Moscú, alas a la esperanza
https://vimeo.com/162494300
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Foto: Jose Jacome
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El Papa Francisco visita el campo de refugiados de Moria, en Mytilene, Lesbo, 16 de abril de 2016.
Agradecimiento hacia el pueblo griego, expresada con distintos matices por los tres líderes religiosos. En un momento de grandes dificultades económicas, el pueblo logra encontrar los recursos para abrir los brazos y el corazón a quien está huyendo porque busca un futuro; expresan su agradecimiento a los numerosos voluntarios llegados de todas partes de Europa y del mundo. Pauline, originaria de Sudáfrica, de la comunidad de los Focolares, vive desde hace años entre Atenas y Lesbo. Más de una vez ha asistido a la escena de los desembarques, y ha socorrido a los refugiados: «El Papa también ha dado un mensaje político sobre el cierre de las fronteras. Me pregunto por qué no fue a Idomeni. Quizás hubiera sido un gesto político demasiado explícito». Chiara, de la Asociación Papa Juan XXIII expresó: «Ha dicho lo que yo siento desde hace tiempo: hay que dejar de clasificar a esta gente sólo como ‘refugiados’, como un número. Es la hora del contacto personal, de conocer las historias»; mientras que Eugenio, del Cuerpo italiano de Ayuda de la Orden de Malta, declaró: «Me conmoví cuando habló de los niños que han muerto en el mar, porque yo mismo he visto esas escenas. Le pude estrechar la mano y recibí fuerza para mi trabajo». Cristina es católica y sus abuelos huyeron como prófugos desde Turquía a Lesbo: «Ha sido un evento histórico, inimaginable para esta isla. Me parece un sueño». El Padre Maurice, coordinador del JRS (Jesuit Refugee Service) en Grecia, declaró: «Todo ha sido importante: los gestos, las palabras, el silencio. Todo hablaba. El momento más fuerte en esta especie de ‘cárcel’ fue el contacto personal del Papa con cada uno». «A los refugiados se les dio un mensaje común – afirmó el religioso, comprometido personalmente en la labor de acogida. La mayoría de ellos son de origen y credo musulmán. Están descubriendo una tierra con raíces cristianas, por lo tanto es importante que vean la unidad de los líderes cristianos y la cercanía que ellos les quieren testimoniar». «Fue conmovedor y muy importante desde el punto de vista ecuménico y político, por el encuentro con el Primer Ministro, Alexis Tsipras», comentó Vasileios Meichanetsidis, de Apóstoles, una ONG de la Iglesia ortodoxa. «El Papa reconoció a los griegos todo lo que han hecho, y los griegos lo recibieron con alegría».
«Todos somos emigrantes», afirmó Francisco en la oración en el puerto de Lesbo, donde, al igual que en Lampedusa en el 2013, lanzó una corona de flores en recuerdo de los muertos del Mediterráaneo, un mar que en más de una ocasión ha sido definido como cementerio. ¿Cuáles son las expectativas del mundo político? «Se trata de un ulterior y fuerte llamado sobre todo a Europa, a considerar la cuestión de las migraciones y de los refugiados no sólo en términos de política interna y de emergencia, sino como un nuevo frente en el que se juega el futuro del continente, su credibilidad de en la coherencia entre los principios y sus políticas concretas», declaró Pasquale Ferrara, autor del reciente libro “El mundo de Francisco. Bergoglio y la política internacional” y miembro de El integra la Escuela Abbá por en el ámbito de las Ciencias Políticas. Entre otras cosas Ferrara fue Cónsul de Italia en Atenas. «Yendo allí, el Papa no hizo una visita solamente humanitaria, sino que subrayó esta profunda dimensión», prosiguió Ferrara. «Y que lo hiciera en un modo ecuménico es una señal todavía más fuerte, casi queriendo decir, como la política no está logrando logra resolver este tema, nosotros nos comprometemos, no para sustituir, sino para subrayar que éste es un punto prioritario en la agenda mundial. El hecho de que los refugiados que se llevó al Vaticano son sean todos musulmanes, evidencia que no sólo se protege a los cristianos perseguidos que son objeto de exterminio según por el ISIS. No se trata de un problema de religión, sino de ponerle fin a la guerra, a todas las guerras». Declaración conjunta Maria Chiara De Lorenzo
«Los expertos calculan que desde el año 3000 A.C., más o menos, llegaron al continente americano poblaciones provenientes del sureste asiático. Se trata del pueblo Guaraní (y no sólo), compuesto por muchos grupos étnicos y que, a lo largo de los siglos, se difundió al Caribe hasta el extremo sur del continente», explica Diana Durán, paraguaya, socióloga e investigadora de los pueblos originarios de América. El encuentro con una pequeña comunidad de la etnia Avá Guaraní y Mbya tuvo lugar cuando, hace dos años, una gran inundación del río Paraguay obligó al grupo indígena, compuesto por 33 familias (115 miembros) a abandonar el precario asentamiento a la orilla del río, donde vivían recogiendo los desechos del basurero cercano. «Al inicio tratamos de ayudarlos con ropa, alimentos, medicinas, atención médica, para internar a una persona diabética, o con la operación de uno de ellos que recibió una herida por arma de fuego; o bien alquilándoles servicios sanitarios móviles cuando se encontraron desalojados en un terreno desértico; o también, después de un temporal, les procuramos tiendas de campaña y agua potable… sin embargo veíamos que esta ayuda no era suficiente. Ellos necesitaban un terreno, que les diera reparo y seguridad». Después de una larga búsqueda se encontró el lugar apropiado: 5.5 hectáreas, a 4.5 Km de la ciudad de Ita, con una escuela y un ambulatorio sanitario cerca; todo sumergido dentro del bosque y, sobre todo, con la posibilidad de que ellos pusieran a producir un huerto comunitario para poder mantenerse, además de un espacio para construir un local para cursos de formación. El desafío entonces era encontrar los recursos para comprar el terreno. «Tocamos muchas puertas –cuenta Diana-. Una persona experta nos facilitó el camino para obtener el estatus jurídico de la Comunidad Indígena, para que pudieran poner a nombre de ellos la propiedad. Además, un amigo de la comunidad Menonita se ofreció para hacer un anticipo y pagar el terreno, cosa que para nosotros habría sido realmente imposible. Nos comprometimos, junto con nuestros amigos Avá, a devolverle el dinero poco a poco».
«Dios nos ha mirado con un amor especial», dice Bernardo Benítez, jefe de la comunidad. Un Dios que para ellos es el “Padre Primigenio”, cuyo mandato principal es el amor recíproco. Está presente en las acciones cotidianas y dona la tierra, lugar sagrado que hay que custodiar y donde se deben construir relaciones fraternas. «Acompañar a la comunidad de Yary Mirì no está exento de sufrimientos – afirma Diana –, debido a la discriminación que sufren por prejuicios ancestrales, y también por la miseria en la que viven. Pero es también una alegría conocer y compartir sus valores comunitarios y solidarios que han conservado a lo largo de los siglos, además de constatar el amor y la confianza que crece entre nosotros y ellos. Hoy no estamos solos: nos ayudan muchos amigos, dos asociaciones vinculadas a los Focolares (Unipar y Yvy Porà que se hará cargo de acompañar el desarrollo del huerto comunitario), dos obispos, algunos funcionarios de instituciones bancarias, 2 cristianos menonitas y la Pastoral Indígena. Hemos obtenido 4 becas en Ciencias de la Educación para su líder y 3 jóvenes. Ellos mismos quisieron elegir esa Facultad “porque nuestra gente necesita instrucción”, dicen». «Ahora estoy escribiendo un libro sobre la historia de su comunidad –concluye Diana Durán-, no sólo como una denuncia y para darle voz a quienes no la tienen, sino como un deber hacia ellos por todo lo que han sufrido y por todo lo que les debemos. Yo lo considero un paso hacia la fraternidad universal, que es el ideal que nos anima».
«Vengo de Sarajevo, Bosnia y Herzegovina, donde durante siglos convivieron musulmanes bosnios, croatas católicos, serbios ortodoxos, judíos, gitanos y otros. La guerra de los años ’90 que quería convencernos de que no podíamos convivir en un mismo país, ocasionó millares de víctimas, un millón de prófugos, y la destrucción de ciudades, edificios religiosos y monumentos históricos. En nuestro edificio vivíamos croatas, serbios y bosnios musulmanes. Entre nosotros compartíamos todo, hasta el último cigarrillo, el aceite aunque fuera poco, la harina, el café y también el dolor de la muerte. Mi marido que trabajaba como técnico de radio aficionado en las instituciones del Estado, instaló una estación de radio para poder vincular a las personas que durante meses, por causa de la interrupción de las conexiones telefónicas, no tenían noticias de sus seres queridos. Cuando terminó el conflicto me comprometí en política, en el Partido Socialdemócrata y me postulé como Consejero Municipal. Las consecuencias de la guerra eran terribles. En ese período le llegó al Alcalde de Sarajevo la invitación de participar en el encuentro “Juntos por Europa” que se realizaba en Stuttgart y dado que él no podía asistir, me pidió que lo hiciera yo en su lugar. En esa ocasión conocí al Movimiento de los Focolares, personas que quieren llevar la unidad a la humanidad. Se pueden imaginar el significado que tuvo para mí este encuentro dado que yo provenía de una experiencia de guerra. Volviendo a casa sentí una gran fuerza de vivir y de luchar para difundir los ideales recién conocidos. En nuestra ciudad, después de 20 años, todavía lloramos por nuestros muertos, y reconstruimos todo lo que fue destruido, pero también construimos puentes entre las personas. Y lo hacemos juntos sin odio. En estos días Sarajevo celebra 20 años del final del asedio a la ciudad, que duró 1425 días, en el que fueron asesinados 12.000 ciudadanos civiles, de los cuales 1500 niños. La ciudad ahora ha cicatrizado sus heridas y recuperó el buen ánimo que tenía en el pasado. Las campanas repican, la oración desde los alminares de las mezquitas resuena en las plazas. Dado que no profeso ningún credo, me identifiqué con el diálogo que Chiara Lubich comenzó entre las personas sin referencias religiosas. Mi compromiso es el de tejer esta red de comunión y de comprensión recíproca en mi ciudad con las vecinas musulmanas, con los católicos, -por ejemplo durante la visita del papa Francisco- y con las personas de convicciones distintas. Ahora en Sarajevo existe un grupo de jóvenes, también ellos de credos y culturas distintas que continúan difundiendo la cultura del diálogo. 
Ya desde hace algunos años desarrollamos distintas actividades y nació la idea de fundar una asociación para transmitir a las jóvenes generaciones los valores universales. En el 2014, cuando se conmemoraba el centenario del estallido de la primera guerra mundial, cuya chispa partió desde Sarajevo, organizamos, junto con el grupo internacional Gen Rosso, talleres para jóvenes de distintos Países Europeos. El año pasado colaboramos con otras 5 asociaciones de la Región con objetivos similares a los nuestros: estuvimos 7 días con seminarios y talleres sobre el tema de las minorías étnicas, individualizando proyectos concretos. Este año nuestro programa es el de trabajar con los jóvenes y con los desocupados. Nuestro deseo es que Sarajevo, después de la tragedia vivida en los últimos años, se convierta en una ciudad que sepa relatar lo positivo, donde la gente, creyente o no creyente, de nacionalidades distintas, construya paso a paso una humanidad reconciliada». Testimonio relatado en el Congreso OnCity, Redes de luz para vivir en el planeta, Castel Gandolfo 1-3 de abril de 2016.