9 Jul 2014 | Focolare Worldwide
http://vimeo.com/album/2915095/video/98719503 El empresario es alguien que persigue una idea productiva. La de John Mundell, de Indianápolis (USA), es muy original. La empresa de este ingeniero civil, en la que trabajan 19 colaboradores, adhiere al proyecto de Economía de Comunión (EdC). En el mundo existen casi un millar de empresas que adoptaron este modo de actuar evangélico en el ámbito económico. Existe una fuerte presencia de estas empresas en Europa y un notable crecimiento de las mismas en América Latina y Africa. La sencilla pero triunfadora idea lanzada por Mundell se llama “The Company Cube” (El Dado Empresarial). Se trata de un simpático instrumento que ayuda a vivir de forma práctica el estilo de vida característico de la Economía de Comunión. The Company Cube, es un modo práctico para recordar los valores que construyen un ambiente de trabajo fundado en el respeto mutuo, en el compromiso y en la responsabilidad compartida. No sólo esto, sino que aspira aún a más, pues se propone como un cotidiano “modus operandi” para realizar cambios sociales a través de decisiones que tienen como centro a la persona. Y, ¿cómo funciona? “Toma el dado y… lánzalo –explica John Mundell-. Lee la cara que sale y trata de vivirlo en tu lugar de trabajo. Al final del día, piensa cuánto ha cambiado tu forma de actuar y comparte tu experiencia: Lánzalo, Léelo, Vívelo, Compártelo, Siéntelo. ¡Experimentarás resultados sorprendentes!” Pero, ¿qué es lo que está escrito en las caras del dado? Construya (relaciones cada día!), Apoye (con acciones, no sólo con palabras); Comparta (experiencia, tiempo, sí mismo); Valore ( cada persona, cada idea); Sea el Primero (en ayudar a los demás); Competidores (pueden ser amigos también). Con respecto a la cara que dice “Competidores”, una colega cuenta: “Cuando descubrí que una persona de la competencia había ganado un proyecto para el cual los dos habíamos presentado propuestas, la llamé para felicitarla. Ella se sorprendió de recibir mi llamada. Durante nuestra conversación, ella compartió su estrategia y me dio una idea para mi nuevo proyecto” En agosto de 2013, durante un congreso internacional de EdC desarrollado en la Ciudad de México, que tenía como título “Persona y comunión, por una refundación de la Economía”, John Mundell lanzó “The Company Cube” en su versión en español: “El dado empresarial”. Para conocer más: The Company Cube
8 Jul 2014 | Focolare Worldwide
Que la soledad, en el silencio, no te asuste: ella está hecha para proteger, no para atemorizar. De todas formas, hemos de sacar provecho también de este sufrimiento. La máxima grandeza de Cristo es la cruz. Nunca estuvo tan cerca del Padre y tan cerca de los hermanos como cuando desnudo, herido, gritó desde el patíbulo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Con ese sufrimiento nos redimió: en esa fractura reunió a los hombres con Dios. Por lo tanto no se debe pensar que los sufrimientos, que tampoco faltarán en este momento de pausa, son un obstáculo sino que por el contrario, son un estímulo. Por lo tanto (…) escucha aquella Voz, para empezar el coloquio. Es una Voz que surge desde lo profundo de tu alma y desciende desde la altura de los cielos. No estás acostumbrado a escucharla y por lo tanto, en los primeros encuentros, te parecerá que se escapa, casi como si se interpusiera entre ella y tú una gruesa pared o una lejanía cósmica. Es porque viene desde tu intimidad y tú estás acostumbrado a los clarines que vienen de fuera. Proviene de los planetas, del sol, de la naturaleza […] y te trae una voz profunda: la del autor del cielo y de la tierra. […] Ponte a escucharla. Ponte a contemplar, dentro del silencio en el que Dios habla. Es ésta, en la jornada de la vida, la hora tardía de la contemplación, cuando las criaturas se retiran para hacer un balance del trabajo realizado y preparan el quehacer del mañana, un mañana que hunde sus raíces en la eternidad. […] Desapego del mundo, por lo tanto, y apego a Dios. No separación de los hombres, en cuanto son hermanos, miembros de la misma familia humana y divina. A ellos les es útil el tesoro de experiencias de quien ha pasado el examen de la vida: pero sobre todo les sirve esa sabiduría, que la religión llama santidad. El místico introduce en las arterias del Cuerpo místico la virtud de la contemplación: gérmenes de lo divino, que se expanden por el cuerpo social. Y de esto tiene necesidad más que nunca. […] Por lo tanto nos (…) desapegamos de las criaturas para volverlas a encontrar en Dios, donde no se separaran nunca más. Cuando el Señor –la Trinidad- vive en ti, con Su amor amarás a las criaturas: y amarlas es unirse a ellas. […] Y como Dios es la serenidad, ésta se alcanza más fácilmente en la distensión del espíritu y posiblemente del cuerpo, en este período de pausa; buscando la distensión al establecer la paz con todas las criaturas, perdonando y olvidando, de modo que ninguna idea sobre ellas nos turbe o nos detenga, sino que nos reúna a todas en la casa del Señor poniéndonos en comunión. […] En esa estación nos encontramos con valientes compañeros de viaje, que, ante el dilema entre: ¿lo Eterno o el mundo?, eligieron, para sorpresa de sus parientes y escándalo de sus conocidos, lo Eterno. Ellos hicieron de la tarea que se les confió en el tiempo, un camino de conquista –casi de asalto- de la Eternidad y arrancaron fragmentos de cielo, dando así a las generaciones la idea de lo Infinito. Pablo, Agustín, Bernardo, Francisco, Tomás, Dante, Catalina… Y también Juan de la Cruz y Teresa, Pascal, Newman y Manzoni… […] Meditar sus escritos – hasta asimilarlos – conduce al alma a la divinidad. Se escala la cima con ellos, que saben el camino, y nos dan los instrumentos. Y la cima es la estancia de la paz y también de la alegría, porque roza el paraíso. (Fragmentos tomados de “Città Nuova” XXIII/13 10 de julio de 1979, pp.32-33)
7 Jul 2014 | Focolare Worldwide
«La Biblia que el mundo más lee es la que ve en nosotros”. Con estas palabras, el ganador del Premio “Luminosa por la Unidad 2014”, el Rev. John Armstrong, desafió al público durante una mesa redonda realizada el 21 de junio en la Mariápolis Luminosa (Hyde Park, NY). “¿Cómo se puede entender la Biblia si los cristianos están divididos entre ellos? –insistió-. Si la gente pudiera leer en nosotros los cristianos el mensaje fundamental del Evangelio, “Ámense los unos a los otros como yo los he amado” (Jn. 13, 34), entendería su esencia. El Rev. John Armstrong es el fundador de la ACT3network (Advancing the Christian Tradition in the Third Millennium). Su ministerio tuvo inicio con un focus sobre la renovación espiritual, pero después se abrió a lo que él llama “ecumenismo misionero”, sobre todo entre cristianos y evangélicos. En el discurso de aceptación del premio, citó a la fundadora de los Focolares, Chiara Lubich: “En el cristianismo, el amor es todo”. Y agregó que “Si los cristianos verdaderamente creen en este amor puro, la consecuencia es la presencia de Jesús en medio de ellos (Mt. 18, 20)”. Según él es en esta óptica que se puede esperar la renovación no sólo de la Teología y del Ecumenismo, sino también de los varios ámbitos de la actividad humana. “Nuestro business -afirmó- es el de vivir el Evangelio en comunidad: estar unidos por el Espíritu por medio del vínculo de la paz”. En la mesa redonda: “¿Cómo podemos dar testimonio del mandamiento nuevo?”, los cuatro relatores compartieron sus historias personales en campo ecuménico. El Padre John Crossin, director del Secretariado para asuntos ecuménicos e interreligiosos de la Conferencia de los Obispos Católicos de los Estadios Unidos, invitó a concentrarse en la misión que une a todos los cristianos, más que ver las cosas que nos dividen. La Rev. Elizabeth Nordbeck, ministro de la Iglesia Unida de Cristo y docente de la “Andover Newton Theological School” (Massachusetts), compartió cuatro historias ecuménicas. Todas subrayaban que la amistad y la confianza preceden el diálogo ecuménico y que muy a menudo estas relaciones fraternas ayudan a “llevar adelante juntos iniciativas compartidas». «A menudo tendemos a rechazar las cosas que no conocemos o que nos dan miedo –afirmó Nordbeck –. En cambio, tenemos necesidad del otro para aprender a abrir la mente”. El Rev. Bud Heckman, director de la Fundación El Hibri y ex director ejecutivo de Religiones por la Paz de Estadios Unidos, puso en evidencia la necesidad de saber dialogar con quien no se identifica con una iglesia particular. Los tiempos han cambiado: “Crecí en una pequeña ciudad de Ohio, donde todos éramos cristianos –recordó-. Un chico del otro lado de la calle no vino a mi iglesia: ‘¿Eres cristiano?’, le pregunté. ‘No, soy católico’, fue su respuesta”. Tener un católico como amigo era entonces una excepción. En 1990, el 86% de la población de los Estados Unidos se decía cristiana; en el 2001, este número bajó al 76%. Para el 2050, menos de la mitad de la población será cristiana. En cambio el grupo de quienes no tienen un credo está en crecimiento. “Hay necesidad del testimonio del amor recíproco también entre las religiones, con los hechos, y no sólo con las palabras –repitió-, porque son las experiencias de vida las que inciden en nosotros”. Después recordó el congreso del 2004 en el Parlamento de las Religiones por la Paz en España, cuando la comunidad Sij ofreció a los presentes platos vegetarianos: “Al final cada uno recordaba la hospitalidad, las relaciones construidas, y no los discursos hechos”. La diversidad de opiniones, según Armstrong, no debería impedir el diálogo: “No pretendo que el otro esté de acuerdo conmigo, de lo contrario no habría diálogo. Se trata en cambio de tener las puertas abiertas al otro y al Espíritu que trabaja”. Con el Premio Luminosa por la Unidad, desde 1988 los Focolares ponen en evidencia a personas o asociaciones que han dado un aporte significativo a la unidad entre las iglesias cristianas, entre las grandes religiones y con personas de buena voluntad. Fuente: Living City
6 Jul 2014 | Sin categorizar
«Dios me ama inmensamente», «Dios nos ama inmensamente». Decirlo, predicarlo en los años ’60 del siglo pasado, tenía el sabor de una novedad, que podía parecer un poco subversiva. En cierto modo se sabía, pero no estaba tan presente en la vida personal y comunitaria de los “buenos” cristianos. El autor propone este descubrimiento, que caracteriza los inicios de la espiritualidad de la unidad y de la experiencia de Chiara Lubich y de sus primeras compañeras, como el mismo fundamento de la vida cristiana, en sus expresiones más típicas de oración y del seguimiento de Jesús en la vocación a la cual las llamó. Es una verdad que nutre y penetra también las relaciones sociales, el trabajo. Nos hace capaces de llevar a Dios al mundo, a todos los que encontramos. «Recuerdo la profunda impresión que suscitó también en mí ese anuncio: percibí su importancia fundamental, la novedad absoluta para mí. Sin embargo, a distancia de años, surge la pregunta: ¿en qué medida soy realmente consciente? ¿Hasta qué punto he comprendido su alcance? A menudo, nuestra comprensión de Dios y de su forma de actuar nos vincula a las perspectivas que nos hemos estipulado; tiene la medida de nuestra limitada sensibilidad, la expresamos a través de nuestras categorías de pensamiento parciales. Puede suceder entonces que, sintiéndonos tan imperfectos y por lo tanto, tan poco dignos del amor de Dios, transferimos en cierto modo, esta percepción a Dios y terminamos creyendo que Él no puede amarnos, o, como máximo, puede amarnos sólo en parte. En realidad no es así. Dios nos ama siempre, infinitamente, Su amor está cerca nuestro y nos sostiene en cada instante de nuestro camino. Si queremos ilustrar mediante imágenes las características del amor de Dios, la primera que se manifiesta es una imagen familiar en la Sagrada Escritura que está presente en muchos autores espirituales: Dios nos ama como el esposo ama a su esposa. Él se asemeja a alguien perdidamente enamorado, ama más allá del valor mismo de la persona amada; ama al punto de ver que en ella todo es bello, todo es positivo, todo es comprensible. Incluso ante las deficiencias, si bien las ve, las supera y sublima por el amor. Pero hay otra imagen que, de forma igualmente eficaz, expresa el amor de Dios hacia nosotros. Es la imagen del amor de una madre la cual, cualquiera sea la situación en la que el hijo se encuentra, incluso la más dolorosa y reprochable, siempre está dispuesta a esperarlo, a acogerlo, a olvidarlo todo. Porque así es el amor materno: inextinguible, esencial. […] Cuando se llega a experimentar, aunque sea por un sólo instante, la realidad de un amor así, todo se transforma. La vida que tenemos, el mundo que nos rodea, cualquier circunstancia alegre o triste, todo adquiere la marca del don personal de Dios hacia mí que quiere que sea santo como Él, que es santo (cf. 1Pt 1, 16). Éste es el fundamento de toda la vida cristiana: este amor de Dios por cada uno, de Dios a quien debemos donarnos respondiéndole de manera total». Pasquale Foresi, Luce che si incarna. Commento ai 12 punti della spiritualità dell’unità, Città Nuova editrice, 2014 pp. 29-30
5 Jul 2014 | Focolare Worldwide
«Quisiera contarles lo que es el sacerdocio para mí, qué significado tiene para mí hoy ser sacerdote. Es ser, contemporáneamente, en la medida de lo posible para un ser humano, el Jesús del Cenáculo y el Jesús del calvario, el Jesús de las multitudes y el Jesús del Getsemaní, el Jesús del hosanna y el Jesús que dice “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, el Jesús de la muerte y el Jesús de la Resurrección. Es ser cada vez más, cada día un poquitito más, Jesús, así como el Eterno Padre lo desea y dispone en su amorosa voluntad. […]. Que se sirva de mí como El quiera. Tengo sólo el momento presente. En éste, poder hacer algo o no, sea humanamente como sacerdotalmente, no importa; cuenta sólo lo que la voluntad de Dios quiere para mí»
Así escribe el Padre Cosimino a sus parroquianos por el 25º aniversario de su ordenación sacerdotal, en 1988, ya afectado por la enfermedad que lo llevará a concluir el 5 de julio de 1989 su experiencia terrena. «Jesús murió a los treinta y tres años – escribe-. ¿Por qué yo no puedo morir a los 49 o 50? Jesús pudo decir. “Está todo cumplido” mientras que todo era una derrota a su alrededor, y sin embargo lo dice. ¿Por qué pienso en tantos proyectos y proyectitos? También para mí todo quedará “cumplido” (es decir completado perfectamente) si permanezco, como Jesús en el designio del Padre». El Padre Cosimino entra en el seminario en 1950. En este período de formación, él fue un ejemplo, sea en el camino espiritual que vivió con gran compromiso, como en el estudio. Fue siempre importante para él un gran deseo: comprender cómo vivir para hacerse santo. Es ordenado sacerdote en Gaeta (Italia) el 14 de julio de 1963. Después de un año de su ordenación participa en Ala di Stura (en el Norte de Italia) en un encuentro del Movimiento de los Focolares. Aquí, como el mismo dijo repetidas veces, encontró la respuesta a su deseo de santidad, encontró “El IDEAL”, como desde aquella época decía. De modo que se puso enseguida empeñosamente a atesorar en su corazón todo lo que recibía, tratando de no perder ni siquiera una palabra y su compromiso estaba en comprender, pero sobre todo en vivir la espiritualidad de la unidad.
En 1967 fue nombrado párroco de S. Paolo, en Gaeta, su ciudad natal. Aquí, con su típico estilo lleno de amor y atención hacia todos, en especial hacia los últimos (madres solteras, ex presidiarios, drogadictos, desahuciados, abandonados), encaminó su comunidad orientado simplemente, pero con fuerza y decisión, sólo a vivir el Evangelio en todas las situaciones y en las realidades más distintas. No faltaron ocasiones de tomar posición también en los temas de realidades sociales que estaban lejanas de la dimensión verdaderamente humana y cristiana. Trabajó muchísimo por el Movimiento sacerdotal y por el Movimiento parroquial, dos expresiones del Movimiento de los Focolares. De este modo, muchos, también a nivel internacional, pudieron conocerlo, y lo demostraron en la gran participación que hubo en todo el período de su enfermedad.
Un aspecto destacado para comprender su vida es su relación de unidad con los otros sacerdotes, en el sentido que supo pasar de una mentalidad individualista a una vida de comunión. Su único objetivo era el de crecer en la caridad, dejando de lado los discursos sobre nuevas técnicas de apostolado, de catequesis y sobre modernas y atractivas expresiones de liturgia, como estaba de moda en aquel momento, para dejar lugar a la comunión, tal como se hace en una familia donde se ponen en común los bienes, el sueldo, los gastos, los amigos, las luces y las pruebas, la salud, la ropa, las ideas. Con radicalidad y convicción se ensimismó con el símbolo del movimiento sacerdotal de los Focolares: el lavado de los pies. Escribe: «La consideración de la acción del lavado de los pies fue para mí fundamental. Porque Él lo hizo, tengo que repetir este gesto también yo para los hombres de estas generaciones. ¡Qué dignidad sublime! Pero Cristo en su dignidad divina renuncia a su investidura y lava los pies. Yo, cura, repetiré a Cristo, despojándome de mi honorabilidad falsa que poseo y me acercaré a los hombres para realizar el lavado de los pies, la redención. Lavaré los pies en el confesionario, en el hospital, cuando celebro la Misa, atendiendo a los pobres, a los ancianos. Pero deberé despojarme. Esto es lo esencial».