Palabra de vida Diciembre 2001

He aquí una palabra decisiva para nuestra vida y nuestro testimonio en el mundo.
Muchas veces a Pablo le gusta usar, para explicar la conducta de un cristiano, el ejemplo del ropaje que debe endosar el que sigue a Cristo. También aquí, en la carta a los Colosenses, habla de las virtudes que debe poseer nuestro corazón, como de otras tantas piezas del vestuario. Estas son: la misericordia, la bondad, la humildad, la mansedumbre, la paciencia, la tolerancia, el perdón.
Pero “sobre todo – dice, casi imaginando un cinturón que ata todo y da perfección a lo que se viste – revístanse de la caridad”.
Sí, la caridad; porque para un cristiano no basta con ser bueno, misericordioso, humilde, manso, paciente… Tiene que tener, para con los hermanos y hermanas, caridad.
Pero la caridad – podría objetar alguno – ¿no es acaso ser buenos, misericordiosos, pacientes, saber perdonar? Sí, pero no sólo eso.
La caridad nos la ha enseñado Jesús. Ella consiste en dar la vida por los demás.
El odio le quita la vida a los demás (“el que odia es homicida”), el amor les da la vida. El cristiano tiene caridad sólo si muere a sí mismo por los demás. Pero si tiene caridad –dice Pablo– será perfecto y cualquier otra virtud que tenga se perfeccionará.

«Sobre todo revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección»

Algunos de nosotros pueden tener ciertamente buena disposición hacia los hermanos y hermanas, perdonando y soportando. Pero, si lo observamos bien, no pocas veces nos puede faltar la caridad. Aún con las más sanas intenciones, la naturaleza nos lleva a replegarnos sobre nosotros mismos y, en consecuencia, a quedarnos a medias en el amar a los demás.
Ahora bien, con eso solo no alcanza para considerarse cristianos.
Es necesario poner nuestro corazón en la máxima tensión. Tenemos que decirnos a nosotros mismos, ante cada prójimo que encontramos durante el día (en familia, en el trabajo, en cualquier parte): “Vamos, arriba, respóndele a Dios, es el momento de amar, con un amor tan grande que se juegue incluso la vida”.

«Sobre todo revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección»

Esta Palabra del Apóstol nos invita, por lo tanto, a examinar hasta qué punto nuestra vida cristiana está animada por la caridad, la cual, como vínculo de la perfección, es la que nos relaciona y nos lleva a la más alta unidad con Dios y entre nosotros.
Agradezcamos, por lo tanto, al Señor por haber derramado en nuestros corazones su amor que nos hace cada vez más capaces de escuchar, de identificarnos con los problemas y las preocupaciones de nuestros prójimos; de compartir el pan, las alegrías y los dolores; de hacer caer ciertas barreras que todavía nos dividen; de dejar de lado ciertas actitudes de orgullo, de rivalidad, de envidia, de resentimiento por eventuales ofensas recibidas; de superar esa terrible tendencia a la crítica negativa; de salir de nuestro aislamiento egoísta para ponernos a disposición de quien pasa por alguna necesidad o padece soledad; de construir por todas partes la unidad, querida por Jesús.
Esta es la contribución que nosotros los cristianos podemos darle a la paz mundial y a la fraternidad entre los pueblos, especialmente en los momentos más trágicos de la historia.

Chiara Lubich

 

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