchas ONG. «Están esperando, esperan poder pasar la frontera –explica Dolores- por eso, no quieren ir a campos más apropiados. Es difícil ayudarlos». Está la policía fronteriza que vigila para que no pase ninguno, según los acuerdos tomados con Europa. Delante de este “impasse”, «sientes la impotencia de no poder hacer nada». Dolores quedó profundamente impresionada por esta experiencia en la frontera. «Se puede estar con ellos en la cruz, no logro olvidar esas imágenes. Hay muchísimos periodistas. Hablé con algunos de ellos y regresando a casa vi los servicios noticiosos que hicieron. Me decía que si los hubiese visto sin haber visitado ese lugar, habrían sido una de las muchas noticias que pasan todos los días, pero habiendo palpado esta realidad, siento que se trata de una herida de la humanidad». Fuente: SIR
17 Mar 2016 | Focolare Worldwide, Senza categoria
«Comencé dando una mano – cuenta Annette, focolarina alemana – en el mes de diciembre de 2014. El frío ya llegaba y era urgente conseguir frazadas. Tratando de saber qué era mejor hacer, alguien de RomAmoR ONLUS me propuso: “Más que las frazadas, sería mejor que tú vinieras a darnos una mano para estar con ellos”. La semana siguiente ya estaba en la estación Ostiense. Fue una emoción muy fuerte. Acercándome a esas personas descubría, que, paradójicamente, ¡eran ellos los que me recibían! Me daba cuenta de que no se trataba un grupo social incómodo que era mejor evitar, sino de personas que deseaban relacionarse, capaces de dar ellas mismas calor humano. Después de un poco de tiempo llegaron los voluntarios con la cena caliente y la estación dejó de ser un lugar anónimo, frío y gris, y se convirtió en un lugar cálido». Desde ese lunes la vida de Annette cambió. Las primeras noches no lograba dormirse pensando en Giovanni, Stefan, Mohamed que no tenían una cama caliente como la suya. Comenzó a revisar su armario, viendo si había todavía algo para compartir, a pesar de que en el focolar se trata de vivir con solo lo necesario. Pero sobre todo continuó yendo a la estación todos los lunes. Una noche, consultando el cuaderno donde se anotan las necesidades de los sin techo, vio que necesitaban zapatos de hombre. En la casa no tenía. Pero se acordó de la experiencia de Chiara Lubich durante la guerra que le pedía a Jesús, presente en los pobres que precisaban algo. «Así hice también yo y en el plazo de dos semanas – cuenta Annette- ¡me llegaron 10 pares!»

Foto © Dino Impagliazzo
Con la llegada del otoño se repitió la necesidad de frazadas. Dos amigas de Roma que en el mes de noviembre festejaban su cumpleaños pensaron pedir como regalo: “frazadas”. Llegaron bastantes, pero no alcanzaban. No pudiendo dar las de casa (ya que tenían sólo las estrictamente necesarias), Annette se las pidió nuevamente a Jesús, de modo que El pudiese calentarse en esos pobres. «En pocos días – cuenta sorprendida- de un Centro de estudiantes de Teología que se estaba mudando nos llegaron 4 grandes bolsas que tenían dentro 30 frazadas y una decena de colchonetas de campamento. Sin contar las frazadas que recibieron otros voluntarios». El compartir se difunde como una mancha de aceite. El vecino de una colega, que había perdido la confianza en las actividades de solidaridad, donó mucha ropa abrigada e involucró en esta acción también a un amigo. «Pero más fuerte aún que estas intervenciones de la Providencia- confiesa Annette- es la experiencia que hacemos. Es gente que no tiene nada para comer, que no tiene un techo, pero que poco a poco adquiere dignidad, ya sea porque se viste mejor y están limpios, ya sea porque juntos vivimos relaciones de fraternidad. Cada vez que los veo trato de recibirlos de verdad, disponiéndome a ser un pequeño instrumento del amor de Dios. Y ellos me dan la oportunidad de testimoniar el Evangelio “por la calle”, compartiendo las ideas y las opiniones más variadas con personas de todo el mundo. En esta reciprocidad, la realidad cambia, la ciudad cambia su rostro y el amor se puede palpar…. incluso sólo con una cena caliente. En Navidad tuvimos un regalo especial: dos amigos de la estación vinieron a festejarlo con nosotros al focolar, con gran alegría de parte de todos».