Subcolección Serie breve. El gozo de la esperanza
Preparado por:
Edición: 01/10/2006
Primera Edición: 01/01/2004
ISBN: 978-84-9715-045-3
Páginas: 128
Formato: 18×11
Peso: 100 gr.
Sinopsis: Estas páginas, de impresionante sencillez y autenticidad cristiana, contienen el último retiro espiritual que el cardenal Van Thuân dirigió a un grupo de sacerdotes unos meses antes de su muerte.
En la Cuaresma de 2000 había conmovido a millones de personas que leyeron en los medios de comunicación varios pasajes de los ejercicios espirituales predicados al Santo Padre y a la Curia Romana. En ellos (publicados bajo el título «Testigos de esperanza») narraba sus experiencias espirituales durante los años de prisión.
«En la cárcel había comprendido que el fundamento de la vida cristiana consiste en «elegir sólo a Dios» -dijo el Papa en su funeral-, abandonándose completamente en sus manos paternas… Su secreto era una indómita confianza en Dios, alimentada por la oración y por el sufrimiento aceptado con amor».
El libro incluye la Homilía del Santo Padre Juan Pablo II con ocasión del funeral por el cardenal François-Xavier Nguyên Van Thuân.
Hasta la próxima, tierra llamada de la acogida
Ni siquiera los de la ciudad de Québec tenían prisa por irse. Sin embargo, tenían que viajar 250 kilómetros para volver a casa, ya no era tan temprano después de la cena y además, el termómetro había descendido a los bajo cero. Así, pueden imaginarse los de Ottawa, distantes solamente 150 kilómetros. Y qué decir, de los muchos de Montreal, que jugaban en casa. Más que decir, solamente se podía constatar: caras satisfechas, sonrisas de ‘oreja a oreja’, palabras entusiastas, pequeñas campanillas de personas, acá reinaba la confianza, allá estallaba una carcajada, mientras las luces de los flash señalaban el deseo de inmortalizar una tarde inolvidable.
Más de 300 personas habían captado la ‘particularidad’ del encuentro con María Voce y Giancarlo Faletti. No faltaba quien, habiendo conocido a los primeros focolarinos que llegaron a Montreal hace 40 años, quería volver para conocer a la mujer que había sustituido a la fundadora Chiara Lubich y entablar nuevamente una relación jamás íntimamente interrumpida. Aquí en la provincia de Québec, la gente está particularmente abierta y expansiva, pero la tarde del 23 de marzo da lo mejor de sí misma.
Stéfanie Lamothe, 10 años, pelo largo y negro, dulces facciones asiáticas, tiene la función de abrir las danzas, dar inicio a una secuencia de diez preguntas preparadas para el diálogo con María Voce y Giancarlo Faletti. La pregunta es cándida y traviesa, y la sala sonríe: “Chiara ha sido la primera que vivió la espiritualidad de la unidad y ha hecho nacer todo el Movimiento. Es normal que haya sido la presidente. ¿Tú que has hecho para ser presidente después de ella?”. La interpelada se divierte y responde en francés para continuar el diálogo con el adolescente.
A la pregunta siguiente, María Voce explica que, por exigencias de las traducciones y después, por la difusión del vídeo en el mundo, es necesario que hable en italiano. El asentimiento del público le da pie, pero ella continúa hablando en francés sin darse cuenta. Hilaridad entre la gente. Ella se para, sonríe y decide no saltar continuamente de una lengua a otra. Por tanto, sólo francés, para la alegría de los presentes.
Una alegría que encuentra el punto más alto al final de la tarde, cuando la presidenta expresa su valoración del país. “Estoy agradecida a Dios que me ha hecho hacer este viaje a Canadá. Es Él quien me sugirió la idea”. Después explica: “En esta tierra hay apertura, generosidad, acogida hacia las personas más distintas que llegan acá en condiciones de necesidad. Imagino las dificultades pero ustedes muestran que se pueden superar”.
Dirigiéndose a los presentes, María Voce añade: “El de ustedes, es un gran testimonio. Muestran los lazos de familia entre personas de culturas y pueblos distintos. Es el regalo más lindo que hacen al Movimiento. Canadá es un trampolín donde se experimenta la unidad, y después se nos laza hacia los otros”
Es una constatación, y al mismo tiempo, una consigna: “Sigan haciendo como hasta ahora con la alegría de haber recibido un regalo de Dios tan grande y ofrecerlo a los otros”. El aplauso intenso manifiesta la satisfacción general y esconde la conmoción de muchos. Ninguno se marchará enseguida, y varias personas expresarán una propuesta: “Tenemos que decir a María y a Giancarlo que vengan más a menudo”.
Del enviado especial Paolo Lòriga
Línea directa con Japón/3

© Centro Santa Chiara
El 11 de marzo, a las 14’46 hs, estaba preparando la merienda en el jardín de infancia donde trabajo. Sentí un gran temblor de tierra, y enseguida reuní a los niños para protegernos. Esperé que el terremoto terminase, pero –dado que las sacudidas no parecían acabar-, también yo, que estoy acostumbrada a los terremotos, empecé a tener miedo.
En esta situación, todos sentimos el deseo de ayudarnos para afrontar juntos aquello que sucedería.
A la tarde llegaron los padres a recoger a los niños: debido al bloqueo de los transportes, habían caminado mucho para llegar, y lloraban de la alegría al ver que sus hijos estaban a salvo. Cuando todos los niños ya habían vuelto a casa, respiré aliviada y encendí la TV de la escuela. En aquel momento, escuché la noticia del tsunami. Entre las zonas afectadas estaba también Miyako, mi ciudad.
Desde entonces, durante seis días, traté de telefonear a casa, sin ningún éxito. Más seguía las noticias, más me daba cuenta del tamaño de la desgracia, y más sentía en mí, los sufrimientos físicos y espirituales de las víctimas. Era la primera vez que experimentaba un dolor tan grande.
Al mismo tiempo, me sentía interpelada por Dios: “¿Realmente tú me amas?, ¿crees en mi amor verdaderamente?”, y yo: “Sí, Señor, creo en tu Amor. Creo en tu Amor. Tú lo sabes que creo”. Y entendí, que había llegado el momento de vivir con coraje la virtud de la fe, de la esperanza y de la caridad; había que amar a todos, viviendo plenamente el amor recíproco”.

© Centro Santa Chiara
Se confirmó en mí, la fe profunda, en que todo lo que Dios permite es seguramente por un designio de amor. Le confié la preocupación por mi familia, decidiendo hacer momento por momento, aquello que me parecía fuera su voluntad.
Traté de transmitir un clima de serenidad en el trabajo: sostener a la colega que, por los retrasos del tren, después de tres horas de viaje llegaba cansada al trabajo. Prestar ropa de abrigo a los compañeros que, por el ahorro energético, tenían frío. Sobre todo, traté de dedicarme a los niños que, por el peligro de nuevos temblores de tierra, no podían jugar fuera. ¡Dentro me volvió de nuevo la paz!.
Mientras tanto, trataba de comunicarme con mi familia por todos los medios pero sin ningún resultado.
“Cuando sucedió el tsunami mi cuñada estaría en el trabajo en el gran negocio de la ciudad; mi sobrina estaría en la escuela, que está cerca del puerto” pensaba para mí, y me abrumaba la preocupación. Pero, justo en aquellos momentos, me llegaba una llamada de mis amigos o un correo electrónico, que me aliviaban el corazón. También mis compañeras sufrían conmigo y esto me llenaba de gratitud.
En el Evangelio del 17 de marzo estaba la frase de Jesús: “Pidan y se les dará”. Y, justo aquel día, se celebraba el aniversario del fin de la persecución de los cristianos en la ciudad de Nagasaki, después de 250 años. Pedí a la Virgen que me hiciera saber dónde estaba mi familia, y con el corazón lleno de paz, volví a casa. Poco después sonó el teléfono: era mi padre. “Todos estamos bien, la casa no ha sido siniestrada”, me dijo con voz serena.
Esta experiencia me ha enseñado muchas cosas, en particular, a vivir y a abrazar los dolores de los otros y a transmitir, a mí alrededor, el amor y la luz recibidos de Dios.
Pequeño intermedio
“Una hora de retraso”, exclama Jorge.
Sí, por desgracia, la pantalla da un mensaje claro en la sala de espera. ¡Por mucho que se hable, de que el 97% de los vuelos llegan puntuales, esta vez estamos en el 3% restante!.
Afortunadamente, habíamos calculado bastante tiempo para llegar a Manchester, nuestra meta.
La gente en la cola se busca una silla. Los niños son muy ruidosos. Logro percibir, que el ‘nivel de tensión’ está subiendo en la puerta de salida. Habría podido hacer algo sensato, como encender el portátil y organizarme el correo. Por algún sitio, detrás de mí, un niño comienza a llorar.
No sólo a llorar, sino a chillar. ¡Mi concentración se fue! Por desgracia, no tengo tapones para los oídos…
¡Oh, qué molestia!, el sonido estridente me está poniendo de los nervios.
Sí, pero ¿no es quizá mi ocasión?, ¿una invitación a poner en práctica la Palabra de Vida y a ver en cada suceso, situación o persona la Voluntad de Dios?, ¿una invitación a ser paciente, a no enfadarme, una invitación a amar?.
Este pensamiento me da paz, y extrañamente los chillidos del niño dejan de molestarme.
De pronto, veo toda la escena con ojos distintos: personas preocupadas por cómo llegarán a casa, el niño que ha sentido la tensión, que está cansado y tiene necesidad de entretenerse.
¿Puedo hacer algo?. ¡Idea!, cerrar el portátil, sacar un trozo de papel y una lapicera de mi maleta y acercarme al niño que llora.
El pequeño se mueve inquieto en los brazos del padre.
“¿Puedo hacerte un dibujo?”. La sirena chillona se para de golpe. Dos grandes ojos negros me miran con sorpresa. “Mira, puedo dibujar un animal. En el momento, que descubras el tipo de animal que es, me lo dices”. La lapicera se mueve lentamente en el papel.
“¡Un elefante!”, grita la voz de una niña detrás de mí. Es una niña de cuatro años. “Fante” repite el pequeño.
“¡Exactamente, ahora otro animal”
“¡Una mariposa!, ¡un tren!”.
Y luego, de repente corren ambos hacia la ventana.
Intercambio alguna palabra con el padre, que es marroquí, y después, vuelvo a mi lugar. “Misión cumplida”. “Habrías debido ver las caras de las personas cuando te acercaste a ellos, dice Jorge.
“Han pensado seguramente, ¡quién sabe lo que habrá ocurrido!”.
D. R. (Dinamarca)

