Mariela, alma de pionera

 
Mariela dejó en la Ciudadela una huella que permanecerá para siempre.

Su nombre de bautismo era María Luisa, pero la conocíamos como Mariela, el nombre que Chiara Lubich había elegido para ella -“pequeña María” –. Nacida en Lincoln, conoció la Mariápolis cuando ésta recién se iniciaba porque – contaba ella misma – con un grupo del colegio donde estudiaba magisterio, “fuimos a decirle a la directora que el Evangelio no nos servía.

Lo estudiábamos muchísimo, era todo muy de avanzada, pero siempre analizando, siempre haciendo silogismos para confirmar que el Evangelio era verdad…”.  No era casual que religión fuera una de las pocas materias que se llevó a marzo. “Me parecía todo una fantasía”.
Ese año había llegado una nueva directora y fueron a plantearle su inquietud. “Esperen, que tengo algo para ustedes”, les dijo, y volvió con una invitación que había recibido para el primer congreso Gen,  en José C. Paz. Fueron y les gustó, “porque era cuestión de vivir, más que de analizar”.

“De allí – relata Mariela – supimos lo que se estaba iniciando en O’Higgins y, como quedaba más cerca, comencé a venir cada vez más seguido. Sentía fuerte las ganas de quedarme por un tiempo a compartir la aventura, pero tenía miedo”.

Hasta que el 31 de enero de 1977 se sumó al primer grupo y ya no volvió a su casa. De eso hace 42 años.  Aquí vivió sus primeras experiencias como docente en el Jardín de infantes de O’Higgins, con creatividad, ingenio y pasión.

Tenía la capacidad de involucrar en sus clases no sólo a sus compañeras de jardín, sino también a padres, madres y muchas veces también a las jóvenes que estaban haciendo -en esos años- su experiencia en la ciudadela.

            Inquieta y generosa daba su entrega donde hiciera falta, taller de artesanías, servicios varios, pero sobre todo en la construcción y sin medir sus fuerzas. No era raro verla correr para cambiarse, ponerse el guardapolvo e ir de inmediato al jardín de infantes, después de haber trabajado junto a los obreros, ya que se estaban construyendo las primeras casas y los incipientes lugares de trabajo que ofrecían la posibilidad del sustento cotidiano. De cualquier manera, aclaraba, “si no está el amor recíproco entre nosotras, no nos interesa ningún trabajo…Las empresas para nosotras son siempre difíciles, pero basta una mirada para reavivar la presencia de Jesús en medio nuestro…”.

Era tan decidida y creativa que llegó a construir escaleras, instalar redes eléctricas, estufas, armar muebles…, el tablero de herramientas que aún está hoy en mantenimiento de Villa  Blanca es obra de sus manos. Hacía de peón a los albañiles que, superadas las barreras de que era una mujer….terminaban consultándola.

“Cuando (en 1978) se construía la casita Unidad – cuenta ella misma -, tres de nosotras nos levantábamos a las 5 de la mañana para ponernos al ritmo del único albañil. En silencio pasamos balde tras balde de cemento: trabajamos duro para terminar la losa antes de que acabe el día. Aunque a la noche este trabajo de peones nos hacía doler los músculos, haber compartido el cansancio con Luis, era una gran alegría y haber concluido el trabajo por amor a Jesús: una gran satisfacción…”.

Hay que hacer una instalación hidráulica y el técnico se ofrece para hacerla gratis, pero a condición de que lo acompañe un obrero. El hombre  mueve la cabeza y sonríe benévolo cuando  Mariela -en mameluco- osa ofrecerse  en rol de obrero, pero después de dos semanas, terminado el trabajo dice:”¡Ojalá tuviera siempre un obrero como vos, que adivina qué herramienta necesito, que termina cada detalle como si fuera la más importante! Nunca me hubiera imaginado trabajar en tanta sintonía que no me he cansado.”

Su amor exclusivo y a fondo perdido para cada uno, a veces no era comprendido del todo. Hasta parecía desmedido, porque con su personalidad apasionada, peculiar, impetuosa…veía detalles que los demás no percibíamos. No se medía en su amor ante nadie.

            En un pequeño diario que Mariela escribía se puede leer: “Jesús te quiero, pero sé que no correspondo a tu gran amor…, me cuesta aceptar que tú me quieras a mí, tan poca cosa…”. Y el 1° de Enero del de aquel 1978: “estoy triste Jesús y sé por qué, no te amo así como te presentas… y tú me dices: ‘te elegí para toda la vida, me dices que eres feliz y cuando vengo a visitarte,  te demoras tanto en recibirme…’.        

            Mariela se podría decir que vio nacer, crecer, desarrollarse la Mariápolis, como una columna portante en muchos frentes y siempre con energías, con deseos de nuevos desarrollos, sin negar tampoco el sufrimiento que implica “construir algo nuevo”. Sin embargo, su fidelidad a la elección tomada, hicieron que la veamos siempre luminosa, contenta, disponible y atenta para amar a quien pase a su lado.

En estos últimos años ayudó a todos los jóvenes: chicas y chicos extranjeros a aprender el castellano, actividad que asumió con todas sus fuerzas y de forma personalizada. No se permitía englobar a todos en la misma clase, buscaba todo tipo de recursos, de los más originales.

En el focolar, nunca dejó de compartir la relación con su familia que amaba tanto y seguía de cerca, también con servicio concreto a los suyos cuando iba a visitarlos a Lincoln, comprometiéndose en primera persona a lo que fuera necesario.

No podemos dejar de recordar cuando Mariela, en noviembre del año pasado, quiso festejar sus 70 años. Fue hermoso ver con qué cuidado preparó este evento: La lista de todos los que quería invitar, el menú que eligió para este almuerzo, como pensaba distribuirlos en las mesas, juegos para todos, etc…Quería ver juntas a sus dos familias (la natural y la de la Mariápolis), pasando de mesa en mesa para estar con cada uno  personalmente. Al finalizar de esta jornada estaba cansada, sin duda, pero súper feliz. Tanto que Alicia, una de sus compañeras, al verla así le sale espontáneo decirle: “Mari, se te ve radiante, ya puedes morir tranquila…”. Y ella: “¡Sí, flaca, ahora sí!”. Hoy suena casi premonitorio, porque Mariela alcanzó la meta este 14 de mayo por una dolencia que se le manifestó durante las vacaciones. Tenía también una Palabra de Vida que la acompañaba siempre, tomada del Evangelio de Juan (15,9): “Permanezcan en mi amor”. Ahora que llegó tenemos la certeza de que allí ese deseo se está cumpliendo para ella en plenitud, y en nosotros alivia este tiempo de la separación.

¡Gracias Mariela por tu vida!

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