El arte de dar
http://vimeo.com/114960591
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«Hoy, como resultado de un desarrollo positivo de la conciencia de la humanidad, la esclavitud, crimen de lesa humanidad, está oficialmente abolida en el mundo. El derecho de toda persona a no ser sometida a esclavitud ni a servidumbre está reconocido en el derecho internacional como norma inderogable.
Sin embargo, a pesar de que la comunidad internacional ha adoptado diversos acuerdos para poner fin a la esclavitud en todas sus formas, y ha dispuesto varias estrategias para combatir este fenómeno, todavía hay millones de personas –niños, hombres y mujeres de todas las edades– privados de su libertad y obligados a vivir en condiciones similares a la esclavitud» escribe el papa Francisco en su mensaje para la Jornada mundial de la Paz, que se celebra el 1° de enero, fiesta de la familia.
Y mientras el Papa escribe, piensa en «tantos trabajadores y trabajadoras, incluso menores, oprimidos de manera formal o informal en todos los sectores». Y piensa también «en las condiciones de vida de muchos emigrantes que, en su dramático viaje, sufren el hambre, se ven privados de la libertad, despojados de sus bienes o de los que se abusa física y sexualmente. En aquéllos que, una vez llegados a su destino después de un viaje durísimo y con miedo e inseguridad, son detenidos en condiciones a veces inhumanas».
Mohamed proviene de Mali y sobrevivió a un naufragio en el mar y a una vida de pobreza y sufrimientos. Hoy, desea sólo agradecer. Quien nos cuenta su historia, a través de las páginas de Cittá Nuova, es Flavia Cerino, abogada. «Mohamed tenía poco más de 15 años cuando decidió partir: Luego de un largo viaje por el desierto, de Libia (prisiones y abusos) y por fin llegó a Italia. Mare Nostrum lo salvó del naufragio pero apenas desembarcó lo esposaron: los compañeros de viaje lo denunciaron como parte del grupo de traficantes de seres humanos que habían organizado la travesía, aunque realmente él no tenía nada que ver con estas personas. Efectivamente había repartido algo para comer y beber en el barco, pero si no lo hubiera hecho, los traficantes, los de verdad, lo hubieran tirado al mar.
Como era sólo un chico, no lo metieron en una verdadera cárcel. Esperó el juicio en el que se debería confirmar la condena, en un espacio triste y angosto en el palacio del Tribunal de la gran ciudad, pero muchas personas se ocuparon de él. Los policías eran amables y las trabajadoras sociales se interesaron por su vida, su salud y su familia. Hacía meses que nadie lo trataba con tanta atención. Estaba acostumbrado a recibir órdenes, no a contestar preguntas. Además, uno de los policías hablaba francés y él pudo explicar bien cómo se dieron los hechos». La audiencia para la confirmación de la condena concluyó bien: no fue a la cárcel, sino a una comunidad.
«No era libre, pero sin duda estaba mejor que en la cárcel. El lugar era bonito y estaba ubicado en una pequeña ciudad soleada aún más al sur. Mohamed se ganó la estima y el amor: estando dispuesto a realizar los trabajos domésticos, a aprender nuevas palabras de italiano, ama el fútbol pero también el silencio y la soledad.
Muchos meses después llegó el momento de presentarse ante el Juzgado. Esto significaba volver a su pasado, a las cosas feas que había vivido y que quería olvidar. A pesar del tiempo transcurrido, los recuerdos estaban todos allí, también los hermosos. De esta forma, una vez terminada la audiencia, hizo un único pedido: volver al último piso, a aquellas habitaciones angostas, para decir sólo “gracias” a ese policía que habla francés y a aquellas señoras tan amables. Nunca las olvidará. Lamentablemente ninguno de los que él conoció estaba en servicio. Pero ese “gracias” se los trasmitirían los colegas. Realmente fue un evento poco común».
«Sabemos que Dios nos preguntará a cada uno de nosotros: ¿Qué has hecho con tu hermano?» – concluye el papa Francisco. «La globalización de la indiferencia, que ahora afecta a la vida de tantos hermanos y hermanas, nos pide que seamos artífices de una globalización de la solidaridad y de la fraternidad, que les dé esperanza y los haga reanudar con ánimo el camino, a través de los problemas de nuestro tiempo y las nuevas perspectivas que trae consigo, y que Dios pone en nuestras manos».

«Un alma enamorada». Enzo, «estaba constantemente ante la presencia de Dios, unido a Él. Siempre». Quien habla así de Enzo Fondi es Chiara Lubich, poco después de su inesperada muerte, que tuvo lugar el 31 de diciembre de 2001, silenciosamente, serenamente. «Enzo Fondi nació al Cielo», escribió Chiara a todos los miembros del Movimiento: «Gran alegría, a pesar de que en nuestra vida nunca […] hemos vivido un dolor tan agudo. Gran alegría porque no podemos decir que Enzo ha muerto, sino que pasó dulcemente de una “habitación” a otra. La expresión con la que lo encontraron, después del Te Deum, era de una serenidad sin sombra de preocupación u otra cosa, dicen que fue “acogido” por María, nuestra Madre, a quien amaba en forma especial, con extrema dulzura. Appassionato costruttore d’unità, una frase in particolare del Vangelo gli era stata da guida: «Come tu Padre sei in me ed io in te, siano essi uno in noi [Gv 17,21]».
Enzo Fondi nació en Velletri en 1927; era médico, de familia acomodada. En 1951, entró a formar parte del primer focolar romano. Fue el primero de un grupo de médicos que a principios de los años ‘60 pasó la frontera del bloque socialista, para trabajar como asistente de cirugía en el hospital católico de Lipsia, en Alemania orientale. Desde allí la espiritualidad de la unidad se difundió a todo el Este de Europa. En el ‘61 fue ordenado sacerdote al servicio del Movimiento. Después fue a los Estados Unidos.
En 1977, año en el que Chiara Lubich recibió el Premio Templeton por el progreso de la religión, se le confió a Enzo el desarrollo del diálogo interreligioso de los Focolares, al cual dió un fecundo aporte, junto a Natalia Dallapiccola, una de las primeras focolarinas. «Con cuánta sencillez Enzo nos ha donado las “normas del arte de amar” y nos ha hecho comprender la universalidad de la obra de Chiara llevándonos al punto de tener el milagro de la unidad a nuestro alcance, ¡cotidianamente!», escriben el día después de su muerte, entre otros, los amigos musulmanes de Argelia. Además, durante años, Enzo fue el encargado –siempre junto a Natalia- de la formación espiritual de los miembros del Movimiento de los Focolares. Se conservan respuestas, escritos y discursos de él, mediante los cuales ayudó a muchos a tener una mayor compresión del carisma de la unidad.
«Enzo transcurrió sus últimos años en la cruz», escribe siempre Chiara. De hecho una grave enfermedad varias veces lo puso en peligro de muerte. «Pero había acogido ese rostro de Jesús abandonado –a nuestro criterio- en forma perfecta. Sin ningún momento de impaciencia, ni el más mínimo lamento con los hermanos; su drama era una cosa sólo de él, entre él y Jesús. A mí me hablaba confidencialmente, en raras ocasiones, de sus condiciones de salud, pero sonriendo. Y así, en este último tiempo, su vida, fue una escalada sin pausa, que se enriqueció con las virtudes y Dios le dio la gracia de la unión con Él».
Lo testimonia el último don de Enzo, que tiene como fecha 15 de diciembre de 2001: «La última voluntad, el testamento. Para mí es la última voluntad de Dios, lo que Él quiere de mí. No hay otra. Dejar hecha perfectamente la última voluntad de Dios, cualquiera sea, esa es mi última voluntad. Realmente no sé cual será la última voluntad de Dios que realizaré en la vida. Pero sé una cosa: que, al igual que para la de este momento, tendré la gracia actual que me ayudará a realizarla en la medida que me ejercito a aprovechar esta gracia viviendo bien el presente». Pocos días después, el 31 de diciembre, dejaba esta tierra haciendo Su última voluntad.
«No fue un congreso, sino una experiencia y, utilizando una expresión más precisa y mejor enmarcada en el contexto del evento, lo definiría una experiencia de tikkun, la reparación, como explica la tradición hebraica», escribió Roberto Catalano, del Centro para el diálogo interreligioso de los Focolares a su regreso de Salerno.
Las tres jornadas de “estudio, escucha, oración” (24-26 de noviembre), tocaron varios temas, desde el antisemitismo a lo largo de los siglos, al Reconocimiento de Israel, la Shoah, el cambio en las relaciones hebraico-cristianas a partir del Concilio Vaticano II, y el Camino hacia el Tikkun Olam. Todas las ponencias eran a dos voces: cristiana y hebraica. Estas jornadas fueron las primeras de este tipo en Europa y marcaron un paso adelante en la «reparación de relaciones entre la tradición hebraica y la cristiana que en estos dos mil años conocieron momentos trágicos», sigue Catalano. «Las relaciones entre hebreos y cristianos se vieron afectadas durante siglos por este pasado que guió la historia hacia tragedias de la humanidad culminadas en la Shoah. Recientemente, como sabemos, la declaración conciliar Nostra Aetate y, además, personas como Juan Pablo II y el card. Martini, varias veces mencionado por hebreos, sobre todo retomaron la línea de una relación y contribuyeron de parte cristiana a un decidido acercamiento».
El congreso había sido pensado inicialmente para obispos y delegados diocesanos para el ecumenismo y diálogo interreligioso, se abrió luego a todos los coordinadores de diálogo, y no sólo, hebreos y cristianos, laicos y religiosos. Los presentes eran más de 400, entre los cuales unos 50 sacerdotes: los cristianos procedentes sobre todo de Italia; los hebreos de Italia, Israel y EEUU.
«El congreso de Salerno fue un paso relevante de este camino. Se habló con extrema transparencia de parte y parte sin hacerles concesiones a la historia y con realismo optimista. Impresionaba ver sacerdotes católicos, obispos y cardenales sentados a lado de rabinos. Las kippah hebraicas se mezclaban con las birretas rojas de los obispos. La fraternidad fue la reina de estos días: la impresión era la de haber empezado un proyecto común. Hablando con Joseph Levi, rabino jefe de Florencia, comentábamos que incluso hace sólo diez años hubiera sido impensable un momento de este tipo.
La historia va adelante y, contrariamente a lo que los medios de comunicación nos quieren vender o a lo que trágicamente sucede en varias partes del mundo en estos tiempos, la tikkun del mundo empezó o, tal vez avanza porque se enriqueció de una dimensión nueva, la contribución común de cristianos y hebreos. Es necesario el deseo de trabajar juntos en la fraternidad: recomponer esa familia a la que todo pertenecemos. Lo afirmó de forma muy eficaz Nostra Aetate: “Todos los pueblos forman una comunidad, tienen un mismo origen, puesto que Dios hizo habitar a todo el género humano sobre la faz de la tierra, y tienen también un fin último, que es Dios” (NA 1)».
¿Qué significado tiene la consagración de un laico, para ti que vienes de América Latina, una región rica en diversidad cultural, social y religiosa?
“El laico consagrado acentúa la cotidianeidad de la vida, la consagración surge de ese anhelo común a todo ser humano: la realización integral. Entonces la consagración a Dios tiene sentido si humaniza, haciéndonos capaces de vivir una vida plena (cf. Jn 10,10). La fuente de la consagración está en aquel día que Dios nos conquistó: allí está nuestra “Galilea” – como diría Papa Francisco -, ese momento al cual queremos volver para encontrar al Señor. Por eso pienso que la consagración no consiste en adherir a un ideal sino en ser fieles a esa relación vital. Una plenitud de vida que, obviamente, no es monopolio de los “consagrados”. Es más bien lo contrario: cada vida de consagración es auténtica donación a Dios en la medida que es donación total de la propia vida. Por tanto, para mí, la consagración es tal solo si ayuda a humanizar: a mí, a los demás y al cuerpo social. De lo contrario es otra cosa: evasión de la cruda realidad, encierro narcisista, refugio cómodo y tranquilo. La consagración tiene muy poco que ver con la tarea que uno desarrolla; tiene poco que ver con un estado de vida o el vínculo con una institución. Todo eso viene después. Ella tiene que ver con la pasión de darse totalmente a Dios y a los demás: con cuerpo, mente y espíritu, para encontrarse en esa Presencia de amor que es la fuente de toda vida digna.”
Como focolarino, ¿qué pondrías en evidencia en tu modo de vivir la consagración?
“La búsqueda del Misterio. Cuando tenía 17 años Dios se me manifestó como Amor. Soy un sediento de su Presencia. Es desde ese momento que Lo busco una y otra vez, permaneciendo Dios siempre un Misterio. Una Presencia muy cercana que al mismo tiempo, como arena entre las manos, se escurre de nuestras comprensiones. La búsqueda se alimenta del anhelo por esa Luz que parece desaparecer cuando la encuentras. Que va y viene mostrándose y escondiéndose a través de los rostros, circunstancias y las transformaciones sociales. Como dice el poeta León Felipe: “Ninguno fue ayer, ni va hoy, ni irá mañana, hacia Dios, por este camino que yo voy. Para cada hombre guarda, un rayo nuevo de luz el Sol…, y un camino virgen, Dios”.
¡A cuanta responsabilidad, libertad y creatividad me invita Dios!
Cada día estoy llamado a intuir, descubrir y recorrer, en las miles circunstancias de la vida, ese “rayo nuevo de luz”, ese camino virgen que “Ese Misterio” amoroso conserva para mí. Por tanto, cada día es consagración.”
¿Cómo defines tu consagración, en relación al mundo de hoy en continuo cambio?
“Una vez Chiara Lubich habló de “focolares ambulantes por el mundo”. Me gusta utilizar la imagen del nómada para relatar mi vida de consagración. Un nómada que, en su búsqueda del Misterio, procura consagrar la vida. Uno que se pone en marcha, una y otra vez, en busca de tierras fértiles que siempre resultan ser momentáneas. La tierra fértil del Absoluto, en cambio, es inagotable. En medio de amenazas desconocidas el nómada se traslada y lo desconocido se vuelve fuente de nuevas relaciones de vida: con los otros, la naturaleza, con Dios. La tierra fértil es un espacio que surge de las relaciones. Lo sagrado no son las cosas, sino las relaciones. El nómada a veces camina en la soledad pero, generalmente, lo hace en grupo. Mi búsqueda del Misterio se entrelaza con relaciones de comunión. Hay una prioridad de las relaciones interpersonales, impregnadas de ese amor que se hace acogida y don recíproco como despojo del yo. La definiría como “personalmente comunitaria”, donde se generan tierras fértiles con los otros y para los otros. Dinámica de la unidad siempre nueva, frágil y en transformación, para crear y recrear espacios vitales de Su Presencia. Y cómo sucede al nómada, es en aquellos espacios vitales que surge la sabiduría de la vida, aquella que sirve para promover más vida.
Como los nómades que se cruzan y comparten el camino con otros grupos, mi donación a Dios se nutre y enriquece del intercambio vital de experiencias en distintos ambientes culturales, religiosos, sociales y existenciales. La del nómada es una vida cargada de equipaje ligero donde la sobriedad es principio de sobrevivencia. Mi consagración ha de crecer para estar enraizada en lo esencial, despojada y libre de tanto peso material, intelectual, cultural, sentimental y religioso; haciendo de la sobriedad una clave de discernimiento de ella.”